lunes, 19 de noviembre de 2018
La "Unión" Europea
Posteamos hoy dos notas de opinión aparecidas estos días en el diario español El País. La primera es una reflexión sobre el destino (incierto) de la Unión Europea y está a cargo del filósofo alemán Jünger Habermas; el texto es una versión resumida de un discurso pronunciado en la reunión sobre “Nuevas perspectivas para Europa” en el Colegio de Humanidades de la Universidad Goethe de Fráncfort, en Bad Homburg, el 21 de septiembre de 2018. La traducción del inglés es de María Luisa Rodríguez Tapia. Nuestra opinión es que Habermas no termina de entender qué significan los "populismos nacionalistas" en el seno de la Unión Europea. Se asombra de la decadencia de la socialdemocracia en esa región, sin preguntarse sobre el rumbo económico de la misma en los últimos 20 años, rumbo determinado precisamente por las socialdemocracias europeas. Vayamos a la nota:
Título: ¿Hacia dónde va Europa?
Epígrafe: La Unión Europea vive momentos difíciles. Jürgen Habermas, considerado el filósofo vivo más influyente, disecciona la deriva peligrosa que está tomando el proceso de integración
Texto: Me han pedido que hable de “Nuevas Perspectivas sobre Europa”, pero no consigo pensar en ninguna, y la descomposición de estilo trumpiano que está afectando incluso al corazón de Europa me obliga a poner en tela de juicio las que tenía. Desde luego, la sociedad ha tomado conciencia de los riesgos que implican los grandes cambios en la situación mundial, que han alterado las perspectivas sobre Europa y han obligado a prestar más atención a un contexto mundial en el que, hasta ahora, los países europeos se sentían casi incuestionablemente a gusto. En todos los países de Europa está generalizándose la idea de que los nuevos retos afectan a todos de la misma forma y, por tanto, la mejor manera de superarlos es juntos. Esta conclusión, sin duda, impulsa el vago deseo de contar con una Europa políticamente eficaz.
Por eso, hoy, las élites políticas liberales proclaman con más fuerza que hay que progresar en materia de cooperación europea en tres ámbitos: en el apartado de la política exterior y de defensa, exigen un refuerzo militar que permita a Europa “salir del paraguas de Estados Unidos”; bajo el lema de una política europea común de asilo, exigen una firme protección de las fronteras exteriores de Europa y el establecimiento de unos turbios centros de recepción en el norte de África; bajo el eslogan del “libre comercio”, quieren defender una política comercial europea común tanto en las negociaciones del Brexit como en las negociaciones con Trump. No sabemos aún si la Comisión Europea, responsable de dichas negociaciones, tendrá éxito, ni si, en caso de que no lo logre, los intereses comunes de los Gobiernos de la UE se vendrán abajo. Pero este es el lado prometedor de la ecuación. El otro es que el egoísmo de la nación-Estado sigue vivo, e incluso más consolidado, gracias a las engañosas reflexiones de la nueva internacional populista de extrema derecha.
El cortoplacismo nacionalista
Los avances de las conversaciones sobre una política común de defensa y una política de asilo, que una y otra vez se desmoronan al hablar de repartos, demuestran que los Gobiernos dan prioridad a sus intereses nacionales inmediatos, sobre todo cuantos más problemas tienen con la resaca del populismo de derechas en sus respectivos países. En algunos, ni siquiera importan ya las contradicciones entre las huecas declaraciones europeístas y un comportamiento miope y egoísta. En Hungría, Polonia y la República Checa, y ahora en Italia, y muy pronto en Austria, seguramente, esa vieja tensión se ha evaporado, sustituida por el nacionalismo abiertamente eurófobo. Esta situación suscita dos preguntas. ¿Cómo es posible que, en el último decenio, la contradicción entre la vieja palabrería proeuropea y la obstrucción de la cooperación necesaria haya llegado a este extremo? ¿Y cómo se mantiene todavía la eurozona, a pesar de que, en todos los países, está en aumento la oposición populista de derechas a “Bruselas” y, en el corazón de Europa, en uno de los seis países fundadores de la Comunidad Económica Europea, incluso gobierna una alianza de populistas de izquierdas y de derechas con un programa antieuropeo común?
En Alemania, desde septiembre de 2015, la cuestión de la inmigración y la política de asilo domina los medios y preocupa a la población en detrimento de todo lo demás. Esa obsesión permite tal vez dar una respuesta rápida a la pregunta sobre la causa fundamental de la creciente ola de euroescepticismo, que, además, está corroborada por algunos datos en un país que aún es víctima de las divisiones psicopolíticas provocadas por una reunificación desigual. Ahora bien, si examinamos Europa en su conjunto, y especialmente la eurozona en su totalidad, el aumento de la inmigración no puede ser el factor principal que explique el ascenso del populismo de derechas. En otros países, el giro de la opinión pública se produjo mucho antes, tras la controvertida política para superar la crisis de la deuda soberana provocada por la crisis del sector bancario. En Alemania, como es sabido, el partido AfD nació por iniciativa de un grupo de economistas y empresarios en torno al profesor de Economía Bernd Lucke, gente que temía que la posible “unión de deudas” acabara siendo una trampa para uno de los principales países exportadores y que puso en marcha una amplia, polémica y eficaz campaña contra la amenaza de la sindicación de la deuda. Hace unas semanas, el décimo aniversario de la quiebra de Lehman Brothers sirvió para recordar los argumentos sobre las causas de la crisis —¿fue un fallo del mercado o del Gobierno?— y la política de la devaluación interna forzosa. En otros Estados miembros de la eurozona, este debate tuvo mucha repercusión en la opinión pública, pero aquí, en Alemania, tanto el Gobierno como los medios le quitaron importancia.
Alemania, a solas
En el debate internacional entre los economistas, las voces más críticas contra las políticas de austeridad impulsadas por Schäuble y Merkel, que fueron sobre todo anglosajonas, tuvieron poco eco y escasa valoración en las páginas de economía de los principales medios alemanes, igual que tampoco las de política prestaron mucha atención a los costes sociales y humanos de esas políticas, y no solo en países como Grecia y Portugal. En algunas regiones europeas, la tasa de desempleo está todavía casi en el 20%, y la tasa de paro de los jóvenes es casi el doble. Si a los alemanes nos preocupa hoy la estabilidad democrática en nuestro país, debemos recordar también la suerte de los llamados “países rescatados”: es un escándalo que, en la casa sin terminar de la Unión Europea, una política tan draconiana, que tanto afectó a la red de bienestar social de otros países, careciera de la legitimidad más básica, al menos en comparación con nuestros criterios democráticos habituales. Y esa es una herida aún abierta en muchos pueblos de Europa. Dado que, en la UE, la opinión pública política se forma exclusivamente dentro de las fronteras nacionales y que esas opiniones de distintos Estados no están todavía a disposición unas de otras, durante estos 10 años se han consolidado relatos contradictorios sobre la crisis en los diferentes países de la eurozona. Esos relatos han envenenado gravemente el clima político, porque cada uno llama la atención sobre sus propios problemas nacionales e impide tener esa perspectiva común sin la que es imposible llegar a la mutua comprensión, ni mucho menos afrontar los peligros que nos amenazan a todos y tener la perspectiva de una política proactiva capaz de abordar los problemas comunes con una mentalidad de cooperación. En Alemania, este tipo de ensimismamiento se refleja a la hora de analizar los motivos para la falta de espíritu de cooperación en Europa. Me asombra el descaro del Gobierno alemán cuando cree que puede convencer a sus socios sobre las políticas que nos importan a nosotros —refugiados, defensa, política y comercio exterior— al tiempo que bloquea la cuestión fundamental de la culminación política de la Unión Económica y Monetaria (UEM).
Dentro de la UE, el círculo de los países pertenecientes a la unión monetaria tiene tal grado de interdependencia que ha cristalizado en un núcleo central, aunque solo sea por razones económicas. Por consiguiente, los países de la eurozona serían, si se me permite expresarlo así, los voluntarios naturales para marcar el ritmo en un proceso de mayor integración. Por otra parte, ese mismo grupo de países sufre un problema que amenaza con perjudicar todo el proyecto europeo: nosotros, en particular los que vivimos en una Alemania en pleno auge económico, estamos olvidándonos de que el euro se creó con la expectativa y la promesa política de que los niveles de vida de todos los Estados miembros se aproximarían, mientras que, en realidad, ha sucedido todo lo contrario. Nos olvidamos del verdadero motivo de que no exista un espíritu de cooperación que es hoy más urgente que nunca: el hecho de que ninguna unión monetaria puede sobrevivir a largo plazo si cada vez es mayor la diferencia entre las economías nacionales y, por tanto, entre los niveles de vida de los ciudadanos en los distintos Estados miembros. Aparte de que hoy, después de una modernización capitalista acelerada, también tenemos que hacer frente al malestar por las profundas transformaciones sociales, me parece que los sentimientos antieuropeos que propagan los movimientos populistas de izquierdas y de derechas no son un fenómeno derivado del nacionalismo xenófobo actual. Estos sentimientos euroescépticos tienen distintos orígenes, relacionados con el fracaso del propio proceso de integración europea, y nacieron ya antes de los recientes esfuerzos populistas de avivar las reacciones xenófobas como respuesta a la inmigración. En Italia, el euroescepticismo es el único eje que tienen en común el populismo de derechas y el de izquierdas, es decir, dos bandos ideológicos que están profundamente divididos en cuestiones de “identidad nacional”. Al margen del problema de la inmigración, el euroescepticismo puede apelar a la percepción de que la unión monetaria ha dejado de ser lo mejor para todos sus miembros. El sur de Europa contra el norte, y viceversa: los “perdedores” consideran que han recibido un trato injusto y los “ganadores” rechazan las exigencias de la otra parte.
