domingo, 27 de junio de 2021

Yalta II?



Siempre son interesantes las notas editoriales del amigo Thierry Meissan en Red Voltaire. Siempre tienen ese "food for thought" que dicen los gringos, aunque no siempre estemos de acuerdo con sus premisas y/o conclusiones. Por eso posteamos hoy dos notas aparecidas casi sucesivamente en su sitio web. Acá van: 


Título: FORMACIÓN DE UN NUEVO ORDEN MUNDIAL – ‎1ª PARTE

Subtítulo: ‎¿Por qué un Yalta II?‎

Epígrafe: Estados Unidos no es la hiperpotencia mundial que soñó ser. En Siria, acaba de sufrir ‎una tremenda derrota militar, a pesar de haber tenido el apoyo de cientos de países ‎aliados. Y ahora, aunque esos aliados de Estados Unidos sigan haciéndose ilusiones, ‎ha llegado el momento de saldar cuentas. Para sobrevivir, Washington no tiene más ‎opción que aliarse a uno de sus adversarios. ¿Optará por Rusia o por China? Ese es el dilema. ‎

Texto: El 3 de mayo de 2021, en una reunión preparatoria con vista a la cumbre del G7, el ministro de ‎Exteriores británico, Dominic Raab (en primer plano), y el secretario de Estado, Antony Blinken ‎‎(al fondo), daban a entender que Occidente combatiría simultáneamente a Rusia y a China. ‎Pero lo que se vio en el G7 fue muy diferente.

No es posible vivir en sociedad sin reglas. Si esas reglas son injustas, nos levantamos ‎contra ellas y las cambiamos. Es algo inevitable porque aquello que en algún momento pudo parecer ‎justo puede dejar de serlo al cabo de cierto tiempo. En todo caso, se necesita un
orden y ‎sin orden todos acaban siendo enemigos de todos. Así sucede entre las personas y lo mismo ‎pasa entre los pueblos. ‎

En 1945, la conferencia de Yalta sentó las bases de una división del mundo en zonas de influencia ‎entre los tres grandes vencedores de la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos, Reino Unido y, ‎sobre todo, la Unión Soviética. Después, a lo largo de la guerra fría, cada
bando insultó ‎públicamente al otro, aunque siempre acabaron entendiéndose por debajo de la mesa. ‎La investigación histórica ha demostrado que, aunque en diferentes momentos lo acordado ‎en Yalta pudo haber volado en pedazos y dar paso al enfrentamiento, los insultos estaban ‎destinados más bien a consolidar la unidad dentro de cada bando. ‎

Ese modus vivendi se mantuvo hasta la desaparición de la URSS, en 1991. ‎Desde entonces, Estados Unidos ha pretendido ser la única hiperpotencia capaz de organizar ‎el mundo, lo cual no ha logrado. En numerosas ocasiones, China y Rusia –esta última heredera ‎de la URSS– han tratado de redistribuir las cartas. Tampoco lo han logrado, pero han avanzado ‎en ese sentido. Reino Unido, que se había incorporado a la Unión Europea durante la guerra fría, ‎acaba de abandonarla para volver a competir en el escenario internacional –según la doctrina ‎denominada «Global Britain». Por consiguiente, ya no son tres sino cuatro las potencias que ‎aspiran a repartirse el mundo. ‎

Como resultado del periodo de confusión 1991-2021 –desde la Operación Tormenta del Desierto ‎hasta el «rediseño del Medio Oriente ampliado»–, la ambición de Estados Unidos acabó ‎naufragando en Siria. Estados Unidos ha demorado años en admitir su derrota. Las fuerzas ‎armadas de la Federación Rusa disponen actualmente de armas mucho más avanzadas y las de la ‎República Popular China cuentan con personal mucho más calificado. Es urgente para Washington ‎tomar en cuenta la realidad y aceptar un acuerdo, sin lo cual
acabará perdiéndolo todo. Ya ‎no se trata de escoger lo que pueda resultarle más ventajoso sino de hacer lo necesario con tal de sobrevivir.
‎ ‎
Los aliados de Estados Unidos no han entendido la importancia de la catástrofe militar que ‎sufrieron en Siria. Siguen engañándose a sí mismos y persisten en presentar ese importante ‎conflicto –en el cual participaron más países que en la Segunda Guerra Mundial– como
una ‎‎«guerra civil» que estalló en un pequeño y lejano país. Así que será particularmente difícil ‎para ellos plegarse a los constantes retrocesos de Washington. ‎

Un Yalta II es la última oportunidad para el Reino Unido. Lo que fue «el imperio donde el sol ‎nunca se oculta» ya no cuenta con los medios militares necesarios para concretar sus ‎ambiciones. Pero conserva una habilidad de maniobra excepcional y el enorme cinismo que ‎le valió ser llamado «la pérfida Albión», así que participará en cualquier arreglo que ‎le garantice algún tipo de ganancia. Poniendo en juego los rasgos culturales que tiene en común ‎con Estados Unidos, así como sólidas redes de influencia, Reino Unido se desliza en los pasos de ‎la administración estadounidense. La Pilgrim’s Society (Asociación de los Padres Peregrinos), muy ‎presente en el seno de la administración Obama, está ahora de regreso en la Casa Blanca. ‎

