lunes, 12 de enero de 2015

Después de la batalla: paisaje (post)multicultural


En nuestro post anterior señalábamos, a propósito de la nota allí reproducida, que notábamos algunas inconsistencias lógicas en el razonamiento del autor de la misma, respecto de la postura moral de Occidente en relación a los hechos de violencia de Charlie Hebdo (y tantos otros, claro está). Hoy leemos una interesante nota de Gabriela Cañas para El País que pone lo que en nuestra opinión es el verdadero dedo en la llaga. Para decirlo en sus propias palabras: “La convivencia en una sociedad multicultural está en entredicho”. Nosotros adelantamos nuestra propia hipótesis de trabajo (que puede estar equivocada, claro está): ninguna sociedad occidental es realmente multicultural.


Título: Guerra santa en la cuna del laicismo

Texto: Quinientos años después de las guerras de religión, el fanatismo religioso ha atacado en el país de la laicidad al símbolo de un valor francés y, por extensión, europeo: la libertad de expresión y la libertad religiosa. El desconcierto a la hora de analizar lo ocurrido es general. Con las comunidades más numerosas de Europa de musulmanes y judíos y un aumento de la islamofobia y el antisemitismo, Francia ha conocido con brutalidad la dimensión del desafío y se pregunta por su modelo de sociedad, capaz de engendrar monstruos como Mohamed Merah, que mató a siete personas en 2012 en Toulouse, como Mehdi Nemmouche, que mató a cuatro en el museo judío de Bruselas el año pasado, o como los tres terroristas de París.

Los hermanos Chéfir y Said Kouachi atentaron el miércoles pasado contra Charlie Hebdo en nombre de Alá para vengar al profeta y Amedy Coulibaly atacó el jueves un comercio de comida kosher porque los judíos eran su objetivo. Los líderes religiosos musulmanes han condenado firmemente las matanzas y se han unido al presidente de la República, François Hollande, en su llamamiento a no confundir al radicalismo religioso con la religión musulmana. Pero no todas las reacciones están en esa línea. “Los musulmanes tienen que resolver sus problemas internos de valores y representación como lo hizo el catolicismo durante la Inquisición”, se ha atrevido a reclamar la exministra de Justicia Rachida Dati, de origen magrebí ante los micrófonos de France Inter.

Las tensiones sociales por diferencias de origen cultural y religioso no son circunstancias ajenas a los ataques de París. En Francia viven alrededor de cinco millones de musulmanes y 600.000 judíos.

La laicidad es una enseña esencial del país y se viven con especial tensión debates como el de la prohibición del velo integral. Las dificultades de integración de una amplia capa social de jóvenes musulmanes está en el centro de la polémica. “La verdadera amenaza es la islamofobia y la exclusión, que pueden explicar, que no excusar, la radicalización de los jóvenes”, decía en Le Monde el viernes el especialista en el islam Olivier Roy. “Francia ha minimizado sistemáticamente el problema”, añade Azzedine Ahmed-Chaoud, autor del libro La Francia de la yihad.

La convivencia en una sociedad multicultural está en entredicho, aunque para algunos, como el historiador de origen argelino Benjamín Stora, director del Museo de la Historia de la Inmigración, es solo un problema de números, lo que obliga a establecer una relación directa entre la enorme comunidad musulmana y el hecho de que Francia sea el principal proveedor en Europa de yihadistas extranjeros al Estado Islámico (casi 1.200). “No podemos olvidar que los musulmanes son víctimas importantes de los ataques radicales”, alerta Michel Taube, fundador de Juntos contra la pena de muerte. Francia es, en todo caso, un campo de operaciones esencial dada su historia. “El hecho de que los tres más importantes países del Magreb hayan estado colonizados por Francia ha situado a este país en el corazón de la actualidad que ahora bien conocemos”. Su entrada en la guerra de Irak contra el Estado Islámico en septiembre pasado le ha convertido, además, en un país especialmente amenazado.

