sábado, 5 de diciembre de 2015

EEUU: Se consolida el programa fascista


¿Cuál es la gran lección económico-política del Siglo XX? Que las crisis del capitalismo desembocan en fascismo, y que el fascismo produce guerras. En el siglo pasado, la gran crisis financiera de 1929 liberó fuerzas que culminarían, (1) para fortuna de los EEUU, en el New Deal, los gigantescos programas de desarrollo económico liderados por Franklin Delano Roosevelt (presidente de ese país entre 1933 y 1945); (2) para desgracia de los europeos, en el proyecto fascista de las naciones del Eje. La Segunda Guerra Mundial derrotó al fascismo pero dejó medio planeta destrozado.

Desde 2008 el mundo vive una nueva Gran Depresión, otra vez generada por la bestia financiera. Esta vez también existen dos proyectos en pugna: (1) un nuevo New Deal encarnado por Rusia y China, y (2) el neofascismo de los neocones estadounidenses y sus vasallos neoliberales europeos. No se engañen, chicos, esto termina en guerra, y el planeta entero podría quedar destrozado.

En este contexto puede verse, en la política estadounidense, a un personaje sumamente pintoresco y convenientemente detestable como lo es el empresario Donald Trump. Las volteretas gestuales y retóricas de Trump remiten inmediatamente a un Benito Mussolini, o al Adolf Hitler de los discursos incandescentes frente a las masas alemanas enfervorizadas. Pero no nos engañemos: difícilmente Trump lidere nada en los EEUU de los próximos años; más probablemente, se trata de un espantapájaros agitado por Wall Street para consolidar la candidatura de cualquier marioneta (demócrata o republicana) que suene a moderada en estos tiempos. Hillary Clinton, por ejemplo. Por supuesto, ni Trump ni ninguna de estas otras marionetas van a apuntar jamás contra los responsables de la crisis: los banqueros. Y por supuesto, ni Hillary ni el resto tiene nada de moderado; la política de esta chusma es la misma de siempre: palo y a la bolsa. Palo al enemigo ficticio de turno (ayer, los judíos para Hitler; hoy, los musulmanes para los neocones), y bolsa para los dólares de los banqueros, a costa del trabajo, la sangre y la dignidad humanas.


Primero vayamos a una breve nota del diario español El País de esta mañana:


Título: Trump saca 20 puntos a su principal rival republicano a la Casa Blanca

Subtítulos: Un nuevo sondeo sitúa al empresario con un 36 % de apoyo entre los votantes del partido / El empresario se burla de un periodista discapacitado en un acto de campaña

Texto: El magnate Donald Trump lidera, con 20 puntos de ventaja sobre su inmediato perseguidor, el senador Ted Cruz, un nuevo sondeo divulgado hoy sobre la contienda en el partido Republicano por la nominación a la Presidencia de EEUU. La encuesta, elaborada por la cadena CNN, sitúa a Trump con un 36 % de apoyo entre los votantes registrados como republicanos o independientes de tendencia conservadora, nueve puntos más de los que tenía en el anterior sondeo, realizado a mediados de octubre.

En segunda posición, con un 16 %, está Cruz, cuyo respaldo ha crecido 12 puntos desde la encuesta previa, y a continuación se sitúan el neurocirujano retirado Ben Carson (14 %) y el senador Marco Rubio (12 %). Cruz y Rubio, ambos de origen cubano, han ido ganando impulso a medida que avanza la campaña electoral, en parte por sus buenas actuaciones en los debates televisados entre los candidatos.

En el extremo opuesto está el exgobernador de Florida Jeb Bush, considerado hace unos meses como favorito para hacerse con la nominación y que en este sondeo solo tiene un 3 % de apoyo, cinco puntos menos que en octubre. Carson, quien empató e incluso superó a Trump en varios sondeos hace algunas semanas, también parece estar perdiendo fuerza y tiene en esta encuesta ocho puntos menos de respaldo que en la anterior. En este nuevo sondeo, realizado del 27 de octubre al 1 de diciembre a 1.020 adultos de todo el país y con un margen de error del 4,5 %, cuatro de cada diez encuestados que se definen republicanos ven a Trump como el candidato que sería "más eficaz" en la resolución de los problemas de EEUU. El pasado martes, una encuesta de la Universidad de Quinnipiac también situaba a Trump de líder, con un 27 % de apoyo entre los votantes republicanos y seguido por Rubio (17 %).


A continuación, una nota de opinión de José Murat para el diario mexicano La Jornada del 26 de Octubre de este año:


Título: Trump: no desdeñar amenaza fascista

Texto: No sólo nuestro país, sino todas las democracias del mundo, cada cual con sus alcances y sus imperfecciones, debieran estar en alerta máxima, proactivas y no pasivas, ante la amenaza a los valores universales de la civilidad, la tolerancia y la concordia, que representa el excéntrico precandidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump.

Como han dado cuenta medios nacionales y cadenas internacionales, el empresario y novel político ha dicho varias veces que habría que levantar un gran muro en la frontera entre Estados Unidos y México, y además debería ser pagado por los vecinos del sur, pues "México no es nuestro amigo... México manda a su gente, pero no manda lo mejor. Está enviando a gente con un montón de problemas (...). Están trayendo drogas, el crimen, a los violadores".