Rusia no es la URSS –la mayoría de los dirigentes soviéticos no eran rusos. El objetivo de Rusia ‎no es lograr el triunfo de una ideología. La política exterior rusa no se basa en una nebulosa ‎teoría “geopolítica” sino en la proyección de su fuerte personalidad como país. Rusia está más ‎dispuesta a pasar por alto sus intereses que a renegar de sí misma. ‎

China ha superado enormes problemas sin ayuda de nadie. Así que no está en deuda ‎con nadie, sobre todo tratándose de quienes trataron de acabar con ella a principios del ‎siglo XX. El objetivo de China es, ante todo, recuperar su zona de influencia regional y comerciar ‎con el resto del mundo. China sabe esperar pero no está dispuesta a hacer concesiones. Hoy es ‎aliada de Rusia, pero recuerda el papel que el imperio ruso desempeñó en su colonización y ‎no ha abandonado sus reclamos territoriales sobre la Siberia oriental.
 ‎
En pocas palabras, cada una de estas cuatro potencias actúa según su propia lógica y todas ‎persiguen objetivos diferentes. Eso hace más fácil llegar a un acuerdo, pero dificulta que ‎lo respeten. ‎

En Washington, el Pentágono creó un grupo de trabajo encargado de reflexionar sobre las ‎opciones posibles ante China, adversario al que Estados Unidos teme más que a Rusia ya que ‎todo lo que Pekín logre recuperar en su zona regional de influencia será en detrimento
de las ‎posiciones de Washington en Asia. Por su parte, la Casa Blanca formó un grupo de trabajo ‎ultrasecreto que debe plantear las nuevas órdenes posibles. El grupo de trabajo del Pentágono, ‎llamado DoD China Task Force, ya entregó su informe, cuyo contenido es
secreto. En cuanto al ‎de la Casa Blanca, nadie sabe si ha terminado o no sus trabajos. ‎
Este último grupo es el que tiene en sus manos el destino de Estados Unidos y hasta la identidad ‎de sus miembros se mantiene en secreto. Es evidente que son más poderosos que un presidente ‎senil. ‎Este grupo goza de un poder de decisión comparable al del Grupo
de Desarrollo de la Política ‎Energética Nacional (National Energy Policy Development Group), creado y dirigido por Dick Cheney bajo la administración de ‎George Bush hijo.

Nada permite saber, por ahora, si el grupo de trabajo creado en la Casa Blanca representa ‎objetivos políticos o intereses financieros. Lo que sí está claro que el mundo internacional de la ‎finanza está influyendo tanto en la OTAN como en la Casa Blanca. Su objetivo no es
modificar ‎las alianzas sino más bien disponer de la información necesaria para poder adaptarse ‎discretamente a los cambios y conservar su posición predominante. ‎

Los desplazamientos de los diferentes enviados especiales de Washington hacen pensar que la ‎administración Biden ya optó por reinstaurar el duopolio que caracterizó los tiempos de la ‎guerra fría. Para Washington, esa es la única posibilidad de evitar una guerra contra una ‎alianza ruso-china, conflicto en el que Estados Unidos tendría muy pocas posibilidades de ‎sobrevivir. ‎Pero esa opción implica que Washington tendría que comprometerse a defender la integridad de ‎la Siberia rusa ante los reclamos de China y que Moscú decida reciprocar esa actitud defendiendo ‎las bases y posesiones de Estados Unidos en la zona de influencia de
China. ‎Esa opción supone también que Washington reconozca la preeminencia económica de China ‎a nivel mundial, pero también permitiría a Washington contener políticamente a China para que ‎nunca logre convertirse en una potencia mundial en todo el sentido de ese término. ‎

China sería entonces el único verdadero perdedor ya que seguiría viéndose privada de su zona de ‎influencia y quedaría “arrinconada” en el plano político. Sin embargo, sería posible apaciguarla –‎por ahora– permitiéndole recuperar Taiwán, territorio que el grupo de trabajo
del Pentágono ‎cataloga ahora –desde hace una semana– como «no esencial» para Estados Unidos ‎‎ [1]. ‎

Hay que entender que el principal obstáculo que enfrenta Estados Unidos es de orden ‎mental. Desde 2001, Washington está convencido de que la inestabilidad le favorece. Por eso ‎alimenta y utiliza a los yihadistas en todas partes del mundo, en aplicación de la doctrina
‎Rumsfeld-Cebrowski ‎ [2]‎‏. Pero la idea de un acuerdo como ‎el de Yalta es, por el contrario, una apuesta de las partes por la estabilidad… precisamente lo que ‎Moscú predica sin descanso desde hace más de dos décadas. ‎

El presidente Biden planeó reunirse con sus socios británicos para fortalecer su alianza según el ‎modelo de la Carta Atlántica, reunir después a sus principales aliados en el marco del G7 y ‎finalmente reunirse también sus aliados militares y civiles de la OTAN y la Unión
Europea. Y sólo ‎después de haber garantizado que todos se mantienen fieles a Washington, Biden sostendrá el ‎encuentro pactado con el presidente ruso, Vladimir Putin, en Ginebra, el 16 de junio. ‎

Pero todo eso es tremendamente paradójico ya que de hecho se trata de que la administración ‎Biden haga exactamente lo mismo que le impidieron hacer a la administración Trump. Se han ‎desperdiciado 4 años. ‎


(Continuará)


Notas:

[1] «Polémica en el Pentágono sobre la manera ‎de lidiar con China», Red Voltaire, 11 de junio de 2021.

