lunes, 1 de febrero de 2016

Elecciones en el corazón del Imperio


Lo hemos dicho más de una vez: la gran lección del Siglo XX es que las crisis del capitalismo devienen en fascismo, y que el fascismo termina en guerra, chicos. Muy a propósito de todo esto, acá van cuatro notas del diario español El País sobre la fase actual de las primarias republicanas y demócratas, con vistas a las elecciones de fines de este año en los EEUU. Hay miedo en el mundo. 


Título: Estados Unidos mide la fuerza del descontento y del fenómeno Trump

Subtítulo: Los candidatos atípicos aspiran a trastocar el statu quo en los caucus de Iowa

Texto: Estados Unidos mide hoy la fuerza del descontento con las élites y con una economía más desigual. Los candidatos atípicos —un multimillonario de Nueva York imprevisible y fanfarrón, y un veterano senador socialista que propugna una revolución política— aspiran a trastocar el statu quo en loscaucus, o asambleas electivas, de Iowa. La elección del presidente, un proceso a cámara lenta que durará casi un año, arranca en el pequeño estado agrícola del Medio Oeste.

Iowa es el primero de los 50 estados en votar. Su extensión es poco mayor que la de Inglaterra, pero la población, unos tres millones de habitantes, es 17 veces inferior. Por primera vez, un grupo de estadounidenses expresará en sus preferencias entre una quincena de candidatos, demócratas y republicanos, para suceder al demócrata Barack Obama en la Casa Blanca.

Al ser el primer estado en votar, su influencia es desproporcionada a su peso real. Aquí raramente se elige a los presidentes, aunque la victoria de Obama en los caucus de 2008 le impulsó a la nominación y a la presidencia, pero se descarta a los candidatos más débiles y se identifica a aquellos con fuerza para continuar en un proceso de votaciones, Estado a Estado, hasta el verano.

Durante los últimos meses, los candidatos a la presidencia han surcado las carreteras entre campos de maíz y soja, han llamado puerta a puerta, han conversado con centenares, quizá miles, de ciudadanos y han escuchado preguntas incómodas.

Los caucus son uno de los rituales más atípicos de la democracia estadounidense: reuniones vecinales, a partir de las siete de la tarde, en las que los votantes se pronuncian por una opción. Los republicanos votan tras escuchar discursos de partidarios de cada candidato. Los demócratas deciden sin voto secreto por un complejo método asambleario. En ambos casos, difícilmente loscaucus cumplen los estándares internacionales de rigor democrático. La participación y representatividad también es escasa: en los caucus de 2012 cuatro de cada cinco republicanos se quedaron en casa.

Y, sin embargo, EE UU mirará esta noche a Iowa para tomarle la temperatura política al país y despejar incógnitas. Es la hora de la verdad para Donald Trump, un político no profesional, magnate de la construcción y los casinos, que desde el verano domina los sondeos del Partido Republicano. Nunca se ha presentado a una elección. En Iowa debe traducir en votos efectivos su capacidad para atraer a las multitudes a los mítines. No es fácil, puesto que gran parte de quienes le declaran su apoyo en los sondeos no acude a los caucus.


Primer test de Trump

Una victoria en Iowa, como la que vaticina el último sondeo del diario Des Moines Register, demostrará que Trump no es un globo a punto de pinchar, sino un candidato de primer rango que no sólo habrá transformado la política estadounidense sino que aspira a lo más alto. Una derrota no liquidará a Trump, pero lo hará más terrenal y puede impulsar a algún candidato alternativo. En Iowa, su máximo rival es el senador Ted Cruz, un conservador ortodoxo que apela a la derecha cristiana. Un buen resultado de Marco Rubio, senador por Florida de origen cubano y cercano a republicanismo clásico, puede impulsarle como alternativa a Trump y Cruz.

Iowa también es la hora de la verdad para la exprimera dama y ex secretaria de Estado Hillary Clinton. Una derrota ante el senador socialista Bernie Sanders en los caucus demócratas cuestionará el carácter inevitable de su candidatura.