El plan de Macron
En realidad, el rígido sistema normativo al que están sometidos los Estados miembros de la eurozona, sin que haya unas competencias compensatorias ni margen para abordar de forma conjunta y flexible los problemas, es una situación que beneficia a los miembros con economías más fuertes. Por consiguiente, lo verdaderamente importante, en mi opinión, no es una vaga postura “a favor” o “en contra” de Europa. Por detrás de esta burda polarización sin matices, a los supuestos amigos de Europa hay que seguir planteándoles un interrogante tácito del que nadie se ha ocupado hasta ahora, pese a que es la verdadera línea divisoria: si, con una unión monetaria que funciona en condiciones mejorables, debemos limitarnos a “blindarla” contra el peligro de más especulación o si debemos aferrarnos a la promesa incumplida de desarrollar la convergencia económica en la eurozona y, por tanto, convertir la unión monetaria en una unión política europea proactiva y eficaz. Esta fue la promesa política ligada a la creación de la UEM. La propuesta de reformas de Emmanuel Macron da el mismo valor a ambos objetivos: por un lado, salvaguardar cada vez más el euro con ayuda de las conocidas propuestas de crear una unión bancaria, el régimen de insolvencia correspondiente, un fondo común de garantía de depósitos para los ahorros y un Fondo Monetario Europeo controlado democráticamente en el ámbito de la UE. Es sabido que, pese a sus declaraciones poco concretas, el Gobierno alemán ha impedido que se dieran más pasos en esta dirección y se ha resistido a todas estas medidas. Pero Macron también propone la creación de un presupuesto para la eurozona, que iría acompañado de competencias de acción política —a las órdenes de un “ministro europeo de Finanzas”—, controladas democráticamente. Para la UE podría suponer la recuperación de poder político y respaldo popular, al instaurar unas competencias y un presupuesto que le permitirían llevar a cabo programas con legitimidad democrática que impedirían un mayor alejamiento económico y social entre los Estados.
“Incluso para los defensores de un euro del norte, los peligros que entrañaría la separación del sur son incalculables”
Curiosamente, esta alternativa fundamental entre el objetivo de estabilizar la moneda única y llevar a cabo una serie de políticas para contener y reducir los desequilibrios económicos no se ha sometido todavía a un debate político de gran dimensión. No hay una izquierda europeísta que defienda la construcción de una unión del euro capaz de actuar a escala mundial y se plantee objetivos de largo alcance como acabar con la evasión fiscal e imponer una regulación más estricta de los mercados financieros. Si lo hicieran, los socialdemócratas podrían, para empezar, apartarse de los enrevesados objetivos liberales y neoliberales del “centro”. La decadencia de los partidos socialdemócratas se debe a su indefinición. Nadie sabe ya para qué son necesarios. Porque los socialdemócratas ya no se atreven a emprender el control sistemático del capitalismo justo en el nivel en el que los mercados se desmandan. Y no es que me preocupe especialmente la suerte de una familia política concreta, aunque no debemos olvidar jamás que la evolución de la democracia, en Alemania, está más vinculada históricamente al SPD que a ningún otro partido. Lo que me preocupa, más en general, es el fenómeno no explicado de que los partidos políticos establecidos en Europa no quieran o no sepan construir programas en los que queden inequívocamente diferenciadas unas posiciones y opciones que son cruciales para el futuro del continente. Las próximas elecciones europeas van a ser un experimento en este sentido.
Por un lado, Macron, cuyo movimiento no está todavía representado en el Parlamento Europeo (PE), está tratando de romper los grupos políticos actuales para construir una facción proeuropea reconocible. Por el contrario, todos los grupos que sí están representados en el PE, con la clara excepción de la extrema derecha antieuropea, están plagados de divisiones internas, incluso más allá de las diferenciaciones necesarias. No todos los grupos se permiten unos equilibrios y malabarismos como los del Partido Popular Europeo, que sigue permitiendo la afiliación del primer ministro húngaro, Viktor Orbán. La actitud y la conducta de Manfred Weber, miembro de la CSU y aspirante a la presidencia de la Comisión, desprenden una ambigüedad muy típica. Pero los grupos liberal, socialista y de la izquierda tienen divisiones similares. Los Verdes quizá tienen una postura más o menos clara de tibio compromiso con Europa. En resumen, incluso dentro del PE, que, en teoría, debe crear mayorías en defensa de los intereses de la sociedad por encima de las fronteras nacionales, el proyecto europeo ha perdido toda su intensidad.
Atrapados
En definitiva, si me preguntan, no como ciudadano sino como observador académico, cuál es mi valoración general, reconozco que no veo muchas señales que permitan ser optimistas. Por supuesto, los intereses económicos son tan evidentes y tan poderosos —a pesar del Brexit— que parece poco probable que la eurozona se venga abajo. Y ahí está implícita la respuesta a mi segunda pregunta: por qué se mantiene la eurozona. Incluso para los defensores de un euro del norte, los peligros que entrañaría la separación del sur son incalculables. Y en cuanto a la posibilidad de separación de un Estado del sur, acabamos de ver el caso del Gobierno italiano actual, que, pese a sus ruidosas e inequívocas declaraciones durante la campaña electoral, se ha apresurado a ceder, porque una de las consecuencias visibles de marcharse sería encontrarse con una deuda insostenible. Claro que eso tampoco es muy alentador. Asumámoslo: si persiste la aparente relación entre el distanciamiento económico de los miembros de la eurozona y el fortalecimiento del populismo de extrema derecha, nos encontraremos en una trampa que podrá erosionar todavía más las condiciones sociales y culturales necesarias para la existencia de una democracia vital y segura. Esta no es más que una hipótesis pesimista, desde luego. Pero la experiencia y el sentido común nos dicen que el proceso de integración europea está en una deriva peligrosa. El punto en el que no hay vuelta atrás no se ve hasta que es demasiado tarde.
***
La segunda nota se refiere al Brexit, y está a cargo del analista Walter Oppenheimer:
Título: La trágica farsa de Westminster
Epígrafe: Si el Parlamento británico no aprueba el acuerdo de May para el Brexit, la única solución legítima pasa por un segundo referéndum
Texto: La política británica es, por encima de todo, teatro. Teatro de primera calidad en el país que ha dado a Europa muchas de sus mejores figuras de la escena. Y la obra que se está representando estos días en Westminster, llamada Brexit, es una farsa que amenaza con convertirse en tragedia. El acuerdo alcanzado por la primera ministra británica, Theresa May, con el resto de la Unión Europea ha sido recibido a balazos por el ala más teatral y más furibundamente pro-Brexit del Partido Conservador, que amenaza con cortar la cabeza de la líder de su propio partido y llevarlo, más dividido que nunca, a una auténtica guerra civil.
El problema es que, como ha dicho May estos días, solo hay tres opciones: el acuerdo de salida, salir sin acuerdo o quedarse. Es la primera vez que la torpe pero remarcablemente obstinada líder conservadora maneja en público la opción de la marcha atrás, considerada tabú desde el referéndum de 2016 hasta hace apenas tres meses.
A ojos de quienes creen que el Brexit ha sido desde el principio un error —legítimo, pero error— resulta inaudito que quienes más quieren abandonar la UE se arriesguen ahora a perder esa oportunidad. La alternativa que en realidad defienden, salir de Europa completamente desnudos, provoca pavor (¡por fin!) incluso entre muchos defensores del Brexit. Por eso, un rechazo al acuerdo de May, por muy malo que pueda parecer hoy, amenaza con llevar al país a un segundo referéndum en el que los británicos deberán elegir entre irse por las bravas o agachar la cabeza e intentar quedarse. ¿De verdad quieren eso los defensores del Brexit?
Hace no tanto tiempo, la caverna mediática británica liderada por el Daily Mail llamó traidores a los jueces que decidieron que la decisión final sobre el Brexit no podía ser tomada por el Gobierno sin consultar al Parlamento. Hoy, quienes renegaron del papel que se le ha dado al Parlamento, viven la paradoja de que su mejor opción para conseguir sus objetivos de un Brexit duro es precisamente el Parlamento. Sin aquella sentencia, la decisión definitiva sobre un Brexit blando ya estaría tomada.