[2] ‎«El proyecto militar de Estados Unidos para ‎el ‎mundo» y «La doctrina Rumsfeld-‎Cebrowski», por Thierry Meyssan, ‎‎Red Voltaire, 22 ‎de ‎agosto ‎de 2017 y 25 de mayo de 2021.‎


***

Título: LA FORMACIÓN DE UN NUEVO ORDEN MUNDIAL – 2ª PARTE

Subtítulo: Encuentro Biden-Putin, más parecido a ‎un Yalta II que a la capitulación ‎de Berlín‎

Epígrafe: Después de haber sufrido una humillante derrota en Siria, Estados Unidos fue ‎a Ginebra para aceptar las condiciones del vencedor. El encuentro del 16 de junio ‎de 2021 entre Joe Biden y Vladimir Putin podría significar el fin de las hostilidades… ‎si la administración Biden finalmente contiene a sus tropas. Las potencias de Europa ‎occidental tendrán que pagar la factura mientras que China se ve confirmada en su ‎estatus de socio de Rusia.‎

Texto: A raíz de la victoria en Siria frente a Estados Unidos y sus aliados, el presidente ruso Vladimir ‎Putin impuso las condiciones de Rusia al presidente Joe Biden, líder de los vencidos.‎

La Tercera Guerra Mundial que tuvo lugar en Siria, con la participación de 119 países, terminó ‎con la victoria de Siria, Irán y Rusia y la derrota militar de los 116 países occidentales y aliados de ‎Estados Unidos que se implicaron en ese conflicto. Para los vencidos, ha
llegado el momento de ‎reconocer sus crímenes y de pagar por los daños humanos y materiales que provocaron con ‎sus actos –al menos 400 000 muertos y daños a la infraestructura siria que se elevan a unos ‎‎400 000 millones de dólares. A esas cifras habría que agregar costos por 100 000 millones de ‎dólares en armamento ruso. ‎

Pero las potencias occidentales no vivieron esa guerra en sus propios territorios. Tampoco ‎sufrieron en carne propia las consecuencias de batallas en las que participaron ‎fundamentalmente a través de intermediarios –los «yihadistas» utilizados como carne de cañón. ‎Por esa razón, las potencias occidentales, a pesar de haber sido derrotadas, han conservado ‎casi intacto su poderío. Estados Unidos sigue estando, junto con Reino Unido y Francia, al frente de una poderosa fuerza de disuasión nuclear.
 ‎
Por lo tanto, el nuevo orden mundial no debe simplemente integrar a la primera potencia ‎económica mundial –China–, que se mantuvo neutral durante la guerra, sino que también tendrá ‎que evitar arrinconar a los perdedores, no empujarlos a la desesperación. Eso resulta
‎especialmente difícil dado el hecho que las opiniones públicas de las potencias occidentales ‎no están conscientes de la derrota militar infligida a sus países y siguen viéndose como ‎vencedores. ‎

Es por eso que Rusia ha optado por percibir compensaciones de guerra sin presentarlas como ‎tales, por no estrangular militarmente a la OTAN y evitar la difusión pública de sus decisiones. ‎En cuanto a la forma, la cumbre entre Putin y Biden puede considerarse más bien como un ‎‎“Yalta II” –con la repartición del mundo entre dos potencias– que como una capitulación similar ‎a la que se firmó en Berlín para concretar la rendición y el fin del III Reich. ‎
Dicho sea de paso, es importante que observemos que Estados Unidos no ha sido considerado ‎responsable de la destrucción de Libia ya que en aquella época Washington contó con apoyo del ‎entonces presidente ruso, Dimitri Medvedev. ‎

Una cumbre opaca

Rusia no quiso ofrecer al mundo la imagen del vencedor que aplasta a las potencias occidentales. ‎Antes del encuentro en Ginebra, se anunció a los medios de difusión que los presidentes Biden ‎y Putin no ofrecerían una conferencia de prensa conjunta –no era posible
presentar una narración ‎aceptable para ambos bandos. Nunca hubo una reunión cumbre con tan mala cobertura ‎de prensa desde 2014, año de la incorporación de Rusia al conflicto en Siria. Los presidentes ‎dieron cada uno su propia conferencia de prensa, la seguridad
tuvo que intervenir para ‎controlar el tumulto entre los periodistas. Pero, al final, todo transcurrió como se había ‎planificado: los periodistas no entendieron prácticamente nada y sólo pudieron reseñar algunos ‎detalles sin importancia.
 ‎
La opinión pública estadounidense cree que Rusia trató de manipular las dos últimas elecciones ‎presidenciales a favor de Donald Trump, que Rusia atacó sitios web oficiales en Estados Unidos, ‎que el Kremlin envenenó a varios opositores y que la Federación Rusa amenaza militarmente a ‎Ucrania. ‎