La duda es si Sanders y Trump lograrán movilizar a sus votantes, o si estos se quedarán en casa. Una victoria de ambos será un aviso al establishment de ambos partidos y una confirmación de que estas son las elecciones del descontento, de que, pese a la recuperación económica, la caída del paro y el fin de las guerras, la desafección, a izquierda y derecha, es el factor central de las elecciones.

Después de Iowa, votará New Hampshire, y después, Carolina del Sur y Nevada. Así hasta las convenciones de los partidos, que en julio proclamarán a los nominados que hayan acumulado más delegados en las primarias y los caucus, y después las elecciones presidenciales del 8 de noviembre. El vencedor jurará el cargo el 20 de enero de 2017. En un año, uno de los hombres o mujeres que hasta hoy han hecho campaña en Iowa será presidente del país más poderoso del mundo.


Subnota: IOWA NO ES TODO EL PAÍS

“¿Funcionará en Peoria?” La frase se utilizaba en el mundo del vodevil. El público de Peoria (Illinois) era tan exigente que las obras que tenían éxito en Peoria triunfaban en todo el país.

Después, se extendió al mundo del márketing y de la política. Peoria era lo más típico de Estados Unidos; el estadounidense medio vivía en Peoria.

Steve y Linda Lohmeier son un matrimonio de Peoria. El fin de semana recorrieron Iowa siguiendo a los candidatos. Son turístas políticos. “Esto es una parte central de la vida americana”, dijo Steve mientras esperaba al senador Marco Rubio en un mitin. Los Lohmeier son republicanos, pero recelan de los favoritos en Iowa: el magnate Donald Trump y el senador conservador Ted Cruz. Les molesta el carácter ofensivo de Trump y el tono de telepredicador de Cruz. Se inclinan por el exgobernador de Florida, Jeb Bush, él; y Rubio, ella.

Si Peoria sigue siendo representantivo, el republicano medio está alejado del extremismo de Trump y Cruz. La historia reciente lo confirma: el vencedor en Iowa —Mike Huckabee en 2008 y Rick Santorum en 2012— no es el nominado. Iowa no es EE UU.


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Título: Donald Trump, y tal y tal

Subtítulo: El discurso simplificado y mesiánico del magnate sobrepasa el paradigma republicano-democráta

Texto: La amistad común hacia Plácido Domingo me hizo coincidir hace unos días con un adinerado empresario californiano que financiaba la campaña de Jeb Bush. Financiaba quiere decir que ha dejado de financiarla. Considera un despilfarro perseverar en la apuesta de la dinastía. Y considera inevitable en las primarias la victoria de Donald Trump, inevitable pero preferible, en su juicio, a la victoria de Ted Cruz.

El matiz cualitativo guarda relación con la heterodoxia y la ortodoxia. Me explicaba el magnate californiano que prefería a Trump porque su discurso es más visceral que estructurado. Y que el peligro de Cruz, al contrario, consiste en tener el suyo perfectamente elaborado y hasta racionalizado. Sería un ultraconservador profesional. Y sus posiciones sobre el aborto, la inmigración, la seguridad, las armas y la identidad provienen de un programa contrastado en una convicción y en una naturaleza política.

Donald Trump, en cambio, abjura de ella, de la política. Su pujanza se explica no desde la afinidad republicana, sino desde el fervor del populismo. Quiere decirse que puede llegar tan lejos como Cruz en la xenofobia, el patriotismo y el liberalismo, como puede reclutar muchos votantes entre los compatriotas desengañados, extrapolando a EE UU la expectativa de los fenómenos mesiánicos que Berlusconi inoculó en Europa y cuyas réplicas supersticiosas se han ensanchado desde Farage hasta Orban.

Trump es el menos ortodoxo de los republicanos pero el más conveniente entre ellos para disputar la Casa Blanca. Sobre todo porque el discurso de Cruz se expone al rechazo de las minorías negra e hispana, a la incertidumbre del voto femenino y al recelo de las clases urbanistas en las costas este y oeste de Estados Unidos.