En prevención de nuevas fracturas sociales, el primer ministro Manuel Valls hizo el sábado un enésimo llamamiento a la calma y a rechazar la idea de estar ante una confrontación religiosa. El Gobierno lanza mensajes de rearme ideológico para defender “el valor preciado de la libertad” frente a la barbarie de unos pocos; “capas marginales de la sociedad”, remacha Stora, “en un país en el que la inmensa mayoría de los musulmanes están bien integrados”. Y añade: “Llevo 35 años dando clase en universidades de la banlieue (barriadas de la periferia) y he visto muchos currículos exitosos de musulmanes”. Las declaraciones del expresidente Nicolas Sarkozy evocando el jueves a la salida del Elíseo una guerra de civilizaciones no ayuda. La antropóloga Dounia Bouzar coincide con Valls en que esta es una guerra contra el terrorismo. “El radicalismo es un proyecto totalitario”, dice. “De hecho, busca la exterminación del otro”.

“Francia es ahora consciente de la dimensión del desafío”, ha dicho el presidente François Hollande. En la defensa de sus valores ha coincidido con Sarkozy, que ha declarado: “Hay que luchar por nuestro modo de vida”. En la noche del domingo, France 2 organizó un concierto-homenaje a Charlie Hebdo. Entre aplausos, y ya bien concluida la impresionante manifestación de París, el redactor jefe del semanario satírico agradeció todos los apoyos y pidió: "Que todos los que están a nuestro lado lo estén para defender la laicidad".


Subnota:

Título: “Les hacen creer que son superiores

Texto: La exclusión social es una realidad que afectaba gravemente a los tres terroristas abatidos por la policía francesa en la tarde del viernes en París. La antropóloga Dounia Bouzar es una especialista en los procesos de radicalización de yihadistas franceses. Dirige el Centro de Prevención de Derivas Sectarias relacionadas con el islam y ha tratado a decenas de familias francesas afectadas por este fenómeno. Bouzar confirma que los tres terroristas responden al perfil clásico, “personas frágiles a nivel social y familiar”. Los hermanos Said y Chérif Kouachi quedaron huérfanos muy pronto, abandonaron tempranamente la escuela y no tenían empleo fijo. Chérif tenía antecedentes penales. Amedy Coulibaly, el asaltante del supermercado Hyper Cacher, nació en el seno de una familia numerosa y delinquía desde los 18 años. Los tres son de origen inmigrante, pero nacidos en Francia. Eran europeos.

“Este tipo de personas frágiles son especialmente sensibles al discurso terrorista”, explica Bouzar. “Las redes radicales captan adeptos convenciendo a estos jóvenes de que son superiores y de que a su lado tendrán una misión en la vida. Les hacen creer que su superioridad es la razón de su malestar social”.

El experto Ahmed-Chaoud explica que el proselitismo yihadista se alimenta de una visión de un mundo repleto de mentiras y corrupción con sociedades secretas que manipulan a la humanidad.

La rapidez con la que se convierten estos jóvenes, musulmanes o no, ha sido la razón en la que se ha escudado la ministra de Justicia, Christian Taubira, para explicar la falta de prevención frente a terroristas previamente fichados por la policía como ha sido el caso de las matanzas de París de esta semana pasada. Tanto el abogado de Coulibaly como el de Chérif Kouachi han expresado su sorpresa ante la transformación de sus defendidos, una vez identificados como los terroristas de París. La cárcel reaparece como granero del yihadismo. La crisis económica, con un nivel de paro récord que afecta más duramente a los jóvenes, especialmente si estos son de origen inmigrante, es otro actor relevante.


El sociológo y filósofo Edgar Morin ha recordado recientemente en Le Monde las obras islamófobas de Éric Zemmour (El suicidio francés) y de Michel Houllebecq (Sumisión, novela retirada tras las matanzas) para concluir que el miedo se puede agravar entre los franceses de origen cristiano, árabe y judío y que hay en curso un “proceso de descomposición”. “Francia tiene un problema con los hijos de los inmigrantes y ha minimizado sistemáticamente el problema”, añade Ahmed-Chaoud.

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