domingo, 30 de agosto de 2015

Mientras tanto, en las Américas...



Dos notas interesantes sobre la realidad de las Américas, aparecidas en el diario Página/12 de hoy. En la primera, Eric Nepomuceno subraya ciertas hipocresías de la sociedad brasileña contemporánea. En la segunda, David Usborne detalla aspectos de la campaña republicana, centrados en el genio y figura de Donald Trump. Piénsenlo un segundo, chicos. El país más poderoso de la Tierra, la sede del Imperio, podría ser presidido por Donald Trump. Les da vértigo, no?

Hay un hilo conductor en estas noticias: la lenta, pero inexorable, descomposición social y política de buena parte del mundo, en consonancia con la depresión global que vivimos. La gran lección del Siglo XX es que las crisis del capitalismo devienen en fascismo, y que el fascismo trae la guerra. Porque lo que sigue es fascismo, chicos.


Título: Brasil, violento y racista

Texto: Brasil enfrenta, es verdad, una situación económica preocupante y, más grave aún, enfrenta una muy seria crisis política, que amenaza con transformarse en crisis institucional. Mucho se habla de la urgente necesidad de dar combate a una corrupción endémica e institucionalizada (que, a propósito, no empezó ahora y mucho menos con la llegada del PT al poder), y en lograr una manera para que el gobierno gobierne.

Pero, por encima de todo, Brasil vive desde siempre una crisis moral que no es admitida o reconocida por la sociedad, que insiste en mantener su cobarde hipocresía frente a sus propias llagas éticas.

En las cárceles brasileñas viven hacinadas 575 mil personas, según el censo del año pasado. Eso significa toda la gente que vive en una ciudad como la elegante y culta Salta, por ejemplo, y bastante más de la que vive en San Miguel de Tucumán.

En los presidios del país existen 355 mil plazas. Es fácil imaginar las condiciones en que esa sobrepoblación de 200 mil personas sobrevive.

En 2013 ocurrieron 53.646 asesinatos en Brasil. El año pasado, la policía brasileña mató a seis personas por día. Una cada cuatro horas. Las estadísticas no siempre son confiables pero, según los números disponibles, la policía brasileña es una de las cuatro que más mata en todo el mundo.

Hace un par de semanas, 19 personas fueron asesinadas aleatoriamente en la periferia miserable de San Pablo, la ciudad más rica de Sudamérica. Ninguna de ellas tenía antecedentes criminales. Todas estaban en bares o cafés conversando. Una de las víctimas, una chica de 16 años, estaba con una amiga en la vereda, delante de su casa de pobres. Fue la venganza de los policías por la muerte de un compañero, ocurrida en el mismo barrio días antes.

En junio, en Salvador de Bahía, la policía militarizada disparó y mató a 12 personas elegidas al azar. Días después, en Dias D’Avila, una pequeña ciudad a unos 60 kilómetros de Salvador, tres policías militares invadieron la casa de un hombre de 62 años. No querían detenerlo: querían dinero. Lo confundieron con un vendedor de marihuana. El hombre tenía algo así como 130 dólares. A los policías les pareció poco. Lo golpearon, lo violaron con una escoba, avisaron que volverían. El hombre los denunció a la Justicia, y los tres fueron detenidos. Ahora, el hombre vive bajo protección de la misma policía militar. ¿Estará protegido de verdad? De cada diez presos brasileños, cuatro esperan por una sentencia de la Justicia. Algunos, desde hace años. Y de cada diez presos brasileños, seis son negros o mulatos (en el total da la población, los censos indican que 51 por ciento son negros o mulatos).

De cada diez brasileños asesinados, casi siete son negros o mulatos. La policía es más selectiva. En cinco años, mató a 11.197 personas. Entre los muertos, 7823 eran negros o mulatos.

A los brasileños les encanta decir que en su país no hay racismo y que todos se integran a la sociedad. Los números indican que la cosa no es exactamente así. Y más: algunas iniciativas locales muestran que las medidas de prevención para la seguridad pública suelen estar dirigidas específicamente contra negros en primer lugar, y pobres en segundo, lo que es casi decir lo mismo.

En este invierno que fue especialmente benigno en Sudamérica, una novedad llegó a las playas doradas de la privilegiada zona sur de Rio de Janeiro: los buses que llegan de los suburbios lejanos y de calor agobiante, donde no hay mar, son revisados por la policía militar en su parada final, en Ipanema. Muchos grupos de adolescentes y jóvenes son enviados de regreso a sus casas, en otras dos horas de viaje.

El gobernador Luiz Fernando Pezao tiene una explicación que le parece lógica: “Vienen para robar y causar tumulto”. Claro: al fin y al cabo son pobres... y casi todos negros o mulatos.

Hace poco más de treinta años, en el verano de 1984, el entonces gobernador de Rio de Janeiro, Leonel Brizola, una de las principales figuras de la izquierda brasileña, hizo lo contrario: ordenó que las líneas de transporte público del suburbio se extendiesen hasta las playas de la zona sur. Desde entonces, miles de jóvenes suburbanos pudieron llegar, en los fines de semana, a la parte blanca y privilegiada de la ciudad.

Al principio, los moradores de la zona sur se rebelaron: de una hora a otra las playas de sus privilegios fueron invadidas por esa gentuza nada presentable, gracias a un gobernador autoritario.

