martes, 28 de abril de 2015

Baltimore: de Brown a Gray


Vieron cómo son los negros: tienen como esa propiedad genética de atraer a las balas policiales todo el tiempo. En fin, ya saben cómo es esto, la cana está para proteger y servir, pero en eso se te cruza un negro y le tirás, ¿viste? Seguro que andaba en algo raro, qué te digo, miraba feo, caminaba despacio, qué se yo...

Acá van cinco noticias relativas al último caso de gatillo fácil (en realidad, manopla fácil, tortazo fácil, palazo fácil; habrá que ver qué dice la justicia, si es que alguna vez dice algo). Las cuatro primeras son del diario español El País. La última del sitio web Zero Hedge.


Título: Los disturbios de Baltimore elevan la tensión racial que estalló en Ferguson en agosto

Texto: Los disturbios de Baltimore por la muerte de Freddie Gray, el joven afroamericano fallecido el 19 de abril bajo custodia policial, arrastran un malestar creciente en la población estadounidense contra la actuación de las fuerzas de seguridad. Este escenario de crispación alcanzó su punto más violento tras la muerte de Michael Brown en Ferguson el pasado 9 de agosto. El joven fue abatido por los disparos del policía Darren Wilson. Estas son algunas de las muertes de estadounidenses negros a manos de agentes de la autoridad blancos en el último año:

17 de julio de 2014: Varios agentes de la policía de la ciudad de Nueva York abordan a Eric Garner, al que acusan de la venta ilegal de cigarrillo. Tras una discusión, uno de los policías agarra por el cuello a Garner, de 43 años, para reducirle. A los pocos minutos, Garner, que tenía problemas respiratorios, muere en el suelo. El examen médico lo califica de homicidio.

9 de agosto de 2014: El agente Darren Wilson, mientras patrullaba con su vehículo policial, se topa con el joven Michael Brown en Ferguson, a mediodía. Brown, según algunas informaciones, había robado unos cigarrillos en un comercio y Wilson recibió el aviso. Tras un enfrentamiento entre ambos, el agente dispara hasta 18 veces. Seis balas impactan contra Brown.

22 de noviembre de 2014: Timothy Loehmann, un policía de Cleveland, dispara en el abdomen a Tamir Rice, de 12 años, tras darle alto en un parque por el que el menor caminaba con una pistola falsa. Loehmann acudió al parque junto a otro agente en un coche patrulla. Dispararon en cuanto bajaron del vehículo. El arma no llevaba la pegatina naranja que advierte de que no es real. Rice murió un día después.

6 de marzo de 2015: el agente Matt Kenny dispara a Tony Robison, de 19 años, en Madison (Wisconsin). Tres balas impactan contra el joven, una de ellas en la cabeza. El policía había sido alertado de que Robinson estaba protagonizando altercados en una zona de tráfico en un área residencial y que había tratado de agredir a dos personas. El agente afirmó que intentó defenderse ante una agresión de Robinson.

 10 de marzo de 2015: El agente Robert Olsen dispara a Anthony Hills, exmilitar de 27 años, después de que este fuera denunciado por pasearse de casa en casa desnudo. Ocurrió cerca de Atlanta, en el Estado de Georgia. Hills sufría un aparente trastorno psíquico y se resistió a la detención.

 4 de abril de 2015: El agente Michael Slager da el alto al vehículo de Walter Scott, de 50 años, en North Charleston (South Carolina). Mientras el policía comprueba en su vehículo patrulla los datos de Scott, este sale corriendo, aparentemente por miedo a ser detenido por no pagar la pensión a sus hijos. Slager le persigue. Scott trata de seguir huyendo, pero es alcanzado por los disparos del agente, que apreta el gatillo hasta en ocho ocasiones. Cinco balas impactan en Scott y una de ellas le atraviesa el corazón.



Título: Las calles de Baltimore buscan cómo superar el caos y la violencia

Subtítulo: La ciudad trata de recuperarse de los disturbios de la pasada noche tras el funeral de Gray

Texto: Los escaparates destrozados y ennegrecidos por el fuego que siguió a los saqueos de los comercios en el cruce de la Avenida Pennsylvania y la Avenida Norte de Baltimore durante la noche del lunes eran testigos mudos de una escena totalmente diferente apenas unas horas más tarde. Decenas de personas se concentraban el martes en la misma confluencia de uno de los barrios más deprimidos de esta ciudad situada a solo 65 kilómetros de Washington con proclamas de “paz” y para tratar de demostrar que no todos los que salen a la calle lo hacen para causar caos.