Por boca del presidente Putin, Rusia desmintió todas esas acusaciones infantiles y después ‎ponderó generosamente al “gran” presidente Joe Biden, elogiando su experiencia, la calidad de ‎sus intercambios e incluso –con la mayor seriedad del mundo– destacó la lucidez de este ‎personaje, visiblemente senil. ‎

Decisiones que Moscú impuso

- En el plano militar, lo importante era garantizar que Estados Unidos no siga modernizando su ‎arsenal nuclear ni sea capaz de concebir artefactos hipersónicos. El presidente Biden anunció en la apertura de la cumbre que Estados Unidos volverá a las ‎negociaciones sobre la reducción de su armamento, que Washington interrumpió unilateralmente ‎durante la guerra en Siria (la Tercera Guerra Mundial). No sabemos qué medidas se han ‎adoptado para evitar que Occidente se dote de misiles hipersónicos pero, teniendo en cuanto ‎la ventaja de Rusia en ese sector, Moscú y Washington pueden reducir drásticamente sus ‎arsenales de misiles nucleares sin afectar por ello el actual predominio ruso. El desarme ‎estadounidense favorecería la paz.‎

El presidente Biden incluso reconoció que Estados Unidos debería abrogar la ley del 18 de ‎septiembre de 2001 (Authorization for Use of Military Force of 2001), que autoriza el uso de la ‎fuerza militar, o sea la doctrina Rumsfeld-Cebrowski de guerra sin fin ‎ [1]‎.


- En el plano económico, Rusia exigió que se garanticen sus ingresos. Así que Estados Unidos ‎aceptó –el 19 de mayo– que la actividad industrial de la Unión Europea deje de utilizar petróleo ‎producido en Occidente y que funcione con gas ruso. Washington anunció el
levantamiento de las ‎sanciones que había adoptado contra las empresas implicadas en la construcción del gasoducto ‎Nord-Stream 2. ‎

Es evidente que el precio de ese gas no corresponderá a su valor comercial real ya que será ‎el pago de la deuda de guerra contraída con Rusia, aunque Europa occidental todavía conserva ‎opciones que le permitirían escapar a esa sobrefacturación. Alemania y Francia
podrían verse ‎eximidas del pago de esa deuda de guerra dado el hecho que el entonces canciller alemán ‎Gerhard Schroder y Francois Fillon, en aquella época primer ministro de Francia, siempre ‎se opusieron a esa guerra. Hoy en día, el socialista Gerhard Schroder es
miembro del consejo ‎de administración del gigante ruso Rosneft –número 1 mundial en la extracción y venta de gas– y ‎el gaullista Francois Fillon está a punto de entrar en el consejo de dirección de la compañía ‎petrolera estatal rusa Zaroubejneft. Sin embargo, Alemania y Francia tendrían que poner fin ‎definitivamente a las hostilidades –Alemania todavía mantiene soldados en la gobernación siria de ‎Idlib y Francia tiene militares en Yalabiyah– y habría que condenar públicamente a los principales ‎actores de toda esta matanza, como el alemán Volker Perthes [2] y el ex presidente francés ‎Francois Hollande.


- En el plano diplomático, Moscú y Washington anunciaron el regreso de sus embajadores ‎respectivos a sus sedes diplomáticas. Sólo quedaban por definir las zonas de influencia de ambas ‎potencias. ‎Primero que todo, el presidente Putin anunció a Estados Unidos las líneas que no debe cruzar:

1) Prohibición de incorporar Ucrania a la OTAN y de desplegar armas nucleares en ‎suelo ucraniano;

2) prohibición de inmiscuirse en Bielorrusia;

3) prohibición de intervenir en la política interna de Rusia. ‎

Se decidió que el Medio Oriente ampliado o Gran Medio Oriente quede bajo la influencia conjunta ‎ruso-estadounidense, con excepción de Siria que queda directamente bajo la protección ‎de Rusia. Se decidió también que los musulmanes sunnitas quedarán divididos en dos grupos, ‎para evitar un resurgimiento del Imperio otomano; que Siria –no Irán– encabezará una zona que ‎abarcará Líbano, Irak, Irán y Azerbaiyán, también en aras de prevenir un resurgimiento del ‎Imperio otomano. Como punto final, Israel tendrá que abandonar el proyecto expansionista ‎de Zeev Jabotinsky. ‎