Porque lo que apoya el Gobierno de May no es más que un Brexit blando. Es decir, el preferido por la inmensa mayoría de la clase económica y seguramente por una amplísima mayoría de los ciudadanos que en su día votaron por el Brexit. Y si el acuerdo parece tan malo es porque el mayor error cometido por Theresa May fue defender desde el primer día la opción del Brexit duro fijando unas líneas rojas absurdamente extremas que empezaron por renegar del Mercado Interior y de la Unión Aduanera. Hasta que la realidad le hizo ver que el único Brexit posible era el Brexit blando.
La realidad, sí, pero también la existencia de un conflicto latente que aún no se ha resuelto: Irlanda. La anomalía de la existencia de Irlanda del Norte es la caja de los truenos con la que ha chocado esta negociación. El nacionalismo británico se ha rasgado las vestiduras renegando de todo acuerdo que signifique tratar a Irlanda del Norte de forma distinta al resto de Reino Unido. Es ese maximalismo el que ha acabado abocando a todo el país a permanecer (¿por tiempo indefinido?) en la Unión Aduanera europea, para alivio de quienes temen las consecuencias económicas del Brexit.
Lo que olvidan quienes reniegan de esa solución es que hay dos partes en el problema de Irlanda del Norte: Reino Unido, sí, pero también la República de Irlanda, que tiene derecho a tener la última palabra en la solución del problema fronterizo porque este es consecuencia de una decisión previa tomada por Reino Unido, la de irse de la Unión Europea.
La farsa de Westminster olvida otro aspecto crucial: que todo el valle de lágrimas de estos días, que todos los lamentos por el “vasallaje” que Reino Unido le seguirá debiendo a Europa con esa solución, es solo temporal. Si el Parlamento aprueba el Brexit, este se habrá consumado. Lo que habrá que hacer entonces es buscar una solución al problema irlandés cuando los actores se hayan calmado y dejen de sobreactuar. Empezará entonces la verdadera batalla: la de la relación definitiva entre Reino Unido y la UE.
Si el Parlamento no aprueba el acuerdo de May, la única solución legítima pasa por un segundo referéndum. Lo más grave es que es imposible especular hoy sobre qué hará el Parlamento, porque las fuerzas políticas británicas han entrado todas ellas en una espiral de locura egocentrista. Unos, los laboristas, solo piensan en recuperar el poder. Otros, los conservadores, en mantenerlo. Unos pocos (¿Dominic Raab? ¿Michael Gove? ¿Boris Johnson?) en sus ambiciones personales. Y los más duros solo parecen buscar una vacuna, una excusa (el Brexit blando) a la que atribuir cualquier estropicio que pueda ocurrir cuando Reino Unido esté fuera de la UE. Lo que no se sabe todavía en esta farsa es qué quieren hacer los británicos con Europa.
jueves, 15 de noviembre de 2018
Midterms
El siempre interesante periodista Thierry Meissan ofrece una mirada alternativa sobre las recientes elecciones de medio término ("midterm") en los EEUU. La nota fue escrita para Red Voltaire. Acá va:
Título: ¿Qué nos dicen las “midterm” sobre el conflicto interno estadounidense?
Epígrafe: Los grandes medios de difusión interpretan los resultados de las elecciones “midterm” en función de la oposición entre republicanos y demócratas. Prosiguiendo su análisis sobre la evolución profunda del tejido social estadounidense, Thierry Meyssan ve en esa consulta un claro retroceso de los puritanos ante los luteranos y los católicos. El realineamiento político impulsado por Donald Trump está teniendo éxito, como en su tiempo lo tuvo el de Richard Nixon.
Texto: El Partido Republicano pierde la Cámara de Representantes. Pero Donald Trump ha logrado imponer sus ideas.
Durante las elecciones llamadas “midterm” [1], los electores debían renovar la totalidad de los miembros de la Cámara de Representantes federal y la tercera parte de los miembros del Senado federal. Además, en los diferentes Estados, eligieron 36 gobernadores así como numerosos funcionarios y respondieron a 55 referéndums.
Se considera que para las midterm los electores se movilizan mucho menos que para la elección presidencial.
Los politólogos estadounidenses no prestan atención al índice de participación en las midterm ya que, al componerse estas de varias consultas simultáneas, es posible que los electores participen sólo en algunas y no en todas.
Desde el fin de la guerra fría, el índice de participación en la elección presidencial estadounidense se sitúa entre 51 y 61% –exceptuando el voto que dio su segundo mandato presidencial a Bill Clinton, al que acudió sólo una minoría de electores. Pero el índice de participación de los electores en las midterm se sitúa entre un 36 y un 41% –exceptuando precisamente las de 2018, en las que parece haber participado un 49%. O sea, aunque las reglas del juego son democráticas, la práctica no lo es. Si existiese un índice mínimo de participación por debajo del cual no fuese posible validar el resultado de las elecciones midterm, muy pocos miembros del Congreso resultarían electos. En definitiva, los miembros de la Cámara de Representantes y del Senado estadounidenses se eligen con los votos de menos de un 20% de la población.
Los que analizan los resultados de estas elecciones para hacer pronósticos sobre las carreras de los candidatos, se concentran en las diferencias entre los partidos. Esta vez habrá una mayoría demócrata en la Cámara de Representantes y una mayoría republicana en el Senado. Saber esto permite prever el margen de maniobra del presidente en relación con el Congreso. Pero –en mi opinión– no permite entender la evolución de la sociedad estadounidense.
Durante la campaña con vista a la elección presidencial de 2016, un ex demócrata –Donald Trump– se presentó para obtener su nominación en el Partido Republicano. Trump representaba una corriente política ausente del panorama estadounidense desde la dimisión de Richard Nixon: los jacksonianos. Aunque no parecía tener ninguna posibilidad de obtener la investidura de parte de los republicanos, Trump fue eliminando uno a uno a sus 17 competidores, logró la nominación republicana y ganó la elección derrotando a la candidata que los sondeos daban como ganadora: Hillary Clinton.
Los jacksonianos (seguidores de las ideas de Andrew Jackson, presidente de Estados Unidos de 1829 a 1837) son defensores de la democracia popular y de las libertades individuales, tanto ante el poder político como frente al poder económico. Pero la ideología dominante, tanto en el Partido Demócrata como en el Partido Republicano, era la ideología de los puritanos, partidarios del orden moral y del imperialismo.
Durante la campaña presidencial de 2016, señalé desde este mismo sitio web que el ascenso de Donald Trump significaba el resurgimiento de un conflicto fundamental entre los sucesores de los “Padres Peregrinos” (los puritanos que fundaron las colonias británicas en las Américas) y los descendientes de los inmigrantes que lucharon por la independencia del país [2].
El primer componente histórico de Estados Unidos (los puritanos) pretendía crear en las colonias un modo de vida «puro» (en el sentido calvinista de la palabra) y continuar la política exterior de Inglaterra. El segundo componente (los anglicanos, luteranos y católicos) llegó a América huyendo de la miseria que sufría en Europa, miseria de la que esperaba salir con su trabajo.
Ambos grupos llegaron a un consenso alrededor de la Constitución. Los grandes terratenientes que redactaron la Ley Fundamental explicaron largo y tendido que quisieron reproducir el sistema político de la monarquía inglesa pero sin crear una aristocracia [3]. El segundo grupo, fue el que agregó a la Constitución estadounidense la Bill of Rights (o sea, la Carta de Derechos, que contiene las 10 primeras Enmiendas a la Constitución) porque quería perseguir su «sueño americano» sin exponerse a verse aplastado por algún tipo de «Razón de Estado».
Durante los últimos años, tanto el Partido Demócrata como el Partido Republicano se habían convertido en portavoces del pensamiento puritano y defensores de la moral y del imperialismo. Los miembros del clan Bush son descendientes directos de los “Padres Peregrinos”. Barack Obama formó su primer equipo de gobierno apoyándose masivamente en los miembros de la Pilgrim’s Society (el club transatlántico que tiene como presidente a la reina de Inglaterra, Isabel II). Hillary Clinton contó con el respaldo del 73% de los “judeocristianos” [4], etc. Donald Trump, por el contrario, representaba –él solo– al otro componente de la historia política estadounidense y logró en pocos meses hacerse del control del Partido Republicano y atraerlo, al menos aparentemente, hacia sus propias convicciones.
En la situación actual, alrededor de una tercera parte de los estadounidenses se ha polarizado convirtiéndose en violentamente pro o anti-Trump, mientras que las otras dos terceras partes de la población –mucha más moderadas que la anterior– se mantienen a distancia de ese enfrentamiento. Numerosos observadores consideran que Estados Unidos está actualmente tan dividido como lo estuvo en los años 1850, justo antes de la guerra civil –la llamada «Guerra de Secesión».