Podría ocurrirle lo mismo a Trump si no fuera porque el magnate ha sobrepasado el paradigma republicano-demócrata. Y lo ha hecho amalgamando el carisma, la autoridad, la demagogia y la reivindicación de su escepticismo hacia la política. No vive de ella. Y promete a los compatriotas la expectativa de su propia prosperidad, llevando al extremo el principio de la simplificación: si los terroristas son musulmanes, expulsemos a los musulmanes y no los dejemos entrar. ¿Y si los mafiosos son italianos? ¿Habría que evacuarlos por idénticas razones?

Donald Trump puede disputar la Casa Blanca como Marine Le Pen va a disputar el Elíseo. Con dos diferencias. La primera es que Trump añade al bagaje del populismo la distinción de la antipolítica, el orgullo del outsider. Y la segunda, más inquietante aún, consiste en que puede ganar. Quedaría verificada entonces la paradoja de Waldo, un muñeco animado de la serie Black Mirror cuya popularidad entre los espectadores a cuenta de sus bromas e iconoclasia termina convirtiéndolo en candidato a la presidencia como quintaesencia del antisistema.



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Título: El Partido Republicano culmina su giro a la derecha

Subtítulo: Los conservadores se alejan de las bases más moderadas

Texto: Cuando la gobernadora de Carolina del Sur, Nikki Haley, dio un toque de atención a las “voces enfadadas” de su Partido Republicano, a las que pidió “bajar un poco el volumen” retórico, elestablishment conservador y su base electoral más moderada dieron un suspiro de alivio. Al fin una voz fuerte del partido que ansía recuperar la Casa Blanca se atrevía a pedir algo de moderación a la decena de candidatos presidenciales que han hecho de la ira su hoja de ruta electoral.

El candidato Donald Trump firma un póster de un seguidor. Christopher Furlong AFP
El alivio duró poco. Dos días después de las palabras de Haley, la republicana conciliadora elegida para dar la réplica al último discurso sobre el estado de la Unión del presidente Barack Obama, los aspirantes republicanos volvían a blandir el discurso catastrofista, iracundo y ultraconservador —menos gobierno, oposición frontal al aborto, deportación de inmigrantes indocumentados, portazo a los refugiados, mano dura en política exterior— en un nuevo debate electoral. Y una semana más tarde, Sarah Palin, el fantasma radical del pasado reciente republicano, resurgía para apoyar públicamente al candidato en cabeza, Donald Trump.

“El Partido Republicano se ha convertido en un insurgente atípico en la política estadounidense. Es ideológicamente extremo, desprecia las normas sociales y económicas heredadas, desdeña el compromiso, permanece inmutable frente a conceptos demostrados por hechos y la ciencia y desdeña la legitimidad de la oposición política”. La descripción corresponde a los politólogos Thomas E. Mann y Norman J. Ornstein. Procede de su libro ‘Es peor incluso de lo que parece’, en el que alertan del giro extremista que estaba dando la formación conservadora, alejándose de las convenciones del juego político y apostando por la paralización partidista. La obra fue escrita en 2012.

Cuatro años más tarde, esta descripción sigue siendo citada. Los actores son en parte nuevos, pero el espíritu es el mismo pese a que, tras la derrota presidencial de 2012, la cúpula republicana reconoció que tenía que hacer un giro hacia la moderación si quería recuperar algún día la Casa Blanca.


¿Cómo se ha llegado aquí?

Antes de Trump, ya estaba Palin, la controvertida exgobernadora de Alaska elegida para la vicepresidencia en la fórmula del candidato republicano John McCain, que en 2008 perdió frente a Obama. Mientras McCain volvía a su escaño en el Senado, Palin disfrutó durante unos años más de una gran popularidad, impulsada por el ultraconservador movimiento Tea Party que surgió como respuesta al fenómeno Obama y que logró en los pasados años impulsar las carreras de muchos legisladores que han dominado el Congreso. Dos antiguos favoritos del Tea Party están ahora en lo alto de las quinielas para hacerse con la candidatura presidencial republicana: el senador por Texas Ted Cruz y su colega de Florida Marco Rubio.