Trump, hay que dejarlo claro, es sólo el huevo de la serpiente, la simiente de un movimiento radical y neofascista que, en América, Europa y otros continentes, pretende hacer retroceder las manecillas del reloj de la historia, para instaurar una sociedad excluyente y xenofóbica, hostil con las minorías, en unos países contra quienes no son de un origen racial, en otros contra quienes no profesan un credo en particular, y en el caso específico del país vecino, contra los migrantes de origen mexicano, en una primera etapa.

Por supuesto que, fuera de su controvertida política exterior y las violaciones a los derechos civiles de algunos grupos, la tradición democrática de la sociedad estadunidense hereda del pensamiento vanguardista de los constituyentes liberales que redactaron la Constitución de 1787, una contribución al mundo que tan bien describe Alexis de Tocqueville, en su obra icónica La Democracia en América, hace inviable el triunfo de la ultraderecha fascista, pero eso no debe conducirnos a desdeñar la gravedad de un movimiento, cuyo abanderado hoy encabeza las preferencias entre los precandidatos presidenciales de uno de los dos partidos políticos de Estados Unidos.

Por eso resulta deplorable computar las escasas voces que dentro del sistema político de ese país, el establishment, se han alzado para denunciar y frenar el mensaje ominoso para la democracia –y no sólo para los migrantes mexicanos– de un precandidato estridente, con pensamiento binario y retardatario, que atribuye todos los males de su país a quienes, por el contrario, han sido pieza fundamental en el proceso de creación de riqueza y prosperidad de la hoy, y desde hace varias décadas, mayor economía del mundo, por el tamaño de su producto interno bruto.

Extraña que hasta ahora sólo hayamos escuchado las voces del vicepresidente Joseph Biden, de la precandidata demócrata Hillary Clinton, y tímidamente de algunos precandidatos republicanos como Jeb Bush, gobernador de Florida, evidenciando la simpleza, la rudeza y la ausencia de fundamento de los pobres conceptos que nutren la propuesta gubernamental del precandidato republicano, un verdadero advenedizo de la política.

En esa escualidez de conceptos figura no comprender que en el total de bienes y servicios que integran el PIB de Estados Unidos, el esfuerzo productivo de los migrantes ha sido esencial y ha venido creciendo en su peso específico, como lo acredita el estudio de Raúl Delgado, investigador de la Unidad Académica Estudios de Desarrollo de la Universidas de Zacatecas, titulado ¿Quién subsidia a quién?, la contribución del trabajo de los migrantes al PIB de Estados Unidos casi se cuadruplicó de 1994 a 2007, hasta llegar a 586 mil millones de dólares, 4 por ciento del PIB de ese país, equivalente a 38 por ciento del PIB de México.

Con esos datos duros es un despropósito monumental culpar a los trabajadores migrantes de origen mexicano de los problemas de coyuntura de nuestro principal socio comercial, en lugar de reconocer y encomiar su importante papel en el funcionamiento cotidiano del engranaje de la economía estadunidense.

No se trata sólo de defender a los migrantes, ya de por sí una asignatura capital; insisto, están en juego y en riesgo los cimientos de la civilización y los fundamentos de la propia convivencia democrática. Por omisión, confianza y desidia, en otros momentos de la historia emergieron, crecieron y después se entronizaron movimientos vistos, al principio, como insignificantes y al paso de los años tornados incontenibles.

Me refiero al fascismo de Benito Mussolini, en la Italia de los años 20, que siguieron a la Primera Guerra Mundial, con un corporativismo asfixiante que copó a la antes diversificada y plural sociedad italiana y, con los años, anuló la convivencia y la competencia democrática, al declarar ilegales a los partidos opositores al régimen. Con el fin de la sana vida democrática también se anularon en ese país las libertades fundamentales del hombre, como la de disentir.

Me refiero al nazismo de Adolfo Hitler, que preconizó la superioridad de una raza y condenó al exterminio a otras, cobrando la vida de millones de seres humanos, tanto en campos de concentración como en los de batalla. Una de las sociedades más cultas de Europa, hoy reivindicada, fue pervertida en aquellos años por el pensamiento fundamentalista y primitivo de un personaje sin el menor alcance intelectual y sin ninguna formación política.

Hablo también de la falange española creada por José Antonio Primo de Rivera en la década de los 30, que crearía las condiciones de militarismo, clericalismo e intolerancia, que años después llevarían a Francisco Franco al poder, quien acabó instaurando una dictadura militar, acusada de múltiples violaciones a las libertades fundamentales y los derechos del hombre, extendida hasta bien entrada la década de los 70, ahí donde había una sólida y prolongada tradición democrática. La omisión fermentó el terreno para la derrota de la República.

Cómo no tener presente al Portugal de los años 30 a los 70, un régimen cuya mayor figura fue Antonio Salazar, que también terminó contaminado por la ola fascista que cubrió amplias franjas del territorio europeo. Ahí también la democracia representativa, el parlamentarismo y las libertades del hombre, sobre todo la libertad de prensa en ese caso, pagaron el costo de subestimar la naturaleza oprobiosa de la ultraderecha fascista, en cualquiera de sus modalidades.

De ahí la importancia de no pasar por alto esta vez las amenazas al mundo civilizado de los movimientos antihistóricos, reaccionarios y oscuros, verdaderas regresiones mucho más que simples movimientos antisistema, outsiders, que en los casos a los que nos referimos en esta reflexión, no deben pasar, no deben crecer, no deben gobernar.

El triunfo de la ultraderecha, así se vea hoy distante e inviable, sería el triunfo de la intolerancia fascista y la derrota de la sociedad democrática, la sociedad nutrida de los principios de la ilustración, la reforma y los derechos humanos universales.



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