A pesar de lo que afirma el mito, aquel conflicto no fue una guerra entre un sur esclavista y un norte abolicionista –en realidad, ambos bandos practicaban el esclavismo. La verdadera causa de la Guerra de Secesión fue la política económica, fue una guerra entre un sur agrícola y católico y un norte industrial y protestante. Durante aquella guerra, los dos bandos trataron de enrolar esclavos en sus ejércitos. El norte fue capaz de tomar rápidamente la decisión de liberarlos, mientras que el sur optó por sellar primero su alianza con Londres. Varios historiadores han mostrado que, desde un punto de vista cultural, aquella guerra fue una prolongación estadounidense de la guerra civil inglesa de los años 1640 y 1650, entre los seguidores de Oliver Cromwell y los del rey Carlos I. Sin embargo, a diferencia de lo sucedido en Inglaterra, donde los puritanos acabaron perdiendo la guerra, los descendientes de aquellos puritanos ganaron la Guerra de Secesión en Estados Unidos.
Ese conflicto estuvo a punto de resurgir en tiempos del presidente Richard Nixon y hoy reaparece nuevamente. No es casualidad que el mejor libro sobre la historia de esta cuestión [5] sea el de Kevin Phillips, el estratega electoral que ayudó a Nixon a apoderarse de la Casa Blanca. Nixon rehabilitó a los electores del sur de Estados Unidos, reconoció la República Popular China y puso fin a la guerra de Vietnam –iniciada por los demócratas. Pero entró en conflicto con el establishment de Washington, que acabó obligándolo a dimitir con el escándalo del Watergate.
Por supuesto, siempre es posible interpretar los resultados de las midterm de 2018 en función de la oposición entre republicanos y demócratas y concluir así que estamos ante un modesto avance del Partido Demócrata. Pero debemos interpretarlos sobre todo en función de la oposición histórica entre luteranos y calvinistas.
En este caso, hay que observar no sólo que el presidente Trump tuvo una intensa participación en la campaña sino que su predecesor, Barack Obama, hizo lo mismo. Se trataba de respaldar el realineamiento cultural iniciado por Donald Trump o de obtener la mayoría en el Congreso para destituirlo con cualquier pretexto. El resultado es muy evidente: el impeachment se ha hecho imposible y Donald Trump dispone del apoyo de la mayoría de los gobernadores, lo cual hace posible su reelección.
Los nuevos parlamentarios demócratas son jóvenes, partidarios de Bernie Sanders y… muy hostiles al establishment del Partido Demócrata, comenzando por Hillary Clinton. Es importante no perder vista que absolutamente TODOS los candidatos republicanos que contaron la presencia del presidente Trump en los lugares donde se sometían al voto resultaron electos. Los que rechazaron la ayuda de Trump fueron derrotados.
Los perdedores de estas elecciones –en primer lugar la prensa y Barack Obama– no fracasaron por ser republicanos o demócratas sino por puritanos. Al contrario de lo que afirman los medios de difusión dominantes, lo que queda demostrado es que Estados Unidos ya no está desgarrándose sino reformándose. Si ese proceso continúa, los medios de difusión tendrían que renunciar a su retórica sobre el orden moral y el país debería volver de forma duradera a una forma de hegemonía que no sería necesariamente imperialista. A largo plazo, Estados Unidos puede recuperar su consenso constitucional.
Notas:
[1] Las llamadas “midterm” estadounidenses son elecciones legislativas que se realizan a mediados del mandato presidencial. Nota de la Red Voltaire.
[2] «Estados Unidos, ¿se reforma o se desgarra?», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 26 de octubre de 2016.
[3] How Democratic Is the American Constitution?, Robert A. Dahl, Yale University Press, 2002.
[4] Cuando hablo de “judeocristianos”, me refiero a las personas que basan su vida simultáneamente en las escrituras judías (Antiguo Testamento) y en las escrituras cristianas (Nuevo Testamento) sin ver contradicción entre ellas.
[5] The Cousins’ Wars, Kevin Philipps, Basic Books, 1999.
martes, 13 de noviembre de 2018
Unipolar-Multipolar
Mientras esperamos el epílogo del mundo unipolar en el que vivimos desde la caída del bloque soviético, leemos este artículo de Eric Zuesse para el blog The Vineyard of the Saker:
Título: The Meaning of a Multipolar World
Texto: Right now, we live in a monopolar world. Here is how U.S. President Barack Obama proudly, even imperially, described it when delivering the Commencement address to America’s future generals, at West Point Military Academy, on 28 May 2014:
The United States is and remains the one indispensable nation. [Every other nation is therefore ‘dispensable’; we therefore now have “Amerika, Amerika über alles, über alles in der Welt”.] That has been true for the century passed and it will be true for the century to come. … America must always lead on the world stage. If we don’t, no one else will. … Russia’s aggression toward former Soviet states unnerves capitals in Europe, while China’s economic rise and military reach worries its neighbors. From Brazil to India, rising middle classes compete with us. [He was here telling these future U.S. military leaders that they are to fight for the U.S. aristocracy, to help them defeat any nation that resists.] … In Ukraine, Russia’s recent actions recall the days when Soviet tanks rolled into Eastern Europe. But this isn’t the Cold War. Our ability to shape world opinion helped isolate Russia right away. [He was proud of the U.S. Government’s effectiveness at propaganda, just as Hitler was proud of the German Government’s propaganda-effectiveness under Joseph Goebbels.] Because of American leadership, the world immediately condemned Russian actions; Europe and the G7 joined us to impose sanctions; NATO reinforced our commitment to Eastern European allies; the IMF is helping to stabilize Ukraine’s economy; OSCE monitors brought the eyes of the world to unstable parts of Ukraine.
Actually, his — Obama’s — regime, had conquered Ukraine in February 2014 by a very bloody coup, and installed a racist-fascist anti-Russian Government there next door to Russia, a stooge-regime to this day, which instituted a racial-cleansing campaign to eliminate enough pro-Russia voters so as to be able to hold onto power there. It has destroyed Ukraine and so alienated the regions of Ukraine that had voted more than 75% for the democratically elected Ukrainian President whom Obama overthrew, so that those pro-Russia regions quit Ukraine. What remains of Ukraine after the U.S. conquest is a nazi mess and a destroyed nation in hock to Western taxpayers and banks.
Furthermore, Obama insisted upon (to use Bush’s term about Saddam Hussein) “regime-change” in Syria. Twice in one day the Secretary General of the U.N. asserted that only the Syrian people have any right to do that, no outside nation has any right to impose it. Obama ignored him and kept on trying. Obama actually protected Al Qaeda’s Syrian affiliate against bombing by Syria’s Government and by Syria’s ally Russia, while the U.S. bombed Syria’s army, which was trying to prevent those jihadists from overthrowing the Government. Obama bombed Libya in order to “regime-change” Muammar Gaddafi, and he bombed Syria in order to “regime-change” Bashar al-Assad; and, so, while the “U.S. Drops Bombs; EU Gets Refugees & Blame. This Is Insane.” And Obama’s successor Trump continues Obama’s policies in this regard. And, of course, the U.S. and its ally UK invaded Iraq in 2003, likewise on the basis of lies to the effect that Iraq was the aggressor. (Even Germany called Poland the aggressor when invading Poland in 1939.)
No other nation regularly invades other nations that never had invaded it. This is international aggression. It is the international crime of “War of Aggression”; and the only nations which do it nowadays are America and its allies, such as the Sauds, Israel, France, and UK, which often join in America’s aggressions (or, in the case of the Sauds’ invasion of Yemen, the ally initiates an invasion, which the U.S. then joins). America’s generals are taught this aggression, and not only by Obama. Ever since at least George W. Bush, it has been solid U.S. policy. (Bush even kicked out the U.N.’s weapons-inspectors, so as to bomb Iraq in 2003.)
In other words: a mono-polar world is a world in which one nation stands above international law, and that nation’s participation in an invasion immunizes also each of its allies who join in the invasion, protecting it too from prosecution, so that a mono-polar world is one in which the United Nations can’t even possibly impose international law impartially, but can impose it only against nations that aren’t allied with the mono-polar power, which in this case is the United States. Furthermore, because the U.S. regime reigns supreme over the entire world, as it does, any nations — such as Russia, China, Syria, Iran, North Korea, Venezuela, Nicaragua, Cuba, and Ecuador — that the U.S. regime (which has itself been scientifically proven to be a dictatorship) chooses to treat as an enemy, is especially disadvantaged internationally. Russia and China, however, are among the five permanent members of the U.N. Security Council and therefore possess a degree of international protection that America’s other chosen enemies do not. And the people who choose which nations to identify as America’s ‘enemies’ are America’s super-rich and not the entire American population, because the U.S. Government is controlled by the super-rich and not by the public.
So, that’s the existing mono-polar world: it is a world that’s controlled by one nation, and this one nation is, in turn, controlled by its aristocracy, its super-rich.
If one of the five permanent members of the Security Council would table at the U.N. a proposal to eliminate the immunity that the U.S. regime has, from investigation and prosecution for any future War of Aggression that it might perpetrate, then, of course, the U.S. and any of its allies on the Security Council would veto that, but if the proposing nation would then constantly call to the international public’s attention that the U.S. and its allies had blocked passage of such a crucially needed “procedure to amend the UN charter”, and that this fact means that the U.S. and its allies constitute fascist regimes as was understood and applied against Germany’s fascist regime, at the Nuremberg Tribunal in 1945, then possibly some members of the U.S.-led gang (the NATO portion of it, at least) would quit that gang, and the U.S. global dictatorship might end, so that there would then become a multi-polar world, in which democracy could actually thrive.