Muchos analistas consideran que la radicalización del Partido Republicano repuntó tras la elección del demócrata Obama, como una fórmula para deshacer, sobre todo por la vía legislativa, las acciones del presidente, especialmente su reforma sanitaria, conocida como Obamacare, pero también sus políticas medioambientales, económicas o internacionales, como su disposición a hablar con enemigos de Estados Unidos como Irán o Cuba.

Los hay que remontan el giro del Partido Republicano a una época anterior al fenómeno Obama. Para Ornstein y Mann, parte de las “raíces” de la evolución de la formación conservadora están en los años 90 y en una figura clave: Newt Gingrich. En esa época, el que en 2012 volvió a intentar ser candidato presidencial fue el primer presidente republicano de la Cámara de Representantes tras 40 años de dominio demócrata. Gingrich, considerado el artífice de la “revolución republicana”, impulsó el “Contrato con América”, un documento firmado en septiembre de 1994, justo antes de la reconquista republicana del Congreso, en la que los legisladores conservadores se comprometían a impulsar en los primeros cien días de la nueva Cámara Baja una serie de iniciativas legislativas que reflejaban los principios más conservadores del partido.

Según dijo Ornstein, analista del think tank conservador American Enterprise Institute (AEI), en una entrevista a finales de 2015 en Bloomberg, Gingrich “deslegitimizó el Congreso” y logró crear la imagen de Washington y el Gobierno como una “fosa séptica”, y a los demócratas como el “enemigo”. Una terminología recurrente hasta hoy entre las figuras más radicales del Partido Republicano que buscan presentarse como la antítesis de Washington, considerado el responsable de todos los males de la nación (junto a Obama).

Otros historiadores se remontan aún más lejos. Como el analista del Brookings Institution y columnista de “The Washington Post” E.J. Dionne. En su último libro, “Por qué la derecha se equivocó: el Conservadurismo desde Goldwater al Tea Party y más allá”, el autor sostiene que “el radicalismo del conservadorismo actual” del Partido Republicano data de mediados de los 60, con la emergencia del senador y frustrado candidato presidencial Barry Goldwater, apodado “Mr. Conservador”. Pese a fracasar en su carrera hacia la Casa Blanca, Goldwater logró imponer en su partido los principios más conservadores que perviven hasta ahora. Para Dionne, el Tea Party es “el verdadero heredero de la ideología de Goldwater” y el origen de los males actuales de la oposición conservadora. “El movimiento purista hizo más que echar a los moderados del Partido Republicano, también derrotó definiciones alternativas de lo que es ser conservador”, afirma.


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Título: Los candidatos demócratas ponen el punto de mira en la izquierda con medidas progresistas

Subtítulo: Clinton y Sanders intentan demostrar que pueden ir más allá de las medidas de Obama

Texto: “Llámame dentro de un año y pregúntame otra vez en qué está centrado el debate”. La respuesta dela senadora Elizabeth Warren a un periodista en 2015 fue premonitoria. El reportaje sobre la “aspirante virtual” del Partido Demócrata retrataba el papel de Warren en la campaña electoral sin necesidad de presentarse como candidata a la presidencia de Estados Unidos. Los meses siguientes demostraron su influencia en el giro a la izquierda del partido, con apuestas de aspirantes como Hillary Clinton o Bernie Sanders que ni siquiera había defendido la valiente campaña del cambio de Barack Obama en 2008.

Además de haber cumplido su sueño de acercar a los ciudadanos a un sistema de salud universal, Barack Obama también aprobó presupuestos multimillonarios para becas, perdonó deudas estudiantiles por coste de las matrículas universitarias, convirtió a Estados Unidos en líder mundial de la lucha contra el cambio climático, renunció a la construcción del oleoducto Keystone y reescribió las reglas del juego financiero. El presidente elevó a lo más alto el listón de las medidas progresistas que puede defender un mandatario demócrata, pero la campaña ha demostrado que hay espacio para ir más lejos.

