lunes, 24 de noviembre de 2014

Muentras tanto, en la República Popular de Lugansk...


Recordaremos a Lugansk. Junto con la otra república recientemente independizada, Donetsk, conforman el núcleo de lo que se ha dado en llamar Novorrosiya: la Nueva Rusia, una escisión de la actual “Ucrania” que incluirá, en un futuro mediato, la totalidad del este y del sur de ese ex país.  Leemos en el sitio Slaviangrad.es el siguiente artículo de Svetlana Rudenko, traducido por Nahia Sanzo:


Título: Lugansk: No hay vuelta atrás

Texto: La última vez que estuve en mi ciudad natal de Lugansk fue en agosto. La ciudad estaba prácticamente desierta y solo el esporádico fuego de artillería rompía el silencio. En las cálidas noches de verano, Lugansk caía en la más absoluta oscuridad: no hubo luz eléctrica en la ciudad en durante casi tres meses. La población local había tenido que acostumbrarse a la luz  intermitente de las velas. En la frontera había una cola solo en una dirección: hacia el puesto fronterizo de la Donetsk rusa en la región de Rostov. Ahora, casi tres meses después, hay una cola de varios kilómetros de coches y autobuses para entrar a la República Popular de Lugansk. Era prácticamente imposible viajar de Moscú a Lugansk la víspera de las elecciones al parlamento y a la presidencia de la República: había quienes estaban dispuestos a viajar 24 horas en pie para ejercer su derecho al voto. Familias con niños pequeños y maleteros llenos regresaron a su ciudad a pesar de saber que la ciudad aún intenta recuperar cierta normalidad: no todos los edificios disponen de luz, agua o gas. Y lo que es más importante, la guerra continúa, las tropas ucranianas han roto el alto el fuego.


Todos con las elecciones

Nunca antes había visto tanto revuelo como el creado por las elecciones del 2 de noviembre en la RPL. Toda la ciudad estaba decorada con carteles llamando al voto: “Ve a las urnas. Toda nuestra gente estará ahí”. El día era gélido y con viento, pero la población esperó pacientemente en la cola, algunos de ellos durante horas. Débiles ancianos apoyados en sus bastones y madres jóvenes con niños en brazos se aguantaron sin dudarlo. No se produjo queja alguna porque todos comprendieron que era imposible habilitar más colegios electorales y poder garantizar la seguridad de los votantes en estas circunstancias. “No nos queda mucho tiempo de vida, pero todavía nos quedan nuestras manos para ayudar a la RPL”, dice mi vecina, una mujer de 80 años prácticamente ciega que nunca abandonó la ciudad, ni siquiera los momentos más duros del bombardeo. “Así es como mueres en tu casa”, sonríe la anciana. A pesar de las dificultades, salió de su casa pronto por la mañana camino al colegio electoral acompañada por su hija.

Los mayores han sido en estos meses los residentes más leales a la ciudad. Los más jóvenes y fuertes ayudaron a los más débiles llevándoles agua, haciendo cola para conseguir pan o compartiendo medicinas cuando todo se acabó en las farmacias. Sus hijos trataron de persuadir a muchos de que se fueran, al menos temporalmente, pero muchos se negaron. “No teníamos ni idea de que había tanta gente en Lugansk ahora”, oigo una y otra vez por todas partes. Pese a su avanzada edad, ambos se acercan a los 80 años, mis padres esperaron en la cola durante más de dos horas. “Ya no estamos en la misma línea que Ucrania”, dice mi madre, que dio a luz a mis hermanos en la región de Khmelnitsky, en Ucrania occidental. Solo tenía ocho años cuando los hombres de Stepan Bandera quemaron a sus familiares lejanos acusados de tener lazos con los partisanos. No perdonaron siquiera a unos gemelos de 7 años. “No quiero vivir en un Estado dominado por fascistas”, dice otra anciana.

Parte de la prensa ucraniana por su parte mintió descaradamente, afirmando que la población de las áreas controladas por la milicia era obligada a votar a punta de pistola. “¿Nos obligaron a esperar durante horas en la cola a punta de pistola”?, se queja Varvara Fyodorova, mi compañera de clase, que vino a las urnas con su marido y su hija de 18 años. “¿Por qué Kiev no entiende que no queremos vivir en un país gobernado por fascistas ucranianos?” A pesar de la guerra, Varvara pasó todo el verano en Lugansk, trabajando en una de las pocas farmacias que aún seguían abiertas.

Es una pena que no hubiera periodistas de la prensa ucraniana en las elecciones de la RPL: algunos tenían miedo y otros saben perfectamente que Kiev ya no busca mostrar la verdad. Puede que Kiev crea a los 70 observadores internacionales que vinieron a monitorizar el proceso. Había representantes de Italia, Rusia e incluso Estados Unidos. Ninguno de ellos denunció ninguna irregularidad. Se tuvo que extender el horario de votación primero hasta las 10 y luego hasta las 11 de  la noche para que todo el que quisiera pudiera ejercer su derecho al voto. El porcentaje de participación fue del 68%, es decir, votaron 705.605 del más de un millón de personas que conformaban el censo. Igor Plotnitsky, líder del Gobierno interino, ganó las elecciones por un amplio margen, con Oleg Akimov, representante de la federación de sindicatos de la RPL, en segundo lugar.