Poco antes, muchos de estos ciudadanos, procedentes de todos los puntos de Baltimore, habían participado en las decenas de brigadas de voluntarios que, convocados por las redes sociales y armados con palas, escobas y bolsas de basura, acudieron a ayudar a limpiar el caos provocado por los centenares de violentos que, durante buena parte de la tarde y noche del lunes, se dedicaron a desvalijar e incendiar comercios y vehículos.

La violencia había estallado horas después de que se enterrara, tras un funeral al que acudieron políticos y activistas de derechos civiles de todo el país, a Freddie Gray. Este es el joven negro que el 19 de abril falleció a causa de una grave lesión medular sufrida en algún momento durante su arresto, una semana antes, por policías blancos. Gray se convertía así en el último símbolo de una situación que, al menos desde la muerte del adolescente -también negro, también desarmado- Michael Brown en Ferguson, Misuri, hace casi un año, viene repitiéndose con demasiada frecuencia en Estados Unidos: caso tras caso de brutalidad policial contra las minorías, especialmente la afroamericana, han demostrado que este país no ha logrado aún superar las tensiones raciales, pese a tener como presidente a un hombre negro por primera vez en su historia.

Autoridades y activistas, al igual que la propia familia de Gray, se apresuraron a desvincular el martes los incidentes violentos de las protestas pacíficas que se han sucedido desde la muerte del joven en reclamo de una explicación de los acontecimientos fatales que todavía falta. Pero el resultado sigue siendo el mismo: una ciudad conmocionada por una oleada de violencia no vista en décadas que la ha llevado a quedar prácticamente sitiada por fuerzas de seguridad y bajo toque de queda, en el marco de una también inusual declaración de estado de emergencia.

Miles de agentes de policía, reforzados con miembros de la patrulla estatal y también -por primera vez desde los fuertes disturbios de 1968 tras el asesinato de Martin Luther King- de la Guardia Nacional, se desplegaron el martes en los puntos estratégicos de esta antigua esplendorosa ciudad portuaria ahora abatida por años de crisis y marcada por la desigualdad. Las zonas comerciales, turísticas y de negocios, además de las sedes del gobierno local, estaban fuertemente protegidas por filas de agentes y vehículos blindados, que también se hicieron presentes en las zonas más calientes -y deprimidas- donde la noche del lunes se vivieron los peores disturbios. Escuelas, museos y numerosos comercios permanecían cerrados. El equipo local de béisbol, los Baltimore Orioles, volvió a posponer un partido ya aplazado el lunes.

A partir de la noche, entrará en vigor un toque de queda decretado por la alcaldesa de Baltimore, Stephanie Rawlings-Blake, que durará al menos una semana. El gobernador de Maryland, el republicano Larry Hogan, trasladó temporalmente su oficina a Baltimore para controlar más de cerca una situación que, desde la Casa Blanca, el presidente Barack Obama calificó de “inexcusable”.

Más de 200 detenidos y al menos 20 agentes heridos de diversa consideración por las pedradas y golpes recibidos, así como otra persona en estado “crítico” tras resultar herida en uno de los incendios, es el último recuento de una noche de caos que también se saldó con más de un centenar de vehículos y comercios desvalijados e incendiados. Como la tienda de abastos de Sharanda Palmer en la zona oeste de Baltimore, donde se vivieron algunas de las escenas más violentas.


“No pensé que fuéramos a llegar a este extremo”, decía esta mujer afroamericana, desolada, mientras barría los cristales del escaparate destrozado de su tienda. “Creí que tras las protestas de la semana pasada esto se había acabado, pero esto parece sacado de una película”, contaba luchando por contener las lágrimas y la rabia de saber que muchos de los causantes de los destrozos de su negocio son los mismos que a menudo acudieron a comprar en él.

Al joven concejal de Baltimore Brandon Scott también le podía la rabia con la violencia de la noche. “Están destruyendo el futuro de su propia gente, de sus hijos, porque esto es algo que va a dañar a la ciudad en los próximos años”, lamentó. Y peor aún, advirtió. “Esto no va a ayudar, esto va a hacer daño a los esfuerzos para lograr justicia no solo para la familia de Gray, sino para mejorar toda nuestra ciudad”, sostuvo.

