viernes, 6 de noviembre de 2015

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Una nota algo distinta sobre la realidad electoral argentina, a cargo de Santiago O´Donnell. Apareció hace unos días en su blog (http://santiagoodonnell.blogspot.com.ar). Te puede gustar, o no. “[E]l menú no entusiasma, pero es lo que supimos conseguir” dice sobre el final. En fin. Acá va:


Título: Luz

Texto: Se viene el ballotage entre Daniel Scioli y Mauricio Macri y Luz, una lectora de este blog, me pide un análisis. Con mucho gusto lo intento. Gracias, Luz. Mi análisis dice que nadie sabe quién va a ganar, aunque es evidente que Macri está en alza y Scioli en baja y que es más fácil mantener una tendencia que revertirla, pero nuestro electorado ha dado suficientes muestras de volatilidad como para esto último también pueda ocurrir, sobre todo dada la paridad entre ellos que mostró el resultado de la primera vuelta. O sea, como siempre, en el futuro puede pasar cualquier cosa, pero esta vez daría la impresión de que un poquito más.

Ni Scioli ni Macri son los candidatos de la transparencia. Tampoco Massa. Ni se han destacado por la transparencia en sus negocios privados ni se han destacado por controlar o combatir a la corrupción siendo gobernantes. Lo cual me lleva a concluir que el tema de la corrupción es prioritario solamente para el electorado de clase media alta, mientras que la demanda de mayor seguridad y de mayor bienestar económico sigue prevaleciendo en el resto de la población, el más sector más desprotegido, que sigue siendo mayoritario. En cambio los candidatos que hacen bandera de su austeridad y transparencia como Margarita Stolbizer y Nicloás Del Caño sacaron muy pocos votos en la primera vuelta. En Brasil el tema de la transparencia está en pleno auge. Se viene vinculado con el bienestar económico al menos desde la protestas del año pasado por el despilfarro en las obras para el mundial de fútbol. En Guatemala hace pocas semanas el presidente Otto Pérez debió renunciar por un caso de corrupción. Acá será cuestión de tiempo hasta que volvamos a tener presidentes ejemplares en ese sentido. La sociedad argentina, desconfiada, complaciente, todavía no lo exige. Si bien el tema de la transparencia ha sido usado como herramienta de las elites para horadar a los gobiernos populares, la mejor respuesta es tener el traste bien limpio, tanto a nivel personal como a nivel de gestión, lo cual no es imposible ni mucho menos. Mi impresión es que cuanto más se pueda vincular a la corrupción con la inseguridad social y económica y no sólo con la debilidad ética, más relevancia tendrá a la hora del voto. Habrá que seguir exigiendo y también saber esperar.

El tema del narcotráfico va de la mano del de la corrupción. Mucho, muchísimo dinero proviene del narcotráfico, el narcolavado y la fabricación de drogas ilegales. En este país, no sólo muchas campañas políticas, sino también importantes sectores de la economía doméstica dependen de él. Entonces es más fácil hacerse el distraído que enfrentarlo en serio. Por suerte en los últimos años ha surgido una demanda social de combatir el narco que atraviesa a todas las capas sociales, a partir del envenenamiento que produce el paco en las villas y los barrios y del brutal incremento de la violencia por guerras territoriales entre bandas armadas dedicadas al mercadeo. Algo va a tener que hacer el próximo presidente. El tema aparece como más urgente que el de la corrupción, pero una vez más, más allá de los discursos de ocasión, por trayectoria y afinidad con la problemática, ninguno de los candidatos parece ser el hombre indicado para marcar un quiebre a partir de su liderazgo. No digo que sea imposible pero sí que me sorprendería.

¿Y qué van a hacer Scioli o Macri si ganan? Antes que nada, van a tratar de gobernar. Después y solo después podrán desplegar sus ideas y proyectos y sus ganas de hacer historia. ¿Sería tan diferente lo que haría Scioli a lo que haría Macri? Nunca lo sabremos. En estos días, dada la coyuntura política, Scioli quiere diferenciarse y Macri parecerse. Pero más allá de lo que ellos digan, aunque provienen de espacios políticos opuestos, lo cual condiciona sus respectivos márgenes de maniobra, a grandes rasgos ambos parecen cortados por la misma tijera del populismo conservador.

Claro que Scioli va a querer sacarse de encima a Cristina y el cristinismo y descolonizar al Estado de las ambiciosas pero inexpertas huestes camporistas. Pero lo hará a su manera, gradualmente, sin apuro ni confrontaciones innecesarias, buscando generar un buen clima de negocios con paz social, mística peronista y desarrollo industrial, un neocorporativismo con discurso social y guiños a los mercados.  No suena muy excitante pero Scioli es así. No conozco a un solo fanático de Scioli. Nadie que me diga "Scioli la va a romper." Scioli  el candidato ni siquiera cautiva a quienes trabajan en su campaña, me cuenta uno de ellos. Con esto no alcanza para predecir que será un mal presidente, ojalá que no, pero no es un dato alentador.

Macri va a llegar y decir que va  a limpiar la casa pero al poco tiempo arreglará con los poderes fácticos, tal como le marca su particular estilo de pragmatismo liberal. Así como llegó al gobierno de la ciudad gritando a cuatro vientos que iba limpiar a Buenos Aires de ñoquis y al poco tiempo arregló con Amadeo Genta y Hugo Moyano y terminó no echando a nadie ni privatizando nada, así como en su momento arregló con Cristobal López, con Coti Nosiglia, sobre todo teniendo en cuenta la historia de los presidentes no peronistas en este país, qué duda cabe que va a arreglar con los peronistas y sus distintas vertientes e intereses para tratar de gobernar. El sabe mejor que nadie que los 90 ya pasaron, que el festival neoliberal ya es historia. A él le hubiera encantado gobernar en esa década, él cree en esas recetas. También sabe que la década de izquierdas latinoamericanas también está pasando, aunque esta vez la transición sea más gradual: primero fue Paraguay, después Argentina, en un par de meses le toca a Perú. Colombia nunca votó a la izquierda por culpa de la guerrilla, Brasil y Venezuela están en crisis. Sólo el proyecto del Frente Amplio uruguayo y el indigenismo fiscalista y personalista de Evo Morales se mantienen firmes, paradójicamente, gracias a su flexibilidad. En esa lenta transición Macri, como su amigo el ex presidente chileno Sebatián Piñera, intentará llegar hasta donde pueda, hasta donde lo dejen, hasta donde le convenga o le parezca bien.


Reconozco que el menú no entusiasma, pero es lo que supimos conseguir. Queda margen para la esperanza, claro que sí, para que este aprendizaje democrático, lento, doloroso, y muchas veces aburrido, nos lleve a ser cada vez mejores ciudadanos. Mejores ciudadanos significa  mejores gobernandos, lo cual lleva inexorablemente a estar mejor gobernados. El camino inverso, el de pretender que un presidente iluminado satisfaga nuestras necesidades para convertirnos en ciudadanos ejemplares suena lindo, parece lindo. Pero a la larga o a la corta ese camino se hace intransitable y entonces damos marcha atrás y volvemos al punto de partida para empezar de nuevo, olvidándonos de lo andado. Más allá del próximo presidente el camino lo haremos nosotros, entre todos, yendo y viniendo sobre nuestras huellas, fijando el sendero que nos marca la dirección.


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