martes, 8 de diciembre de 2015

El olor de la guerra



Encontramos esta breve pero conmovedora nota en el sitio web Slaviangrad.es, un interesante portal cuyo lema es “Nuestra ira no tiene límites” (frase del diplomático soviético Viacheslav Mijáilovich Mólotov). El autor de la nota firma con un seudónimo: “@NSANZO”. Al googlear el término aparece un nombre: Nahia Sanzo.


Título: El olor a guerra está en el aire

Texto: Parece acercarse el podrido aroma de la guerra. Aún es complicado distinguirlo, para muchos sigue siendo imposible de creer, pero nos acecha la guerra. En mi caso, no puedo quitarme la sensación de que la tercera guerra mundial puede haber comenzado ya. Por ahora, seguimos engañándonos pensando que solo se trata de conflictos locales…

Pero las filas de nuestros aliados disminuyen de forma catastrófica mientras las de los oponentes aumentan.

A día de hoy, Rusia tiene ya dos frentes abiertos: el frente ucraniano en Donbass y el frente sirio. El tercero, Turquía, parece estar a la vuelta de la esquina. Y a partir de ahí, quién sabe.

No existe un único frente de batalla en esta guerra. Está localizado en cada esquina del planeta. En algún momento, puede que los historiadores identifiquen el momento, la génesis de la tercera guerra mundial. Puede que esa línea se haya cruzado ya, al fin y al cabo la segunda guerra mundial no comenzó el 22 de junio de 1941 [inicio del ataque alemán contra la Unión Soviética] sino en septiembre de 1939.

Si miramos a Siria, el conflicto ya ha atraído a la OTAN, a Rusia y a otros cincuenta estados. ¿Cómo puede no ser una guerra mundial?

Una aeronave rusa fue derribada por Turquía, miembro de la OTAN. A cambio, nuestro ejército ha prometido no derribar aeronaves turcas. Se ha instalado el sistema antimisiles S-400. Imaginen que derribara a un avión estadounidense. Si estuviera en el lugar de los turcos, esto es exactamente el tipo de provocación que buscaría. Y así se abriría la caja de los truenos.

No, no soy ni un derrotista ni trato de causar pánico. Pero si es mi deber, que así sea.

El problema es que muchos de los actuales patriotas del llamado “regimiento de sofá” no tienen la menor idea de lo que significa realmente la guerra. Creen que es como ver los debates televisivos de Soloviev, Tolstoy y Babayan, atrincherados en el enaltecimiento del orgullo de “nuestros chicos” y del suyo propio, con su mentalidad patriótica. Orgullosos de Satanovskiy o Eskin, que con tanto tacto avivan el belicismo.

Pero la guerra es el agrio aroma de la pólvora, que se niega a abandonar nuestro olfato. El aroma del combustible y la goma ardiendo, el aroma del metal fundiéndose por el calor insoportable.

Es el empalagoso olor a grasa quemada. Grasa humana.

Es el olor a ropa que lleva semanas sin lavarse. El hedor a heces y orina de las letrinas, utilizadas con reticencias al principio, escondidas tras algún panel de madera, pero usadas sin cuidado ni decencia alguna más adelante.

La guerra es el hedor a los cuerpos descomponiéndose bajo el sol intenso, cuerpos podridos de color verdoso y a los que los pájaros les han arrancado los ojos. Es ver ese cuerpo por el que nadie se preocupa, abandonado a los pies de una colina expuesta al fuego enemigo.

La guerra el olor a cigarrillos baratos mezclado con el vapor del alcohol casero después de la ceremonia en memoria de los chicos que no regresaron tras el ataque fallido del día anterior.

El olor de la guerra es el aroma de las manzanas asadas que cuelgan de un árbol junto a las ruinas de una vivienda en la que ya nunca vivirá nadie más. La guerra huele como el grano quemado hasta las raíces.

El aroma de la guerra es el gangrenoso hedor de los hospitales de campaña, el olor a vendas ensangrentadas que ya no servirán para nada al chico de ayer, que murió a causa de las heridas de metralla en el estómago.


Pero sobre todo, es el aroma a perfume y cigarros de lujo en el despacho de algún político que saca beneficio por la guerra. El incomparable aroma de la tinta de los billetes recién salidos del banco.


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