Con el tiempo, se acostumbraron a la gentuza. Ahora, otro gobernador intenta corregir el equívoco que duró treinta años. Mientras no se institucionaliza la medida, la policía militar busca distraerse: los domingos, sus soldados pasean por la arena distribuyendo de manera igualitaria (siempre entre pobres, negros y mulatos) golpes de bastón para los que lograron salir de sus barriadas y se instalaron en la arena.

Un método bastante eficaz, hay que reconocer, para convencerlos de volver al lugar de donde salieron.

Y una muestra igualmente eficaz de hasta qué punto puede llegar la estupidez de una sociedad podrida: en su mayoría, los policiales militares son jóvenes pobres, negros y mulatos...





Título: Una pelea de muy bajo vuelo

Epígrafe: Los insultos están haciendo estragos en Bush, una vez considerado el principal candidato probable entre los republicanos. Su intención de voto cayó a sólo siete por ciento en una nueva encuesta de Gallup, contra el 28 por ciento para Trump.

Texto: Donald Trump más o menos cuestiona la virilidad de Jeb Bush, mientras que a Jeb Bush le ha dado por llamar a Donald Trump “antiamericano” y, peor aún, un armario demócrata. Estas son las burlas que se entrecruzan dos de los candidatos por la nominación presidencial republicana, metiéndose en nuevas profundidades de vitriolo político.

“Pequeño” y “baja energía” son las dos descripciones favoritas de Trump para el ex gobernador de la Florida. Recientemente, cuando se dirigía a partidarios en Nueva Hampshire, a sólo unos cientos de yardas de distancia de un evento similar organizado por Bush, se burló: “Muy pequeña la multitud allí. Usted sabe lo que está sucediendo con la multitud de Jeb... ¡se están durmiendo!”.

A veces Trump prefiere simplemente llamar tonto a su rival. Preguntado esta semana por un reportero si pensaba que Bush era el hombre adecuado para dirigir la economía de Estados Unidos, Trump respondió: “¿Conducir él? El no puede conducirse a sí mismo”.

Hay evidencia de que los insultos están haciendo estragos en Bush, una vez considerado el principal candidato probable entre los republicanos. Su intención de voto cayó a sólo siete por ciento en una nueva encuesta de Gallup, comparado con el 28 por ciento para Trump. Bush no tiene más remedio que participar, por más desagradable que sea la batalla. Así, en los últimos días describió como “antiamericano” el plan de Trump de deportar a 11 millones de personas que están en Estados Unidos ilegalmente. Repetidamente pregunta por las credenciales conservadoras de Trump, incluso su seriedad como candidato. “El liderazgo significa que uno tiene que estar comprometido, no es cuestión de dar aullidos”, le dijo a los partidarios la semana pasada. No le hacía falta decir quién era el aullador.

Hay lógica política tras el incesante bombardeo de Trump a Bush, que se ha ampliado para incluir a su hermano y su padre, ambos ex presidentes, y de hecho a todo el clan Bush. Mientras que este verano le proporcionó una sólida ventaja en la carrera por la nominación, Bush es posiblemente aún la mayor amenaza de Trump, aunque sólo sea en virtud de los torrentes de dinero en efectivo por parte de los grupos que lo apoyan.

Sin embargo, también es personal. Trump y Bush son algunos de los nombres más famosos de Estados Unidos, la realeza casi. Pero la corte de Trump y la corte de Bush nunca se superponen. Lo más cerca que llegó a que sucediera fue en 1997, cuando George W. Bush padre persuadió a Donald de celebrar un evento en Manhattan para recaudar fondos para Jeb cuando éste se presentaba como candidato para el cargo de gobernador de la Florida. Desde entonces, las relaciones se han deteriorado. La clase podría ser una parte de ella. Algunos de sangre real son más azules, o en este caso waspier (de wasp, siglas que significan blanco, anglo-sajón protestante). “Los Bush nunca fueron del agrado de Trump.” Roger Stone, hasta hace poco asesor de Trump, le dijo a The Washington Post esta semana. “El no es del viejo dinero wasp, los Trump no vinieron en el Mayflower”.

En un intercambio de 33 minutos con The Washington Post, Trump logró dejar escapar dardos para la dinastía Bush al ritmo de uno por minuto, por lo que fueron 33 en total. George W. era una lámpara de luz defectuosa que no parece entender las preguntas cuando es entrevistado en la televisión. (Y Trump lo ha castigado mucho por invadir Irak.) George W. dijo “lean mis labios” que no aumentaría los impuestos, pero lo hizo. En cuanto a Jeb, Trump dijo: “No creo que tenga ni idea... Jeb nunca va a llevarnos a la tierra prometida. No puede”.

Eso no es desprecio solo por el momento político. Hay pocos registros de Trump tratando de adular a Bush en los ocho años que gobernó Florida hasta el año 2007, a pesar de que tenía importantes aspiraciones de juegos de azar en el estado y su mansión en el estado Mar-a-Lago en Palm Beach, también. Y Trump es recordado por hablar mal de Bush a otros políticos de la Florida, incluso mientras estaba en el cargo.


El daño que le infligió a Bush ya fue devastador. Se hace más fácil para Trump por la aversión actual de los votantes a todo lo que huela a dinastía política. Eso podría un día ayudarlo con Hillary Clinton, también. Salvo que los Trump y los Clinton han sido bastante amigotes en los últimos años.

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