Democracy can only shrivel in a mono-polar world, because all other nations then are simply vassal nations, which accept Obama’s often-repeated dictum that all other nations are “dispensable” and that only the U.S. is not. Even the UK would actually gain in freedom, and in democracy, by breaking away from the U.S., because it would no longer be under the U.S. thumb — the thumb of the global aggressor-nation.
Only one global poll has ever been taken of the question “Which country do you think is the greatest threat to peace in the world today?” and it found that, overwhelmingly, by a three-to-one ratio above the second-most-often named country, the United States was identified as being precisely that, the top threat to world-peace. But then, a few years later, another (though less-comprehensive) poll was taken on a similar question, and it produced similar results. Apparently, despite the effectiveness of America’s propagandists, people in other lands recognize quite well that today’s America is a more successful and longer-reigning version of Hitler’s Germany. Although modern America’s propaganda-operation is far more sophisticated than Nazi Germany’s was, it’s not entirely successful. America’s invasions are now too common, all based on lies, just like Hitler’s were.
On November 9th, Russian Television headlined “‘Very insulting’: Trump bashes Macron’s idea of European army for protection from Russia, China & US” and reported that “US President Donald Trump has unloaded on his French counterpart Emmanuel Macron, calling the French president’s idea of a ‘real European army,’ independent from Washington, an insult.” On the one hand, Trump constantly criticizes France and other European nations for allegedly not paying enough for America’s NATO military alliance, but he now is denigrating France for proposing to other NATO members a decreasing reliance upon NATO, and increasing reliance, instead, upon the Permanent Structured Cooperation (or PESCO) European military alliance, which was begun on 11 December 2017, and which currently has “25 EU Member States participating: Austria, Belgium, Bulgaria, Czech Republic, Croatia, Cyprus, Estonia, Finland, France, Germany, Greece, Hungary, Italy, Ireland, Latvia, Lithuania, Luxembourg, the Netherlands, Poland, Portugal, Romania, Slovenia, Slovakia, Spain and Sweden.” Those are the European nations that are now on the path to eventually quitting NATO.
Once NATO is ended, the U.S. regime will find far more difficult any invasions such as of Iraq 2003, Libya 2011, Syria 2012-, Yemen 2016-, and maybe even such as America’s bloody coup that overthrew the democratically elected Government of Ukraine and installed a racist-fascist or nazi anti-Russian regime there in 2014. All of these U.S. invasions (and coup) brought to Europe millions of refugees and enormously increased burdens upon European taxpayers. Plus, America’s economic sanctions against both Russia and Iran have hurt European companies (and the U.S. does almost no business with either country, so is immune to that, also). Consequently, today’s America is clearly Europe’s actual main enemy. The continuation of NATO is actually toxic to the peoples of Europe. Communism and the Soviet Union and its NATO-mirroring Warsaw Pact military alliance, all ended peacefully in 1991, but the U.S. regime has secretly continued the Cold War, now against Russia, and is increasingly focusing its “regime-change” propaganda against Russia’s popular democratic leader, Vladimir Putin, even though this U.S. aggression against Russia could mean a world-annihilating nuclear war.
On November 11th, RT bannered “‘Good for multipolar world’: Putin positive on Macron’s ‘European army’ plan bashed by Trump (VIDEO)”, and opened:
Europe’s desire to create its own army and stop relying on Washington for defense is not only understandable, but would be “positive” for the multipolar world, Vladimir Putin said days after Donald Trump ripped into it.
“Europe is … a powerful economic union and it is only natural that they want to be independent and … sovereign in the field of defense and security,” Putin told RT in Paris where world leader gathered to mark the centenary of the end of WWI.
He also described the potential creation of a European army “a positive process,” adding that it would “strengthen the multipolar world.” The Russian leader even expressed his support to French President Emmanuel Macron, who recently championed this idea by saying that Russia’s stance on the issue “is aligned with that of France” to some extent.
Macron recently revived the ambitious plans of creating a combined EU military force by saying that it is essential for the security of Europe. He also said that the EU must become independent from its key ally on the other side of the Atlantic, provoking an angry reaction from Washington.
Once NATO has shrunk to include only the pro-aggression and outright nazi European nations, such as Ukraine(after the U.S. gang accepts Ukraine into NATO, as it almost certainly then would do), the EU will have a degree of freedom and of democracy that it can only dream of today, and there will then be a multi-polar world, in which the leaders of the U.S. will no longer enjoy the type of immunity from investigation and possible prosecution, for their invasions, that they do today. The result of this will, however, be catastrophic for the top 100 U.S. ‘defense’ contractors, such as Lockheed Martin, General Dynamics, and Raytheon, because then all of those firms’ foreign sales except to the Sauds, Israel and a few other feudal and fascist regimes, will greatly decline. Donald Trump is doing everything he can to keep the Sauds to the agreements he reached with them back in 2017 to buy $404 billion of U.S. weaonry over the following 10 years. If, in addition, those firms lose some of their European sales, then the U.S. economic boom thus far in Trump’s Presidency will be seriously endangered. So, the U.S. regime, which is run by the owners of its ‘defense’-contractors, will do all it can to prevent this from happening.
sábado, 10 de noviembre de 2018
Bolsonaro, Brasil y los BRICS
¿Hasta qué punto influye el triunfo de Jair Bolsonaro (Brasil) en la marcha de los BRICS? Dicen que no mucho, aunque habrá que ver. La nota que sigue es de Ghassan Kadi para el blog The Vineyard of The Saker:
Título: BRICS after Bolsonaro
Texto: BRICS is the acronym of the “alliance” that includes Brazil, Russia, India, China and South Africa.
In reality, and with all due respect to Brazil and South Africa, BRICS is about RIC.
With Russia, India and China, in any order, there lies the future of Eurasia; the virtually unchartered quarter that houses over one third of the entire world population; a huge chunk of landmass, rich in resources, not only human resources, and just waiting for the right moment to make its mark in history.
The so-called “Silk Road”, or in reality silk roads, was historically the network of caravan paths that ancient traders took on their journeys from east to west, linking worlds largely unknown to each other, long before Vasco da Gama’s highly documented trips.
And whilst the ancient cultures of India and China flourished in their own right, apart from Alexander’s conquest, the Muslim and subsequent Mongol conquests, there was little historic geopolitical interaction between that far Far East and the Middle East; let alone Europe. The long icy and hard terrain made it very difficult, even for the brave at heart, to take the journey from Beijing to Vienna. The temptations to make that trip did not match the hardship of the journey for the averagely motivated traveler.
But this is all about to change. The new “Silk Road”, the network of super highways that the “RIC” nations are intent to build is going to change this status quo and shorten land distances.
The Trans-Siberian railway is a Russian route and constructing it linked Vladivostok with Moscow, but it was not intended to link China with Europe. If anything, it helped bolster the isolation of the USSR. But the new “Silk Road” project will change the transportation map of the world upside down once and for ever.
The determination to build this massive road network does not need either Brazil or South Africa; again with all due respect to both nations.
By taking many considerations into account, we must be realistic and say that the electoral win of Brazilian candidate Bolsonaro will not affect the prospect of the “Silk Road” one way or the other. The repercussions of his election will affect Brazil more than any other country. Purportedly, his policies will affect global climate, but this is another issue. His fiscal and international policy making decisions may put Brazil under the American sphere of influence, and this unfortunately can and will affect Brazil very adversely, but the damage is likely to be restricted to Brazil only.
With or without Brazil, BRICS can survive, but for it to survive and make a difference, it will need to become more serious about conducting its business.
The first step towards becoming more proactive is best done by establishing proper trust and conciliation between the three major players; Russia, China and India.
The love-hate relationship that marred the Soviet-Maoist era took a while to heal. The Russians and the Chinese seem to have gone many steps ahead towards establishing trust and confidence in each other. But China and India continue to have serious problems, and for as long as they have border and sovereignty disputes, this hinders them from becoming effective partners in every way.
Furthermore, BRICS needs a preamble and a Statement of Purpose. At the moment, it doesn’t have one. With all of its hypocrisies, the Western alliance camouflages itself behind the veil of Christian values, democracy and the “free world” slogans. Thus far, the only undeclared statement of purpose for BRICS seems to be that of defiance to the Western alliance.
The BRICS alliance will face a struggle founding an attractive preamble. Orthodox Christian Russia, predominantly Hindu India and Communist/Taoist/Buddhist China have little in common religiously speaking. Perhaps the BRICS leaders should be using common political grounds instead. They certainly cannot use democracy; not only because such an adoption would make them look as copycats, but also because they have different ideas about democracy, and Russia and China definitely do not endorse Western-style democracy.
In reality however, BRICS can use abstract lofty principles as their preamble; principles such as morality, honesty, and if they want to be less “theological” as it were, they could use principles such as “International law”, “International equality” and the like.