En Moscú saben que la aplicación de esos acuerdos encontrará la oposición de ciertos ‎responsables estadounidenses, que sin embargo evitarán manifestarse directamente en contra y ‎tratarán más bien de sabotearlos a través de terceros. En todo caso, Washington ya había informado ‎‎–desde el 2 de junio– a todos los Estados del Medio Oriente ampliado su decisión de retirar su ‎dispositivo antimisiles, conformado por los sistemas Patriot y THAAD. ‎

El lugar de China

En cuanto al Extremo Oriente, Rusia rechazó enérgicamente las propuestas de aliarse con ‎Occidente en contra de China. Basándose en la historia, Rusia estima que China no reclamará la ‎Siberia oriental mientras logre mantener las potencias occidentales a raya. Eso
explica por qué ‎el presidente Putin reafirmó, justo antes de su encuentro con Biden que Rusia no ve a China ‎como una amenaza. ‎

Desde el punto de vista ruso, el desarrollo económico de China es perfectamente normal –si bien ‎viola ciertas reglas de la globalización al estilo occidental, el desarrollo económico de China ‎se basa en una doctrina nacionalista enteramente legítima. El comunicado final del
G7, que ‎condena a China y pretende imponer su propia concepción del comercio mundial, no pasa de ‎ser un simple delirio de actores que aún pretenden vivir de glorias pasadas. ‎

De todas formas, Pekín optó por garantizar su desarrollo económico absteniéndose de implicarse ‎en el conflicto, así que ahora no puede exigir privilegios. Moscú es favorable a una “retrocesión” ‎de Taiwán a la República Popular China pero sin enfrentamiento militar. La intención de Moscú es reunir los esfuerzos políticos de Rusia y los esfuerzos económicos ‎de China a través de la Gran Asociación Euroasiática, especialmente para desarrollar ‎conjuntamente la Siberia rusa oriental. Por eso Rusia ha emprendido la construcción de la
vía ‎férrea transiberiana y de la vía llamada Magistral entre el lago Baikal y el río Amur, los corredores ‎de transporte Primorye-1 y Primorye-2, la Ruta de la Seda del Norte, la vía exprés Europa-China ‎Oriental, la ruta Norte-Sur y el corredor económico Rusia-Mongolia. A esa conexión del espacio ‎ruso con las rutas chinas de la seda hay que agregar toda una serie de proyectos comunes en ambos ‎países, por un monto total que sobrepasa los 700 000 millones de dólares. ‎

Las expectativas de Estados Unidos

Las proposiciones de Estados Unidos sobre la ciberseguridad no son un tema que pueda tratarse ‎de forma bilateral. El gobierno ruso sabe mejor que nadie que no ordenó ataques informáticos ‎contra las elecciones presidenciales estadounidenses ni contra los sistemas 
informáticos de ‎agencias públicas de Estados Unidos. ‎Los ataques informáticos provienen de hackers privados, que a veces actúan –como los antiguos ‎corsarios– por cuenta de algun Estado. El Centro Nacional Ruso sobre los Incidentes ‎Informáticos (NKTsKI), un departamento del FSB creado hace 3 años, estima que, a pesar de las ‎alegaciones de los medios occidentales de difusión, al menos un 25% de los ataques informáticos ‎se originan en… Estados Unidos.
 ‎
Rusia logró, el 31 de diciembre de 2020, que la Asamblea General de la ONU creara ‎‎(A/RES/75/240) un «grupo de trabajo de composición no limitada (OWEG) sobre la seguridad de la ‎actividad numérica y su utilización (2021-2015)», que será la única estructura con competencia en ‎materia de ciberseguridad. Moscú apunta así a devolver a las Naciones Unidas el papel de foro ‎mundial democrático que le fue arrebatado durante la agresión extranjera contra Siria, conflicto ‎que convirtió la ONU en simple correa de transmisión de los halcones de Washington. ‎


Notas:

[1] ‎«El proyecto militar de ‎Estados Unidos para el ‎mundo» y «La doctrina ‎Rumsfeld-Cebrowski», por Thierry Meyssan, ‎‎Red Voltaire, 22 ‎de ‎agosto ‎de 2017 y 25 de mayo de 2021.‎

[2] Sobre el papel del alemán Volker ‎Perthes en la agresión extranjera contra Siria, ver «Alemania y Siria» y «Alemania y la ONU contra Siria», por Thierry ‎Meyssan, Red Voltaire, 20 de junio de 2018 y 28 de enero de 2016.



jueves, 18 de marzo de 2021

Primera guerra del litio


Es curioso cómo va decantando la información relativa a los recursos naturales del Tercer Mundo y los intereses que estos crean. Esta mañana nos topamos con la nota que sigue, de Thierry Meyssan para Red Voltaire:


Título: El derrocamiento de Evo Morales y la primera guerra del litio

Epígrafe: Desde finales del siglo XIX, el mundo se había acostumbrado a las guerras del petróleo. ‎Pero ahora comienzan las guerras del litio, que es un mineral fundamental para la fabricación de ‎teléfonos celulares… y también para la de automóviles eléctricos. Un historiador y ‎un periodista británicos lograron obtener una serie de documentos del Foreign Office –‎el ministerio de Exteriores del Reino Unido– que demuestran que Londres organizó ‎de punta a cabo el derrocamiento del presidente de Bolivia, Evo Morales, para ‎apoderarse de las reservas de litio de ese país. ‎