Aeneas Middleton, un joven cineasta afroamericano de San Luis al que las protestas del lunes lo encontraron cámara en mano filmando unas escenas de su próximo proyecto -una película de ciencia ficción- en Baltimore, no condona la violencia vivida. Pero dice comprender de dónde sale.

“Desde 1968, la gente es consciente de que cosas como la muerte de Gray son algo recurrente, y está cansada. En algunas zonas de San Luis, el 99% de la gente que es detenida es negra. Y estamos hartos del racismo, queremos un cambio”, afirmó.

Las más altas autoridades del país, Obama a la cabeza, han dejado claro que la violencia no es la vía para lograrlo. Baltimore debe demostrar ahora si conoce otra forma para manifestar su frustración y conseguir los cambios que reclaman tantos en todo el país. Las próximas horas serán clave.



Título: Las malas calles de Baltimore

Subtítulo: Con su retrato de la violencia urbana, las series de 'The Wire' y 'Serial' han puesto a la ciudad en el centro de la narrativa en EEUU

Texto: Dos de los productos más interesantes e influyentes de la cultura popular estadounidense de los últimos años tienen como escenario Baltimore, la serie The Wire y el podcast de la radio pública NPR Serial, que relata la investigación de un crimen que tuvo lugar en esta ciudad de Maryland en 1999 y que mantuvo en vilo a millones de oyentes el año pasado. No es una casualidad. Al igual que el peligroso Nueva York de los años setenta y ochenta planeó sobre la ficción estadounidense como un símbolo y un síntoma de lo que ocurría en el país —Tarde de perros, de Sidney Lumet, o Malas Calles, de Martin Scorsese, son los ejemplos más conocidos—, Baltimore, escenario de violentos enfrentamientos tras un episodio de brutalidad policial, ocupa ahora ese lugar.

A través de personajes que se han convertido en iconos como el policía Jimmy McNulty y su compañero de patrulla Bunk, el teniente Daniels, el ladrón de traficantes Omar o el barón local de la droga que decide aplicar técnicas modernas de marketing a su negocio, Stringer Bell, The Wire, que HBO emitió entre 2002 y 2008, significó un enorme salto adelante en el mundo de las series. Además de ser una estupenda historia de gansters a la vieja usanza, era un retrato despiadado de una ciudad que no funcionaba. Su autor, David Simon, es un periodista que conocía muy bien los bajos fondos de la ciudad, que retrató en su libro Homicidio, que también fue una serie. The Wire es su hermana mayor.

Cada una de las cinco temporadas retrata un aspecto de la urbe: los traficantes de droga, el puerto, la política, la educación y la prensa. Y en cada una de ellas el cataclismo es mayor. La burocracia entierra las investigaciones policiales, nadie controla de verdad uno de los puertos más importantes de la costa este, los barrios de casas quemadas o con sus puertas y ventanas clausuradas con tablas de contrachapado están dominadas por bandas y traficantes, el sistema educativo es incapaz de sacar a los chavales de la tela de araña social en las que están atrapados y la prensa, en crisis, no tiene medios para relatar a los ciudadanos lo que ocurre a su alrededor.

David Simon ha realizado este martes en su blog un llamamiento para tratar de frenar la violencia en su ciudad en el que reconoce que muchos de estos problemas siguen marcando Baltimore. "Dad la vuelta. Volved a casa. Por favor", escribe en un breve texto en el que asegura "que hay muchos problemas sobre los que discutir, debatir, a los que hay que enfrentarse". "Este momento, que parecía tan inevitable, puede acabar siendo transformador, si no redentor para nuestra ciudad. Los cambios son necesarios, hay voces que deben ser escuchadas. Todo esto es cierto y todo esto es posible, a pesar de lo que se ha desatado ahora en nuestras calles. Pero ahora toda esta violencia debe detenerse", prosigue este guionista, que como reportero de sucesos pasó muchas horas en las malas calles de Baltimore. Como demuestra el estallido que se ha apoderado de la ciudad después del entierro de Freddie Gray, un joven negro que murió bajo custodia policial, todo lo que contó en The Wire sigue ahí.