Apart from accumulating gold, building bridges and super road networks, planning fiscal measures to cushion the effects of a possible collapse of the Western economy on their own economies, developing state-of-the-art hypersonic weaponry and giving a clear message announcing that the world is no longer unipolar, the BRICS alliance ought to make clear statements about what kind of alternative world it envisions.
This is very important, because a significant percentage of the world population does not know what to expect if the BRICS alliance becomes the new dominant financial and military power. They have special concerns about China because they don’t know much about China, and they worry not only about whether or not China will be a new colonial super power, but they also worry about one day waking up and seeing traffic signals in Mandarin; so to speak.
To many people across the globe, the Chinese culture, language and modus operandi look like something from another planet.
The Cyrillic Russian and the Devanagari Indian scripts are no less daunting than the Mandarin script, but many Indians and Russians speak English and the West has had much more cultural interaction with both Russia and India than it ever did with China.
Furthermore, for the BRICS alliance to become more viable, it will need to develop a military alliance akin to that of NATO. When and if such an alliance is forged, then members will be protected as any attack on one will be considered as an attack on the whole coalition. Such an alliance will not increase the chances of war. Quite the contrary in fact, as it can lead to much needed stability. If for argument sake North Korea were a member, it would not be in a situation where it can claim that it needs nuclear weapons for self-defense, and secondly, the West would not be threatening to attack for fear of a major global escalation. The Cold-War, costly and potentially disastrous as it was, presents a successful model of nuclear deterrence. And in retrospect, had Vietnam been a member of the Warsaw Pact (or a similar one that included the USSR), it is possible that America’s war on Vietnam would have been averted. A more realistically plausible scenario is the case of former Yugoslavia. Had the Warsaw Pact been still standing, NATO would have never attacked Serbia back in 1999.
To be able to afford a more effective military deterrent, be a viable stand-alone economic power and to be attractive to the rest of the world, the BRICS coalition will ultimately need more member nations. Ideally, it would be of huge significance if Japan could be convinced to join it. The inclusion of Japan will not only add a huge financial power to the group, but it will also generate an in-house regional security to the China Sea region. Baby steps have been recently made between China and Japan towards conciliation, and much more needs to be done. It will take a lot of work and good intentions on both sides to undo a long history of hostilities and distrust.
Other nations that can and arguably should enter the coalition are; Venezuela, Mexico, Argentina, Iran, Iraq, Syria, Korea, Malaysia, Vietnam, Indonesia, and post Erdogan Turkey. Why post Erdogan? Because Erdogan’s Turkey can turn BRICS into a bag of TRICS.
Resource-rich Australia has much to gain in joining such an alliance as this will not only bolster its own security, but it will also secure economic stability and on-going trade.
Thus far, all the official visits that the RIC leaders have exchanged, all the business deals they made, all the projects they are embarking on, huge as they are, are only baby steps towards turning their alliance into one that can lead the world and establish the necessary moral, financial and security foundations that are capable of underpinning it.
Over and above establishing a new world reserve currency, setting up an alternative to the US-based Internet and WWW, SWIFT, etc, the brave new world will need hope, trust, morality and concrete assurances for a long-awaited change for the better. These are the real challenges facing the BRICS alliance now; not the Bolsonaro win.
Título: BRICS after Bolsonaro
Texto: BRICS is the acronym of the “alliance” that includes Brazil, Russia, India, China and South Africa.
In reality, and with all due respect to Brazil and South Africa, BRICS is about RIC.
With Russia, India and China, in any order, there lies the future of Eurasia; the virtually unchartered quarter that houses over one third of the entire world population; a huge chunk of landmass, rich in resources, not only human resources, and just waiting for the right moment to make its mark in history.
The so-called “Silk Road”, or in reality silk roads, was historically the network of caravan paths that ancient traders took on their journeys from east to west, linking worlds largely unknown to each other, long before Vasco da Gama’s highly documented trips.
And whilst the ancient cultures of India and China flourished in their own right, apart from Alexander’s conquest, the Muslim and subsequent Mongol conquests, there was little historic geopolitical interaction between that far Far East and the Middle East; let alone Europe. The long icy and hard terrain made it very difficult, even for the brave at heart, to take the journey from Beijing to Vienna. The temptations to make that trip did not match the hardship of the journey for the averagely motivated traveler.
But this is all about to change. The new “Silk Road”, the network of super highways that the “RIC” nations are intent to build is going to change this status quo and shorten land distances.
The Trans-Siberian railway is a Russian route and constructing it linked Vladivostok with Moscow, but it was not intended to link China with Europe. If anything, it helped bolster the isolation of the USSR. But the new “Silk Road” project will change the transportation map of the world upside down once and for ever.
The determination to build this massive road network does not need either Brazil or South Africa; again with all due respect to both nations.
By taking many considerations into account, we must be realistic and say that the electoral win of Brazilian candidate Bolsonaro will not affect the prospect of the “Silk Road” one way or the other. The repercussions of his election will affect Brazil more than any other country. Purportedly, his policies will affect global climate, but this is another issue. His fiscal and international policy making decisions may put Brazil under the American sphere of influence, and this unfortunately can and will affect Brazil very adversely, but the damage is likely to be restricted to Brazil only.
With or without Brazil, BRICS can survive, but for it to survive and make a difference, it will need to become more serious about conducting its business.
The first step towards becoming more proactive is best done by establishing proper trust and conciliation between the three major players; Russia, China and India.
The love-hate relationship that marred the Soviet-Maoist era took a while to heal. The Russians and the Chinese seem to have gone many steps ahead towards establishing trust and confidence in each other. But China and India continue to have serious problems, and for as long as they have border and sovereignty disputes, this hinders them from becoming effective partners in every way.
Furthermore, BRICS needs a preamble and a Statement of Purpose. At the moment, it doesn’t have one. With all of its hypocrisies, the Western alliance camouflages itself behind the veil of Christian values, democracy and the “free world” slogans. Thus far, the only undeclared statement of purpose for BRICS seems to be that of defiance to the Western alliance.
The BRICS alliance will face a struggle founding an attractive preamble. Orthodox Christian Russia, predominantly Hindu India and Communist/Taoist/Buddhist China have little in common religiously speaking. Perhaps the BRICS leaders should be using common political grounds instead. They certainly cannot use democracy; not only because such an adoption would make them look as copycats, but also because they have different ideas about democracy, and Russia and China definitely do not endorse Western-style democracy.
In reality however, BRICS can use abstract lofty principles as their preamble; principles such as morality, honesty, and if they want to be less “theological” as it were, they could use principles such as “International law”, “International equality” and the like.
Apart from accumulating gold, building bridges and super road networks, planning fiscal measures to cushion the effects of a possible collapse of the Western economy on their own economies, developing state-of-the-art hypersonic weaponry and giving a clear message announcing that the world is no longer unipolar, the BRICS alliance ought to make clear statements about what kind of alternative world it envisions.
This is very important, because a significant percentage of the world population does not know what to expect if the BRICS alliance becomes the new dominant financial and military power. They have special concerns about China because they don’t know much about China, and they worry not only about whether or not China will be a new colonial super power, but they also worry about one day waking up and seeing traffic signals in Mandarin; so to speak.
To many people across the globe, the Chinese culture, language and modus operandi look like something from another planet.
The Cyrillic Russian and the Devanagari Indian scripts are no less daunting than the Mandarin script, but many Indians and Russians speak English and the West has had much more cultural interaction with both Russia and India than it ever did with China.
Furthermore, for the BRICS alliance to become more viable, it will need to develop a military alliance akin to that of NATO. When and if such an alliance is forged, then members will be protected as any attack on one will be considered as an attack on the whole coalition. Such an alliance will not increase the chances of war. Quite the contrary in fact, as it can lead to much needed stability. If for argument sake North Korea were a member, it would not be in a situation where it can claim that it needs nuclear weapons for self-defense, and secondly, the West would not be threatening to attack for fear of a major global escalation. The Cold-War, costly and potentially disastrous as it was, presents a successful model of nuclear deterrence. And in retrospect, had Vietnam been a member of the Warsaw Pact (or a similar one that included the USSR), it is possible that America’s war on Vietnam would have been averted. A more realistically plausible scenario is the case of former Yugoslavia. Had the Warsaw Pact been still standing, NATO would have never attacked Serbia back in 1999.
To be able to afford a more effective military deterrent, be a viable stand-alone economic power and to be attractive to the rest of the world, the BRICS coalition will ultimately need more member nations. Ideally, it would be of huge significance if Japan could be convinced to join it. The inclusion of Japan will not only add a huge financial power to the group, but it will also generate an in-house regional security to the China Sea region. Baby steps have been recently made between China and Japan towards conciliation, and much more needs to be done. It will take a lot of work and good intentions on both sides to undo a long history of hostilities and distrust.
Other nations that can and arguably should enter the coalition are; Venezuela, Mexico, Argentina, Iran, Iraq, Syria, Korea, Malaysia, Vietnam, Indonesia, and post Erdogan Turkey. Why post Erdogan? Because Erdogan’s Turkey can turn BRICS into a bag of TRICS.
Resource-rich Australia has much to gain in joining such an alliance as this will not only bolster its own security, but it will also secure economic stability and on-going trade.