Texto: Mientras entretenía al público con sus payasadas, Boris Johnson supervisó el derrocamiento ‎del presidente Evo Morales en Bolivia, ocupó la isla de Socotra y organizó la victoria de ‎Turquía sobre Armenia… sin que nadie mencionara nada de eso.‎

¿Recuerdan ustedes el derrocamiento del presidente boliviano Evo Morales, a finales de 2019? ‎En aquel momento, la prensa dominante anunciaba que Morales había transformado su país en ‎una dictadura y que “el pueblo” lo había sacado del poder. Por su parte, la Organización de ‎Estados Americanos (OEA) publicó un informe donde “certificaba” que había existido fraude en la ‎elección presidencial boliviana –en la cual Evo Morales había sido reelecto en primera vuelta– y ‎que lo ocurrido no era un golpe de Estado sino un “regreso a la democracia”. ‎

Para no acabar como el presidente chileno Salvador Allende, Evo Morales se fue a México, donde ‎denunció que había sido objeto de un golpe de Estado organizado por fuerzas deseosas de ‎apoderarse de las reservas de litio de Bolivia. Al no ser capaz de identificar a quienes se movían detrás ‎de los golpistas, su denuncia fue ridiculizada en Occidente. ‎

Sólo nosotros, desde la Red Voltaire, revelamos entonces que la operación que derrocó ‎al presidente Evo Morales había sido ejecutada por una comunidad de católicos croatas ‎descendientes de ustachis (también llamados “ustachas”), asentada en el departamento boliviano ‎de Santa Cruz desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, en realidad una de las redes stay-‎behind montadas por la OTAN después de aquel conflicto [1].‎

Un año más tarde, el candidato del partido del presidente Evo Morales –el Movimiento ‎al Socialismo (MAS)– ganó por amplia mayoría una nueva elección presidencial [2]. Esta vez no hubo reclamos sobre la ‎legitimidad de la elección y Evo Morales pudo regresar a su país, donde fue acogido triunfalmente ‎‎–aunque ya no como presidente de Bolivia [3]. La supuesta dictadura ‎de Morales nunca existió pero la que Jeanine Áñez había instalado –gracias a la complicidad de ‎los altos mandos del ejército y de la policía– acababa de ser expulsada del poder mediante ‎las urnas. ‎

En Londres, el historiador Mark Curtis y el periodista Matt Kennard lograron acceso a documentos ‎desclasificados del ministerio británico de Exteriores (Foreign Office). Y acaban ‎de publicar sus conclusiones en el sitio web Declassified UK, asentado en Sudáfrica desde que fue ‎blanco de la censura militar en Reino Unido [4].‎

A lo largo de su carrera, Mark Curtis nos ha mostrado que la descolonización no modificó la ‎política del Reino Unido. Nosotros mismos ya hemos citado sus trabajos en al menos una ‎decena de artículos publicados en Red Voltaire. ‎

El nuevo trabajo de Mark Curtis muestra que el derrocamiento del presidente boliviano Evo ‎Morales fue resultado de una orden del ministerio británico de Exteriores y de varios elementos ‎de la CIA estadounidense, y que no pasó por la administración Trump. El objetivo de la operación ‎era hacer posible el saqueo del litio boliviano, que despierta la ambición del Reino Unido en el ‎actual contexto de la transición energética.‎

En 2009, la administración Obama ya había emprendido en Bolivia una intentona golpista, ‎frustrada por el presidente Evo Morales y cuyo resultado fue la expulsión de varios diplomáticos y ‎funcionarios estadounidenses en aquel país. Por su parte, la administración Trump parece haber ‎aparentado que dejaba las manos libres a los neoconservadores en América Latina, aunque ‎impidiéndoles sistemáticamente proceder a la ejecución final de sus planes. ‎

El litio es un elemento fundamental en la fabricación de baterías y está presente en los llamados ‎‎“salares” existentes en las montañas de Chile, Argentina y principalmente en Bolivia –países que ‎conforman el «triángulo del litio»–, así como en el Tíbet. Pero también está presente, en forma ‎sólida, en ciertos minerales que se extraen en minas, como en Australia. Actualmente, el litio se ‎ha convertido en un elemento clave, más importante incluso que el petróleo, en el contexto de ‎los Acuerdos de París sobre el cambio climático. ‎

En febrero de 2019, el presidente Evo Morales había autorizado el TBEA Group –una empresa ‎china– a explotar las principales reservas de litio de Bolivia. Así que en Londres se trazó un plan ‎para robar el litio boliviano. ‎