Serial, la serie de Podcast —programas radiofónicos descargables en el móvil o el ordenador— de la periodista Sarah Koenig, es muy diferente a The Wire. No es un relato que trate de englobar toda la ciudad aunque sí emergen muchos de sus problemas. Lo que hace Koenig es desmenuzar con enorme precisión todas las circunstancias que rodearon la condena de un adolescente de origen paquistaní, Adnan Syed, por el asesinato de su novia, Hae Min Lee. Uno de los escenarios de la serie, que era descargada por millones de personas en todo el mundo y que se convirtió en un fenómeno inusitado, es el parque Leakin, donde fue encontrado el cuerpo de la víctima. Koenig resume este escenario en una frase que lo dice todo: "Es conocido por sus cadáveres".



Preguntada por The Baltimore Sun sobre el retrato de la violencia urbana que refleja su serie, la periodista respondió: "En cualquier juicio con jurado que se celebre en Baltimore que esté relacionado con violencia, ya sea asesinato o asalto, uno se da cuenta de lo que ocurre en la ciudad cuando se pregunta a los posibles candidatos durante la selección: '¿Conocen a alguien que haya sido objeto de un crimen?' y de repente decenas de personas se levantan y se ponen en fila para hablar con el juez: 'Sí, a mi hermano le dispararon, a mi tía la violaron".

La violencia retratada en The Wire o Serial ha vuelto a estallar en las calles, la creación cultural se ha vuelto a apoderar de la realidad, como ocurrió en Nueva York durante los setenta y ochenta. El año más violento es ahora el de Baltimore.

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Título: Obama dice que lo sucedido en Baltimore no es una crisis nueva

Subtítulo: El presidente descalifica a los causantes de los disturbios de Baltimore y los define como criminales que deberán ser juzgados

Texto: La Casa Blanca guardó un sonoro silencio mientras Baltimore se sumía el lunes en el caos y el fuego era la imagen de la última protesta iniciada tras el entierro del último joven afroamericano a manos de policías blancos. Observador distante, sabedor de que las relaciones raciales siguen siendo territorio minado en EEUU, el primer presidente negro de la nación comparecía hoy martes obligado ante la prensa por exigencias de la agenda, que le situaba podio con podio con el primer ministro de japón, Shinzo Abe.

Obama llevaba preparada la respuesta, larga, compuesta de seis puntos. ¿Está el país ante una crisis nacional, con el estado de emergencia declarado en Baltimore y la guardia nacional desplegada en las calles de una ciudad a menos de 40 minutos en coche de la Casa Blanca?, vino a preguntar la periodista, dejando al margen los juegos económicos resultado del triángulo geopolítico que forman EEUU-China-Japón.

Durante más de 15 minutos de soliloquio, Obama hizo los equilibrios políticos-circenses que hace cada vez que se toca la raza, en general desde que asumió el poder en 2009, y en concreto desde que el verano pasado un policía blanco matase a un joven negro desarmado en el hasta entonces anónimo Ferguson (Misuri).



Durante más de 15 minutos de soliloquio, Obama hizo los equilibrios políticos-circenses que hace cada vez que se toca la raza.  Así, el presidente envió sus condolencias a la familia de Freddie Gray; reconoció que entendía que esta quisiera respuestas a su muerte bajo custodia policial; mostró solidaridad con los policías heridos en los disturbios; criticó a los medios de comunicación por quedarse solo con una parte de la historia y mostrar en bucle las imágenes del vandalismo pero no las de las protestas pacíficas que se dieron durante el día; arremetió contra los violentos a los que calificó de criminales; y finalizó diciendo que la crisis era tal pero desde luego no nueva.

“Esto lleva sucediendo mucho tiempo”, declaró el mandatario, hijo de un hombre negro africano y una blanca de Kansas. “No es nuevo, no podemos pretender que lo es”, insistió Obama reconociendo que entendía por qué los líderes religiosos y comunitarios hablaban de crisis. A Fergurson y Michael Brown les siguió Staten Island (Nueva York) y Eric Garner. Luego llegó Cleveland y Tamir Rice, un niño negro de 12 años al que un policía blanco abatía en un parque porque creía que el pequeño iba armado.

Este mes, otra muerte a manos de la policía ponía en el mapa a North Charleston, Carolina del Sur. En esta ocasión, la grabación que un transeunte hizo de lo sucedido exoneraba a Walter Scott, conducía a la cárcel acusado de asesinato al agente Michael Slager y abría el debate al poner la siguiente pregunta sobre la mesa: ¿cuántas muertes de hombres negros a manos de la policía no habrían sido tapadas bajo el epígrafe de “uso necesario de la fuerza frente a un supuesto delincuente”? Obama hizo una referencia velada a lo sucedido con el caso de Walter Scott al decir que tan solo había una buena noticia en esta dolorosa sucesión de muertes, el hecho de que “las redes sociales” ayudaban ahora a la propagación de la verdad.