George Packer retrató en ‘El desmoronamiento’ el declive estadounidense que comenzó “de muchas maneras, en muchos momentos” hace más de medio siglo y que ha dejado a millones de ciudadanos “solos en un paisaje sin estructuras, forzados a improvisar sus propios destinos, escribir su propia historia de éxito y salvación”. Los candidatos demócratas a la presidencia aspiran también a ganar el premio del más compasivo con esta nueva realidad del sueño americano. Compiten por demostrar que son los más cercanos a las necesidades de las víctimas de ese “desmoronamiento” que acentuó la última recesión económica.

Los aspirantes han convertido Wall Street en sinónimo de los problemas económicos de los ciudadanos, hablan de impuestos y de negociar el salario mínimo con la comodidad en que antes se argumentaba sobre las guerras y han dado por zanjado el acceso a un seguro médico a todos los estadounidenses. Los republicanos han tachado a Obama de “socialista”, pero Sanders presume hoy del mismo calificativo. Clinton reitera que los ejecutivos de las empresas ganan “300 veces más que el trabajador medio”. El senador de Vermont es el primer candidato desde los años 80 en pedir subidas de impuestos. La ex secretaria de Estado pide igualdad salarial real entre hombres y mujeres. Su rival en la campaña responde que acabará reformas pendientes de la Administración Obama: desde la modificación del sistema penal hasta una reforma de inmigración mucho más ambiciosa de la que nunca pudo defender el presidente.

La extrema derecha ha empujado al Partido Republicano hacia posturas que, llegadas las presidenciales en noviembre, deberán suavizar para convencer al electorado más moderado. Esa es la misma baza que tendrá que negociar el Partido Demócrata, pero acentuando el centrismo del candidato que logre la nominación —ya sea Clinton, Sanders o Martin O’Malley—, una moderación que han cambiado hasta ahora por las propuestas más liberales que se han planteado en los últimos años.

La responsabilidad de ese giro corresponde en parte al trabajo de Warren. Investigó la ley de bancarrota durante más de tres décadas, convirtió esta experiencia en los cimientos de su trabajo en la Administración Obama y después en el Senado representando al Estado de Massachussets. Por el camino, Warren alimentó el fuego de la izquierda de Estados Unidos y hoy los demócratas compiten por esos votos más progresistas. Tras recibir a la senador a en Washington, Clinton reconoció su papel con un artículo en la revista TIME en el que recordó que “Warren nunca duda en poner a los poderosos en su sitio: banqueros, lobistas, miembros del gobierno e incluso a aspirantes a la presidencia”.

El discurso de la senadora, a veces mucho más honesto de lo que se atreve a pronunciar cualquier político en Washington, ha empujado a los candidatos hasta un lugar en que sus palabras apenas difieren de las de los pensadores más progresistas del país. Robert Putnam, politólogo de la Universidad de Harvard y consultor del presidente Obama en repetidas ocasiones, alertó en su trabajo ‘Our Kids: The American Dream in Crisis’ que “El verdadero riesgo es que ignoremos la conexión más profunda entre la desigualdad de oportunidades y la creciente desigualdad económica”.

Las denuncias de Clinton y Sanders sobre la pobreza infantil o la amenaza que supone la desigualdad para la economía parecen sacados de esta obra publicada el año pasado. La serie de recomendaciones con las que concluye Putnam bien podrían haber servido, meses después, para articular el programa de propuestas sociales de los candidatos demócratas: crecimiento económico y la lucha contra la desigualdad, participación en procesos democráticos a través de leyes que protejan el derecho a voto, refuerzo de las estructuras familiares mediante propuestas de conciliación y acceso a un sistema universal de educación infantil, y mejoras en las escuelas públicas para garantizar una educación igualitaria.