Evo Morales, dirigente aymara, fue electo presidente de Bolivia en 2006. Había llegado ‎al mundo de la política a través del sindicalismo, como dirigente de los pequeños productores de ‎hoja de coca –una planta local prácticamente indispensable para las poblaciones que viven a ‎grandes altitudes sobre el nivel del mar, pero que también puede ser procesada para convertirla ‎en la conocida cocaína, la poderosa droga públicamente prohibida en Estados Unidos. ‎Al convertirse en el primer miembro de los pueblos originarios electo presidente de Bolivia, Evo ‎Morales encarnó el regreso de esas poblaciones al poder, al que nunca habían tenido acceso ‎desde la colonización española. ‎

En este punto, se impone una pequeña cronología:‎

- Ya en 2017-2018, el Reino Unido había enviado expertos a la empresa nacional boliviana ‎Yacimientos de Litio Bolivianos (YLB) para evaluar las condiciones para la eventual explotación de ‎las reservas de Bolivia.‎

- En 2019-2020, Londres financia un estadio para «optimizar la exploración y la producción del litio ‎boliviano utilizando la tecnología británica».‎

- En abril de 2019, la embajada del Reino Unido en Buenos Aires organiza un seminario con ‎representantes de Argentina, Chile y Bolivia, responsables de empresas mineras y responsables ‎gubernamentales, para presentarles las ventajas que representaría para ellos trabajar con la ‎London Metal Exchange –la Bolsa de Metales de Londres. El gobierno del presidente Evo Morales ‎envió un ministro como representante de Bolivia.

- Justo antes del derrocamiento del presidente Evo Morales, el Banco Interamericano de ‎Desarrollo (BID) estuvo financiando los proyectos británicos.

- Mucho antes del golpe contra el presidente Evo Morales, el ministerio británico de Exteriores ‎recurrió a una empresa de Oxford –Satellite Applications Catapult– para cartografiar las reservas ‎de litio. El mapa así obtenido fue distribuido por el Banco Interamericano de Desarrollo –el ya ‎mencionado BID– sólo después del derrocamiento de Evo Morales.

- Meses después del derrocamiento de Evo Morales, la embajada del Reino Unido en Bolivia y la ‎empresa Watchman UK organizaron un seminario con 300 actores del sector del litio. ‎Watchman UK se especializa en cómo manipular poblaciones enteras para llevarlas a participar ‎en proyectos contrarios a sus propios intereses, o sea en cómo evitar que esas poblaciones ‎se rebelen. ‎

Antes y después del golpe de Estado contra el presidente Evo Morales, la embajada británica ‎disminuyó su actividad en La Paz –la ciudad sede del gobierno boliviaano– para concentrar ‎su interés en la región de Santa Cruz, donde los descendientes de los croatas ustachis habían ‎obtenido legalmente el poder. La embajada británica comenzó a realizar allí numerosos eventos ‎culturales y comerciales. ‎

Para neutralizar a los bancos bolivianos, la embajada británica organizó –8 meses antes del golpe ‎de Estado– un seminario sobre seguridad informática. En ese evento fue presentada la firma ‎DarkTrace (creada por el MI5 británico) y se explicó a los participantes que sólo los ‎establecimientos bancarios que utilizaran los servicios de DarkTrace podrían trabajar con la City ‎londinense. ‎

Mark Curtis y Matthew Kennard señalan que Estados Unidos no participó oficialmente en ‎el golpe contra Evo Morales… pero varios funcionarios salieron de la CIA para orquestarlo. ‎Por ejemplo, DarkTrace reclutó a Marcus Fowler, un especialista de la CIA en ciberoperaciones, y ‎a Alan Wade, ex jefe de inteligencia de la CIA. El personal encargado de preparar el golpe era ‎principalmente británico, como los responsables de Watchman UK, Christopher Goodwin-Hudson ‎‎–ex militar de carrera y posteriormente director de la seguridad en Goldman Sachs– y Gabriel ‎Carter –miembro del Special Forces Club de Knightsbridge, quien pasó por Afganistán. ‎

El historiador Mark Curtis y el periodista Matthew Kennard aseguran también que la embajada ‎británica en Bolivia proporcionó a la Organización de Estados Americanos (OEA) los datos que ‎fueron utilizados para «probar» el supuesto fraude en la elección presidencial. Aquel “informe” ‎de la OEA fue posteriormente desmentido por investigadores del Massachusetts Institute of ‎Technology (MIT) [5], antes de que los electores bolivianos se encargaran de desmentirlo ‎definitivamente en las urnas, en la elección siguiente. ‎

Los hechos están confirmando los trabajos del historiador británico Mark Curtis. En 3 años, desde ‎el golpe de Estado en Bolivia –realizado en 2019–, hemos mostrado el papel del Reino Unido ‎en la guerra contra Yemen [6] y en el ‎conflicto del Alto Karabaj (2020) [7].‎

El Reino Unido realiza guerras cortas y operaciones secretas, evitando en la medida de lo posible ‎que su acción quede bajo las luces de los medios. Controla la percepción pública sobre ‎su presencia utilizando para ello una multitud de agencias de prensa y de medios de difusión que ‎Londres subvenciona en secreto. Utiliza todos esos medios y agencias de prensa para explotar ‎el país según su propia conveniencia. E incluso puede hacer durar esa situación por el mayor ‎tiempo posible, manteniendo la certeza de que sus víctimas volverán a recurrir a su supuesta ‎ayuda, lo cual pone a Londres en situación de ser el único actor capaz de aplacar los conflictos ‎que inicia.