No hay vuelta atrás

Estamos dispuestos a soportar las dificultades y no hay vuelta atrás a Ucrania es la actitud general que se escucha de los habitantes de la nueva república. De momento, no todas las zonas de la ciudad tienen agua y luz, por no hablar de calefacción. Pero el pueblo trabaja, la mayoría de ellos acude a sus puestos caminando para no gastar lo poco que tienen. El cirujano Dmitry Filatov vivió todo el verano con su esposa Yelena, enfermera de quirófano, en el hospital regional, donde se trataba a los heridos más graves. “Había nueve civiles por cada miliciano herido”, dice. “A uno le hirieron cuando estaba en su casa, a otro cuando iba a por pan o agua”. Dmitry ayudó a rescatar a cualquiera, tanto milicianos como soldados de la Guardia Nacional. “La milicia incluso proporcionó seguridad a los soldados de la Guardia Nacional para asegurarse de que no hubiera ningún linchamiento”, dice Dmitry. “Para mí, como religioso, todos eran lo mismo: rojo o blanco, ucraniano o ruso”. Dmitry no es solo un médico. Trabaja cinco días a la semana y los fines de semana dice misa en el distrito de Mirny, junto a las topas de la frontera. Su sueño es construir una iglesia en el centro regional de tuberculosis, al que ha sido trasladado recientemente como jefe de departamento. “Los pacientes con tuberculosis activa son contagiosos, así que sería genial si pudieran tener su propia iglesia, yo los trataría y también podrían confesarse y comulgar”.

Dmitry no es el único héroe. Hay gran número de jóvenes enfermeras que arriesgan su vida cada día atravesando la ciudad, a pesar de las bombas, para acudir al trabajo y salvar vidas. Quienes limpian las calles tras los bombardeos también son héroes, al igual que los trabajadores que trataron de restablecer el suministro eléctrico o de agua. Y finalmente lo hicieron. Son héroes aquellos que no abandonaron la ciudad en un momento tan difícil. Hay que recordar que la práctica totalidad de instituciones médicas atendieron pacientes durante la batalla y que las medicinas eran distribuidas gracias a la ayuda humanitaria rusa.

Todas las escuelas de Lugansk, salvo las cinco que fueron destruidas, están abiertas. El instituto de secundaria número 21 comenzó las clases el 1 de octubre, a pesar que de un ataque con mortero destruyó una de las paredes de la escuela, dañó varias aulas del tercer piso y requirió arreglos en el tejado. Cuando visité la escuela, solo había tres profesores preparando sus clases en la sala de profesores. Tatyana Tkachenko, una profesora de química que nunca ha abandonado la ciudad durante más de un día y que ha trabajado en el instituto durante más de 40 años, está entregada de pleno. Su aula resultó dañada durante la guerra en verano. “De los 400 estudiantes, la mitad están acudiendo a clases”, dice Natalia Lukashenkova, subdirectora de estudios en el instituto. “Tuvimos que esperar al 1 de octubre por culpa de los daños en el tercer piso. “Limpiamos el instituto por nuestra cuenta, como buenamente pudimos, y algunos de nuestros niños fueron trasladados a la escuela número 20. Ahora muchos están regresando”. Por desgracia, según Natalia, algunos de los graduados no han regresado a Lugansk al no estar seguros de si los certificados de graduación de la República Popular de Lugansk serán reconocidos.

Como el resto de profesores de la RPL, los profesores de la escuela número 2 han aceptado la transición al ruso como lengua vehicular. “Te iluminas cuando ves que podemos escribir nuestra planificación y nuestros horarios en ruso”, dice el director. El otro cambio es la transición al sistema de calificación de cinco puntos. También han llegado a la ciudad libros de texto rusos. “Los estamos esperando”, dice Natalia. “Todavía no han llegado a nuestra escuela. Muchos profesores que daban clase en ucraniano temían que sus clases fueran canceladas por la RPL, pero eso no ha pasado. El ucraniano sigue siendo lengua oficial de la República junto con el ruso. Las horas dedicadas a su estudio no han cambiado”.

“Los niños han cambiado durante la guerra, son diferentes, han crecido”, dice la profesora de química. “Gracias a dios, ninguno de nuestros estudiantes ni sus familias han sufrido. Mira a Daniil, de noveno curso. Antes de las vacaciones de verano, solo era un niño. Y ahora le vemos como a un adulto. Esperemos que no vuelva a empezar”, suspira Natalia. Mientras hablamos, es constante el ruido de artillería en la distancia. La batalla no está lejos. El 6 de noviembre, murieron varios residentes de Kirovsk, incluyendo una niña de 11 años. Hay batalla a 20-30 kilómetros de Schastye. No se puede entregar esta ciudad a Ucrania: ahí está la planta que provee de energía a toda la región. Soldados del infame batallón Aidar amenazaron con volarlo y dejar a toda la RPL sin calefacción. No les importa. Dadas las circunstancias, se decidió extender las líneas de transmisión de Krasnodon al resto de la RPL, así que cuando Kiev ordenó desconectar a Lugansk de la planta eléctrica de Schastye el 7 de noviembre, la ciudad no se quedó sin luz.

El día que abandoné Lugansk, el Teatro Ucraniano inauguró su temporada con la obra “Suerte Judía”. “Había rumores  de que el teatro permanecería cerrado y de que la RPL iba a prohibir el idioma ucraniano. Gracias a dios todo era inventado”, dice la actriz Natalia Koval. “Cada uno habla la que considera su lengua materna. La milicia no está en guerra con ningún idioma sino con los fascistas”.


El joven Estado tiene muchos problemas económicos, políticos y legales. Pero ya hay una cosa clara: la nueva república ha demostrado que tiene derecho a existir y a elegir su propio camino. Será difícil, la población lo comprende, pero no hay vuelta atrás.

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