sábado, 15 de noviembre de 2014

Muros


Más que interesante artículo de un tal “Nahiasanzo” para el sitio web Slaviangrad.es. Porque muros son los de ahora, chicos; son de esos que no se ven.

Título: Los muros que unen a Europa

Subtítulo: La caída del muro de Berlín y las políticas europeas en conflictos como el de Yugoslavia o el actual conflicto en Ucrania

Texto: ¿Fue la caída del Muro el momento más trascendental de nuestra época como señala Timothy Garton Ash (“Esperando a la generación del Muro”, El País, 9 de noviembre de 2014)? La respuesta no puede ser más que negativa. La caída del Muro no es sino un hito más, quizás ni siquiera el más importante, del proceso de descomposición del poder comunista en el periodo de la perestroika. En los países del antiguo Pacto de Varsovia, así como en los Estados bálticos de la Unión Soviética, este proceso concluiría rápidamente con el triunfo completo de los movimientos nacionalistas que siempre habían aspirado a romper con Rusia e incorporarse a Europa.

Este triunfo es, en alguna medida, el resultado de la alianza conformada poco después del final de la Segunda Guerra Mundial por el bloque de Estados occidentales que se habían opuesto a la Alemania nazi y por las recicladas fuerzas colaboracionistas aliadas de Hitler. Con su base central en la Baviera de Franz Josef Straus, el Bloque Antibolchevique de Naciones de Yaroslav Stetsko llegó a ser uno de los principales exponentes de esa confluencia de intereses que conseguiría unificar en los países Europa del Este la disidencia anticomunista y las aspiraciones populares de liberación nacional.

Esta lógica imperaría en la política de la nueva Alemania unificada, y de Occidente en general, en la antigua Yugoslavia. Los herederos políticos de los movimientos cercanos al fascismo italiano y al nazismo alemán gozarían de mayor comprensión en los conflictos de Croacia, Bosnia o Kosovo que los serbios, antiguos aliados. Algo similar ocurre en el actual conflicto de Ucrania, en el que Europa vuelve a posicionarse del lado de un nacionalismo en su momento colaboracionista con el fascismo.

El periodo posterior a la caída del Muro no es solo, como dice la retórica oficial, un momento de avance de las naciones europeas hacia la libertad. Es también un periodo en  el que se da rienda libre a revanchas nacionales que vienen acompañadas de opresión para algunas nuevas minorías incómodas. Son ejemplos de ello la negación de la ciudadanía a la población rusa de los países bálticos o la liquidación de casi toda la presencia serbia en ciudades como Prizren en Kosovo.

Conviene recordar estas contradicciones en las que Europa cae continuamente cuando, como cada año por estas fechas, se pretende asociar simbólicamente ciertos acontecimientos, como la caída del Muro, con el triunfo de la libertad. Es necesaria una buena dosis de desmemoria para asociar la libertad con la reunificación del Estado sucesor del que, desde mediados de los años 30 del pasado siglo, impulsó la guerra en Europa, la liquidación de pueblos y naciones enteras y la creación de un nuevo orden sustentado en dictaduras políticas. Alemania y otros estados del núcleo central de Europa convivirían tranquilas, y durante décadas, con los restos de estas ductaduras. ¿Cuántos de la corriente oficial de Bruselas piensan hoy en la libertad de Europa al conmemorar la caída de los coroneles griegos o de la dictadura salazarista?

industria armeniaLa caída del Muro tampoco constituye el principal legado que dejó la política de Mijail Gorbachov. Las consecuencias de esa política tienen un lado más destacado, y también más siniestro, en la brusca caída de la Unión Soviética y el acceso al poder del grupo de oligarcas liderado por Boris Yeltsin. Muchas ciudades de la antigua Unión Soviética, y algunos países abandonados a su suerte por su escaso valor estratégico, muestran que la pobreza de su población tiene más que ver con la destrucción asociada al poscomunismo que con la ineficacia de la burocracia soviética.