Thus far, all the official visits that the RIC leaders have exchanged, all the business deals they made, all the projects they are embarking on, huge as they are, are only baby steps towards turning their alliance into one that can lead the world and establish the necessary moral, financial and security foundations that are capable of underpinning it.
Over and above establishing a new world reserve currency, setting up an alternative to the US-based Internet and WWW, SWIFT, etc, the brave new world will need hope, trust, morality and concrete assurances for a long-awaited change for the better. These are the real challenges facing the BRICS alliance now; not the Bolsonaro win.
viernes, 9 de noviembre de 2018
Francisco, China y la Argentina
Título: Un
fantasma recorre la Argentina: cómo es el "plan polaco" para
enfrentar a Macri en 2019
Epígrafe:
Solidaridad fue el nombre del frente nacional que impulsaron el papa Juan Pablo
II y el sindicalista Lech Walesa para unificar al movimiento obrero polaco en
los '80. Diez años más tarde, se convirtió en un partido y Walesa fue elegido
presidente. El "plan polaco" para la Argentina se prepara para
competir en 2019. La imagen ilustra un mural pintado en la ciudad de Ostrowiec
a 30 años de la fundación del frente. El sacerdote es Jerzy Popieluszko,
asesinado por la inteligencia comunista.
Texto: Con la
venia del Papa Francisco, la Multisectorial 21F que integran más de 950
organizaciones sindicales, políticas y sociales de todo el país apura el armado
de un gran frente nacional opositor, que aglutine a todas las alas del
peronismo y otras expresiones políticas encaradas a Mauricio Macri, para
competir en las elecciones presidenciales de 2019. Un fantasma recorre la
Argentina.
Una hora de
charla amiga en el segundo piso de la Residencia de Santa Marta alcanzó.
"Está cansado, pero en paz". Desde Guardia de Hierro a la Tendencia Piquetera
Revolucionaria, pasando por La Cámpora y hasta Nuevo Encuentro. Todos con los
pies en el mismo plato. Sin sectarismos ni exclusiones. Sin grietas.
Resistencia sindical y defensa de los convenios colectivos de trabajo. "Si
el gobierno de Macri es reelecto corre peligro la integridad de la
Patria", estimó el obispo sin sotana a su regreso de Roma. "La
riqueza natural de la Argentina está en disputa porque el líder mundial es
argentino", analizó el confidente bergogliano. Esta puesta en escena
genera un temor inédito para la historia nacional: el avance del separatismo,
las convulsiones internas y una eventual disgregación territorial para generar
caos en el país del Papa. El famoso 'divide y reinarás'.
La militancia
está más a la altura que la dirigencia. El 21F pregona la unidad de todas las
corrientes del campo popular para dirimir candidaturas en una mega PASO. Cuando
se dice todos, es todos, repiten. El remordimiento del Movimiento Evita, el
café entre Cristina de Kirchner y Héctor Daer, la misa de Julián Domínguez en
Luján, el regreso de Hugo Moyano al PJ y el alejamiento de Felipe Solá del FR
demuestran que el designio avanza. El Senado esconde al hueso más duro de roer.
Este tipo de armado no es nuevo. En el Vaticano lo conocen a la perfección.
Solidaridad fue
el nombre con el que se bautizó en 1980 a la federación sindical polaca que
desterró al comunismo soviético de ese país para regresarlo a las huestes del
catolicismo liberal conservador. Solidaridad nació de la lucha obrera por la
libertad sindical, unió a 10 millones de personas y fue uno de los responsables
de la caída del fantasma del comunismo en Europa del este. Los líderes de aquel
movimiento incandescente fueron el sindicalista Lech Walesa y Karol Wojtyla,
más conocido como Juan Pablo II.
En solo diez
años, el carpintero Walesa fue regente de las históricas huelgas ilegales del
Astillero de Gdansk (Lenin), dirigió decenas de comités gremiales clandestinos,
enfrentó con su cuerpo al férreo gobierno de la URSS, permaneció 11 meses preso
por razones políticas, ganó un Premio Nobel de la Paz que no pudo ir a recibir
y llegó a presidente de Polonia en 1990. Todo, bajo el manto de aquel Papa,
exarzobispo de Cracovia. Desde el trono de San Pedro, Wojtyla apoyó
abiertamente la aventura de Walesa y se convirtió el principal impulsor de la
"democratización" de Europa oriental. Iglesia y sindicatos de la
mano, en el mismo camino, con un objetivo común.
A 38 años de la
incursión polaca del fallecido Wojtyla, el terreno se allana para una réplica
criolla. Una misma persona une las dos historias a través del tiempo y las
distancias: Marcelo Sánchez Sorondo. El actual canciller de las academias
pontificias fue el articulador designado por Juan Pablo II para desparramar
Solidaridad por Polonia. Hoy, carga con la misma mochila para la Argentina y es
uno de los consignatarios de Francisco en la relación vaticana con China. De la
mano de opulentos empresarios orientales como Nianbo Wu, Sorondo transita la
huella que dejó Matteo Ricci.
El Papa se acercó
al gigante asiático por historia y necesidad. Lo hace a través de un foro
interreligioso. Las tensiones con Donald Trump facilitaron el trabajo. El
estadounidense retiró a su país del COP21 de París, barrió las metas sobre
desarrollo sustentable que impuso el Vaticano para la Agenda 2030 de la ONU y
rompió el pacto nuclear con Irán, a pedido de Israel. Trump hizo todo lo
contrario a lo que propuso Francisco para garantizar el cuidado de la
"Casa Común". Por ese motivo, se acercó a China. Por ese motivo,
miles de inmigrantes se refugian en establecimientos religiosos mexicanos para
descansar la marcha. La "nueva iglesia" del Papa es la de América
latina, Asia y África. "México es la esperanza", rezan cerca suyo.
Sorondo brinda el
marco institucional para el juego político clerical. Un año atrás abrió las
puertas de Santa Marta a los Camioneros y poco después disertó en la CGT como
enviado del Papa. Trascendió que organiza para el próximo año un coloquio que
no causalmente se celebrará en China. Los encuentros del canciller reúnen a
líderes mundiales de las más variadas disciplinas y el más alto nivel. Jeffrey
Sach, economista y asesor directo del secretario general de la ONU, lo escolta.
Gustavo Béliz en nombre del BID, también. Sach fue el promotor de la fallida
candidatura de Bernie Sanders, el demócrata de izquierda que se enfrentó a los
Clinton en las internas previas al inesperado triunfo de los republicanos. El
canciller y Sach entrelazan con Asia para restituir las metas de desarrollo en
la ONU y la vigencia el tratado de París, que fueron suscriptos por casi 200
países, y que Trump condenó al olvido. Sach lidera un grupo de
"desencantados" con Trump, que se apoyan en el Vaticano para
acercarse a China, y que hoy son una amenaza para la Casa Blanca.
Bergoglio apuesta
a China. Cree que el acuerdo estratégico con Xi Jinping por el nombramiento
oficial de obispos es el "motivo real" de los virulentos ataques
mediáticos en su contra. Dice que buscan dañar su imagen a nivel global. En el
Vaticano señalan, entre otros, a la cadena Fox News. También a los hermanos
Kosh, herederos de un imperio petrolero y propietarios de la segunda empresa
privada más grande de Estados Unidos. De origen alemán y ultraconservadores,
los poderosísimos Charles y David Kosh poseen una extensa red de influencias
que traspasan los duros muros del Vaticano. Los imputan por querer capturar la
mayoría del Colegio Cardenalicio, encargado de nombrar en el futuro al Papa N°
267. No pudieron. No los dejó. Analistas internacionales aseguran que la
telaraña Kosh incluso llegó a Brasil, donde el candidato preferido de los
magnates ganó las últimas elecciones. El conglomerado empresarial Kosh factura
más de u$s 100.000 millones al año. Los dos hermanos poseen la décima fortuna
más grande del planeta.
Los hermanos
Kosh, David (78) y Charles (83) inyectaron millones de dólares al servicio de
causas ultraconservadoras, son los motores del Tea Party, financian a
republicanos y poseen mucha influencia en la política estadounidense. Hoy, rivalizan
con el Vaticano.
Opportunities
Los tiempos se
aceleran. Las acciones -y reacciones- se multiplican. Los objetivos son los
mismos: construir, de la periferia al centro, los consensos necesarios para
lograr un desarrollo justo y sostenible, y enfrentar las situaciones difíciles
que no solo afectan a "desamparados y olvidados", sino que
"amenazan el futuro de la humanidad entera". Así lo manifestó
Bergoglio ante la cumbre interreligiosa del G20 en septiembre pasado. Así se lo
expresará el 21F a los líderes mundiales que aterrizarán en Buenos Aires a fin
de mes. El 20 de noviembre, día de la militancia, la regional 21F del NEA se
moviliza en defensa del agua.