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Título: Hillary Clinton aspira a enterrar la derrota de 2008

Subtítulo: Los sondeos apuntan que Bernie Sanders, amenaza con hacerle tanto daño como Obama

Texto: Hillary Clinton sabrá este lunes si puede enterrar el pasado y dejar atrás la derrota que sufrió en 2008 frente a Barack Obama en el caucus de Iowa. Los sondeos apuntan que su mayor adversario, el senador por Vermont Bernie Sanders, amenaza con hacerle tanto daño o más que entonces Obama. La campaña de la ex secretaria de Estado hacia la Casa Blanca se enfrenta, además, a la investigación por el uso de un servidor privado en sus correos.

Un día más en Iowa y Hillary Clinton sabrá si puede enterrar el pasado. Las encuestas le silban al oído que su famosa inevitabilidad está en peligro. Que los votantes prefieren a un idealista como Bernie Sanders a una pragmática política como ella, por mucho que el primero lleve más tiempo formando parte del engranaje político de Washington. Los sondeos le advierten de que hay un candidato que le ha pasado por la izquierda y amenaza con hacerle tanto daño o más que Barack Obama en 2008 (Clinton 45%; Sanders 42%). Un día más para saber quién pierde y quién gana en el inicio del mayor espectáculo político del planeta.

“¿Quiere un selfie?”, ofrece la candidata demócrata Hillary Clinton a una mujer joven con su hija de meses en brazos tras concluir el mitin de Cedar Rapids del sábado por la noche. Entre ambas se apañan para que las tres entren en la foto, ante la indiferencia del bebé por estar al lado de la que podría ser la primera presidenta de Estados Unidos. No importa que alrededor de la ex secretaria de Estado estén tres miembros del servicio secreto. Clinton ha sabido limar las capas de protección adquiridas en Foggy Bottom (sede del Departamento de Estado) y bajar al ruedo del pueblo que decidirá su destino en Iowa.

La historia del selfie se repite tras cada evento que celebra la aspirante a la nominación demócrata. En ocasiones, la ex primera dama se ofrece a enseñar cómo se hace el autorretrato a una señora de avanzada edad. “Es mejor candidata ahora de lo que era en 2008, es más real”, asegura Jordan Nelsen. A su lado, una mujer levanta una pancarta: “227 años de hombres. Es su momento”.

Clinton, de 68 años, sacó la artillería pesada en Cedar Rapids el sábado y repetiría el domingo por la noche en Des Moines. Sobre el mismo escenario se juntaron tres Clinton, tres personas que representan el pasado, así como el presente y puede que el futuro de EE UU. La exsenadora recurrió a su marido, el expresidente Clinton, y a su hija Chelsea para sus últimos eventos en Iowa. Nueve en total durante un fin de semana que comenzó el viernes y le llevaría a cruzar de norte a sur, y de este a oeste el Estado. Bernie Sanders, de 74 años, habrá hecho un total de 14 eventos cuando el domingo toque a su fin.

Si no hubiera sido porque el viernes el Departamento de Estado anunciaba que más de 20 correos electrónicos de los entregados por la ex secretaria de Estado en la investigación del FBI sobre el uso de un servidor privado por parte de Clinton nunca verían la luz del día por ser considerados “altamente secretos”, el fin de semana habría sido casi perfecto para la aspirante en una Iowa con un tiempo idílico para ser enero.

Ese día quedó probado que la campaña por la Casa Blanca de Clinton se enfrenta a problemas muchos más serios que los republicanos o el viejo socialista de Vermont. “Su problema es el FBI y el Departamento de Justicia de Obama”, relataba Peter Baker, de The New York Times, a John King, de CNN. “Aunque no lo dicen, los demócratas están aterrados ante la posibilidad de que llegue el verano y haya citaciones judiciales para gente cercana a ella o incluso para ella misma..., algo que suponga que los demócratas se encuentren ante un absoluto desastre al no tener tiempo de cambiar de caballo”. La carrera ha comenzado.

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