La importancia simbólica de la caída del Muro es mayor para la izquierda europea, ya que, con muy pocas excepciones, marca un antes y un después en la historia de los partidos comunistas occidentales, convertidos en formaciones casi marginales en el núcleo central europeo y con un peso muy limitado en el sur periférico. En su progresiva confusión con el centroderecha, en especial en la lo que respecta a la política internacional, el periodo posterior a la reunificación alemana también es clave en el proceso de alejamiento del socialismo europeo de las ideas tradicionales anteriores a 1968. El papel de Javier Solana, como secretario general de la OTAN en la antigua Yugoslavia, es un ejemplo de la apuesta incondicional de la socialdemocracia por la nueva democracia otanista y capitalista.

Los años 90 suponen también un paso adelante en el proceso de revolución neoliberal y conservadora que habían abanderado Ronald Reagan y Margaret Thatcher. A la destrucción de la base industrial de la clase obrera europea y norteamericana que aquellos habían impulsado le sigue la definitiva pérdida del cortafuego que durante tanto tiempo desempeñó el miedo al comunismo. La progresiva consolidación de los ataques contra el welfarismo dominante en la Vieja Europa no haría sino afianzarse a partir de entonces, previniendo en especial su extensión a los países del Sur. Llegado el momento, éstos pagarían el precio de la nueva realidad europea postindustrial y de sus políticas de austeridad.

A lo que no contribuiría en cambio el proceso político posterior a la caída del Muro es a la liquidación del papel de Rusia como potencia geopolítica en el mundo. Al contrario, la llegada al poder de uno de los aparentes delfines de la nueva Rusia de Yeltsin, Vladimir Putin, acabaría por introducir un cambio radical en la dinámica esperada tras la caída de Gorbachov.

La actual Rusia de Putin no parece aspirar a convertirse en aquella URSS que ofrecía, mal que bien, un modelo socioeconómico alternativo al capitalismo. Pero sí se perfila como embrión de nuevo polo geopolítico en el mundo. En esa dimensión, vuelve en cierto modo a ser referente para Europa. Lo es cada vez más claramente en la reorientación soberanista y populista de algunos movimientos nacionalistas de la derecha radical europea (el caso de Marine Le Pen en Francia) y sigue inspirando la siempre presente tentación de relanzar la alianza germano-rusa para el control de Eurasia (imposible en realidad sin riesgo de guerra en Europa). La Rusia de Putin parece haberse convertido, en todo caso, en el principal obstáculo al fin de la historia que es llamado a encarnar el triunfo de las ideas, y del modelo socioeconómico, impulsado desde Estados Unidos.

Rusia es, por ello, un riesgo para la ideología de la Europa libre y unida, otanista y capitalista. En su artículo, Timothy Garton Ash no puede dejar de recordar a ese “antiguo agente del KGB que había presenciado con rabia el ascenso del poder popular cuando prestaba servicio en Alemania Oriental, un tal Vladímir Putin, trata hoy de hacer retroceder la historia y restablecer lo máximo posible del imperio ruso mediante la violencia y las mentiras”.

Como demuestran los acontecimientos de Ucrania, Rusia vuelve a presentarse como el principal enemigo de Europa. Pero, para cierta izquierda europea, la que no reniega de la democracia pero tampoco de sus ideales de siempre, Ucrania es ante todo una muestra de lo que no nunca llegó a ser la Europa posterior a la caída del Muro. Lejos de ser la nueva tierra del progreso y la libertad, la Europa de hoy es la que asiste impasible, casi sin pestañear, a la guerra contra la población de las regiones de Donetsk y de Lugansk. Es la Europa que no quiere garantizar el derecho de esa población a vivir a su manera, al margen de las imposiciones de la derecha descendiente de Stetsko y Bandera, la que carece de valores morales para impedir la construcción del nuevo Muro que algunos quieren levantar en la frontera oriental con Rusia.


Por desgracia, ese nuevo muro dice más de la Europa moderna que todas las recientes celebraciones de la caída de su homólogo berlinés. La pregunta es si queda algún lugar en Europa para quienes aspiran a una existencia, no ya independiente, sino simplemente autónoma respecto del ideal otanista y neoliberal que nos domina. Quizás no lo haya realmente y las bombas que se lanzan a diario contra Donetsk no sean sino una muestra de la suerte que espera a quienes se opongan en el futuro al orden impuesto por esa Europa libre y unida, renacida hace unas décadas de las cenizas del comunismo.

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