El inminente
desembarco de los presidentes de las naciones más ricas concentra las miradas
sobre la Argentina. La agenda del G20 se vincula al negocio del petróleo y las
finanzas, muy lejos de lo exigido en la encíclica Laudato Sí. En ámbitos
eclesiásticos creen que es la oportunidad perfecta para dejar en evidencia los
perjuicios argentinos de la sociedad entre Macri, Trump y el premier israelí
Benjamín Netanyahu. Habrá que seguir con atención las palabras de Sánchez
Sorondo en la anticumbre organizada por CLACSO en Ferro.
Informe reservado
La semana pasada
Francisco interrumpió su actividad en el Sínodo de Obispos para recibir a dos
dirigentes del 21F. Los visitantes cruzaron el Atlántico con pocas
expectativas. La sorpresa los desbordó. "Sabía que venían", les dijo
sonriente antes de abrazarlos. El Pontífice sufre los embates de un hombre de
83 años que nunca para. La curvatura de la espalda lo deja expuesto. Trabaja
día y noche. Almuerza y cena en soledad. Dedica el tiempo de descanso a las
lecturas. Está totalmente comprometido con sus causas. El cardenal filipino
Luis Antonio Tagle y Gokim puede esperar.
En la misa
pública donde estuvieron los enviados de la Multisectorial, el Papa ubicó a sus
coterráneos en un lugar privilegiado del "corralito" de la Plaza San
Pedro: los activistas aprovecharon para mostrar a los ojos del mundo las
consignas locales. Paz, pan y trabajo. Los atiborró de regalos piadosos, les
bendijo cajas repletas de crucifijos y estampó su firma en varias remeras. Una
de las casacas firmadas provocará alivios y revuelo. En tiempos donde la
gestualidad gobierna el acto de la comunicación, el autógrafo de Francisco
parece ser la modalidad preferida para demostrar estrecha afinidad. Por ahora,
las fotos con políticos argentinos están vedadas. "Todos los días rechaza
decenas de pedidos de audiencias", aseguran en Roma.
De regreso a la
Argentina, los oyentes del 21F brindaron un informe reservado: ámbito.com fue
testigo. La unidad de la oposición solo se concretará con el
"renunciamiento" masivo a las aspiraciones personales. La táctica es
unir al peronismo de cara a las elecciones 2019 y frenar el avance del
"capitalismo salvaje" y los partidos que sostienen el neoliberalismo
económico como modelo de país. La estrategia, aplicar al plan polaco. En tres
meses el Papa recibirá a una importante delegación internacional que marcará el
rumbo definitivamente. Confiados en el método y con amplio respaldo vaticano,
en el 21F se hacen ilusiones hasta con un candidato propio. "Ojo que está
midiendo muy bien", invocan entre risas socarronas.
sábado, 3 de noviembre de 2018
Nuevo paquete de sanciones contra Irán
El gobierno estadounidense anunciará mañana otro paquete de sanciones contra Irán. Las mismas intentan impedir la venta de petróleo por parte de este país, con el objetivo de estrangular su economía. Las medidas no solo apuntan contra Irán sino contra cualquiera que intente comerciar con ese país. El problema es que estas sanciones impulsarán cada vez más al resto del mundo a desapegarse del sistema dólar en las transacciones comerciales. La nota que sigue es de Patrick Lawrence para el sitio web Strategic Culture Foundation:
Título: New Iran Sanctions Risk Long-term US Isolation
Texto: The next step in the Trump administration’s “maximum pressure” campaign against Iran comes this Sunday, Nov. 4, when the most severe sanctions will be imposed on the Islamic Republic. Crucially, they apply not only to Iran but to anyone who continues to do business with it.
It’s not yet clear how disruptive this move will be. While the U.S. intention is to isolate Iran, it is the U.S. that could wind up being more isolated. It depends on the rest of the world’s reaction, and especially Europe’s.
The issue is so fraught that disputes over how to apply the new sanctions have even divided Trump administration officials.
The administration is going for the jugular this time. It wants to force Iranian exports of oil and petrochemical products down to as close to zero as possible. As the measures are now written, they also exclude Iran from the global interbank system known as SWIFT.
It is hard to say which of these sanctions is more severe. Iran’s oil exports have already started falling. They peaked at 2.7 million barrels a day last May—just before Donald Trump pulled the U.S. out of the six-nation accord governing Iran’s nuclear programs. By early September oil exports were averaging a million barrels a day less.
In August the U.S. barred Iran’s purchases of U.S.-dollar denominated American and foreign company aircraft and auto parts. Since then the Iranian rial has crashed to record lows and inflation has risen above 30 percent.
Revoking Iran’s SWIFT privileges will effectively cut the nation out of the dollar-denominated global economy. But there are moves afoot, especially by China and Russia, to move away from a dollar-based economy.
The SWIFT issue has caused infighting in the administration between Treasury Secretary Mnuchin and John Bolton, Trump’s national security adviser who is among the most vigorous Iran hawks in the White House. Mnuchin might win a temporary delay or exclusions for a few Iranian financial institutions, but probably not much more.
On Sunday, the second round of sanctions will kick in since Trump withdrew the U.S. from the 2015 Obama administration-backed, nuclear agreement, which lifted sanctions on Iran in exchange for stringent controls on its nuclear program. The International Atomic Energy Agency has repeatedly certified that the deal is working and the other signatories—Britain, China, France, Germany and Russia have not pulled out and have resumed trading with Iran. China and Russia have already said they will ignore American threats to sanction it for continuing economic relations with Iran. The key question is what will America’s European allies do?
Europeans React
Europe has been unsettled since Trump withdrew in May from the nuclear accord. The European Union is developing a trading mechanism to get around U.S. sanctions. Known as a Special Purpose Vehicle, it would allow European companies to use a barter system similar to how Western Europe traded with the Soviet Union during the Cold War.
EU officials have also been lobbying to preserve Iran’s access to global interbank operations by excluding the revocation of SWIFT privileges from Trump’s list of sanctions. They count Mnuchin,who is eager to preserve U.S. influence in the global trading system, among their allies. Some European officials, including Jean-Claude Juncker, president of the European Commission, propose making the euro a global trading currency to compete with the dollar.
Except for Charles de Gaulle briefly pulling France out of NATO in 1967 and Germany and France voting on the UN Security Council against the U.S. invading Iraq in 2003, European nations have been subordinate to the U.S. since the end of the Second World War.
The big European oil companies, unwilling to risk the threat of U.S. sanctions, have already signaled they intend to ignore the EU’s new trade mechanism. Total SA, the French petroleum company and one of Europe’s biggest, pulled out of its Iran operations several months ago.
Earlier this month a U.S. official confidently predicted there would be little demand among European corporations for the proposed barter mechanism.
Whether Europe succeeds in efforts to defy the U.S. on Iran is nearly beside the point from a long-term perspective. Trans-Atlantic damage has already been done. A rift that began to widen during the Obama administration seems about to get wider still.
Asia Reacts
Asian nations are also exhibiting resistance to the impending U.S. sanctions. It is unlikely they could absorb all the exports Iran will lose after Nov. 4, but they could make a significant difference. China, India, and South Korea are the first, second, and third-largest importers of Iranian crude; Japan is sixth. Asian nations may also try to work around the U.S. sanctions regime after Nov. 4.
India is considering purchases of Iranian crude via a barter system or denominating transactions in rupees. China, having already said it would ignore the U.S. threat, would like nothing better than to expand yuan-denominated oil trading, and this is not a hard call: It is in a protracted trade war with the U.S., and an oil-futures market launched in Shanghai last spring already claims roughly 14 percent of the global market for “front-month” futures—contracts covering shipments closest to delivery.
As with most of the Trump administration’s foreign policies, we won’t know how the new sanctions will work until they are introduced. There could be waivers for nations such as India; Japan is on record asking for one. The E.U.’s Special Purpose Vehicle could prove at least a modest success at best, but this remains uncertain. Nobody is sure who will win the administration’s internal argument over SWIFT.
Long-term Consequences for the U.S.
The de-dollarization of the global economy is gradually gathering momentum. The orthodox wisdom in the markets has long been that competition with the dollar from other currencies will eventually prove a reality, but it will not be one to arrive in our lifetimes. But with European and Asian reactions to the imminent sanctions against Iran it could come sooner than previously thought.
The coalescing of emerging powers into a non-Western alliance —most significantly China, Russia, India, and Iran—starts to look like another medium-term reality. This is driven by practical rather than ideological considerations, and the U.S. could not do more to encourage this if it tried. When Washington withdrew from the Iran accord, Moscow and Beijing immediately pledged to support Tehran by staying with its terms.If the U.S. meets significant resistance, especially from its allies, it could be a turning-point in post-Word War II U.S. dominance.
Supposedly Intended for New Talks
All this is intended to force Iran back to the negotiating table for a rewrite of what Trump often calls “the worst deal ever.” Tehran has made it clear countless times it has no intention of reopening the pact, given that it has consistently adhered to its terms and that the other signatories to the deal are still abiding by it.
The U.S. may be drastically overplaying its hand and could pay the price with additional international isolation that has worsened since Trump took office.
Washington has been on a sanctions binge for years. Those about to take effect seem recklessly broad. This time, the U.S. risks lasting alienation even from those allies that have traditionally been its closest.
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