Llegados a este punto y cuando aún no había pronunciado la mitad de su larga respuesta a una corta pregunta, el presidente pidió disculpas al primer ministro japonés por monopolizar de tal manera su rueda de prensa conjunta. “Esto es bastante importante para nosotros”, dijo Obama apoyado en el podio y girándose hacia Abe.

En la Casa Blanca, en Baltimore, en Estados Unidos hay ecos del pasado. El presidente de un país que se enriqueció con la esclavitud y que como nación tiene la mancha de la segregación es cauto y en ocasiones dubitativo a la hora de expresar su frustración y exasperación para que no sea identificado con una sola comunidad. Frustración porque, como él mismo declaró, “no me hago ilusiones de que este Congreso vaya a invertir en las comunidades negras empobrecidas”. Exasperación al mencionar el viaducto que conduce “a los niños negros de los colegios a la cárcel” y más exasperación al recordar que esos mismos nacen en hogares sin futuro, con madres drogadictas y padres ausentes.

El pasado resonó en la noche del lunes y retrotrajo a las fuerzas del orden de Baltimore a la década de los setenta, cuando reinaba el Black Liberation Army. La policía de la ciudad al norte de Washington consideró que había una amenaza creible de que las pandillas rivales de los Crisp y los Bloods habían formado una alianza para asesinar policías blancos tras el funeral de Gray.

El presidente dijo no encontrar “excusa” para “la violencia sin sentido” registrada en Baltimore y aseguró que los responsables de los disturbios serían tratados “como criminales”. “Eso no fue una protesta. Eso no fue una manifestación”, declaró el mandatario. “Fue un puñado de gente que se aprovechó de una situación para sus propios motivos”. Obama descartaba así que los que quemaron coches y centros sociales y saquearon comercios entraran en la categoría que definió Martin Luther King hace más de medio siglo. “Los disturbios son el lenguaje que usan aquellos que no son escuchados”.


La última nota viene de Zero Hedge. Dice así:


Título: The Baltimore Riots: The Stunning Comments By Orioles Owner's Son

Texto: The day after violent protests left Baltimore burning in the wake of a funeral held for Freddie Gray who died after sustaining a spinal injury while being taken into policy custody, Americans are struggling to explain how the events that transpired on Monday evening are possible in modern day America. While most are united in their condemnation of indiscriminant violence, many still feel a palpable sense of injustice after witnessing multiple instances of alleged police misconduct over the past year.

In this context we present the following culled from Twitter messages posted by Orioles Executive Vice President John Angelos, son of majority owner Peter Angelos:

“Brett, speaking only for myself, I agree with your point that the principle of peaceful, non-violent protest and the observance of the rule of law is of utmost importance in any society. MLK, Gandhi, Mandela, and all great opposition leaders throughout history have always preached this precept. Further, it is critical that in any democracy investigation must be completed and due process must be honored before any government or police members are judged responsible.

That said, my greater source of personal concern, outrage and sympathy beyond this particular case is focused neither upon one night’s property damage nor upon the acts, but is focused rather upon the past four-decade period during which an American political elite have shipped middle class and working class jobs away from Baltimore and cities and towns around the U.S. to third-world dictatorships like China and others, plunged tens of millions of good hard-working Americans into economic devastation, and then followed that action around the nation by diminishing every American’s civil rights protections in order to control an unfairly impoverished population living under an ever-declining standard of living and suffering at the butt end of an ever-more militarized and aggressive surveillance state.

The innocent working families of all backgrounds whose lives and dreams have been cut short by excessive violence, surveillance, and other abuses of the Bill of Rights by government pay the true price, an ultimate price, and one that far exceeds the importance of any kids’ game played tonight, or ever, at Camden Yards. We need to keep in mind people are suffering and dying around the U.S., and while we are thankful no one was injured at Camden Yards, there is a far bigger picture for poor Americans in Baltimore and everywhere who don’t have jobs and are losing economic civil and legal rights, and this makes inconvenience at a ball game irrelevant in light of the needless suffering government is inflicting upon ordinary Americans.”



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