Notas:

[1] «Bolivia, laboratorio de una nueva ‎estrategia de desestabilización», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, ‎‎26 de noviembre de 2019.

[2] «Resultado de la elección presidencial en Bolivia.‎ Una sonora bofetada para la ‎‎“coalición occidental”», por el general Dominique ‎Delawarde, Red Voltaire, 22 de octubre de 2020.

[3] «Regreso triunfal de Evo Morales ‎a Bolivia», Red Voltaire, 22 de noviembre de 2020.

[4] “Revealed: The UK supported the coup in Bolivia to ‎gain access to its ‘white gold’”, Matt Kennard, Daily ‎Maverick, 8 de marzo de 2021.

[5] «El fraude de la OEA sobre la elección de ‎Evo Morales», Red Voltaire, 4 de marzo de 2020 y Analysis of the 2019 Bolivia Election, Jack R. Williams y John Curiel, ‎MIT, febrero de 2020.

[6] «La primera guerra de la “OTAN-MO” ‎perturba el orden regional», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 24 de marzo de 2020.

[7] «Victoria de Londres y Ankara en el Alto Karabaj, derrota para Soros y los armenios», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 24 de ‎noviembre de 2020.


viernes, 4 de diciembre de 2020

Metáforas

El martes, a las 7:54 a.m. en Puerto Rico, pasaba esto:

https://www.rt.com/news/508656-arecibo-telescope-collapse-footage


El jueves, a una hora indeterminada, pasaba esto otro:

https://www.globaltimes.cn/content/1208931.shtml


Nada. Metáforas.



lunes, 16 de noviembre de 2020

RCEP (2)

 

Ayer, el órgano semioficioso del Partido Comunista Chino Global Times salió con nada menos que cuatro notas de tapa a hablar sobre el reciente acuerdo económico firmado por 15 países del este de Asia, en lo que se va comprendiendo como el mayor acuerdo comercial del mundo, incluyendo un tercio de la población del planeta y un tercio del PBI global. Lo que significa el acuerdo, los pormenores del mismo, el lugar en que quedan los EEUU ante esta jugada, y la (incómoda) posición de la India, que a último momento se negó a participar de las negociaciones (fíjense que estaba como integrante del acuerdo en el afiche de arriba), constituyen el tema central de estas notas. Por supuesto, hay propaganda (sobre todo en la primer nota), información y mensajes. Quien quiera leer que lea:


Título: RCEP proves that multilateralism is the right path for the world: Global Times editorial

Texto: The Regional Comprehensive Economic Partnership (RCEP) was signed on Sunday by the 15 participating countries via video conference, attracting intensive attention from global public opinion.

Chinese Premier Li Keqiang said that the RCEP is "a victory of multilateralism and free trade." Leaders of other countries who participated in the meeting made similar comments.
We have noticed that many Asian media outlets have welcomed the RCEP and analyzed in their reports how the agreement will improve regional economic and trade cooperation, as well as how it will benefit their countries.

However, some Western media outlets reported that the RCEP is "China-led" or is intended to expand China's influence in Asia, describing China as the biggest beneficiary of the RCEP. From such a geopolitical perspective, they only see that China is in this agreement while the US is not, thus ignoring the RCEP's rich and true constructiveness to the whole region and misunderstanding China's interaction with the world in the 21st century.

The RCEP was initiated by ASEAN. China, Japan, South Korea, India, Australia and New Zealand were invited to participate. India decided to withdraw at the last moment of the negotiations in November 2019. Many major US allies in the Asia-Pacific region are in this agreement, and China cannot dominate the attitude of these countries or the ASEAN's attitude. However, some US and Western elites still believe that China is the "biggest winner" of the RCEP.

There are problems with those people's value system and ability to judge. Their prejudices against China are so deep that their minds become confused whenever China is involved in anything. If China is the so-called winner this time, then it is a win-win situation for all other RCEP members because these countries have strived for their own benefits during the past eight years of negotiations. All countries can only be winners of this agreement.

This is the fundamental way for China's development. China has been seeking a win-win and all-win mode from the very beginning and, like rolling snowballs, has accumulated a large number of common interests around the world. China has always been able to cooperate with the US and its China-wary allies in an effective and mutually beneficial way, prompting international relations to make a big move forward from the old geopolitical direction toward all-win cooperation.

The global map of interests is no longer painted on the basis of spheres of influence. The enrichment and expansion of sovereignty and technological progress make it possible for countries to seek new sources of interests in every part of the world. With the general decline of security threats, economic interests have become more prominent and all countries prioritize economic and social development in their national interests. At the very least, sacrificing the economy for the sake of security is increasingly difficult to justify as a realistic policy. 

Some US and Western elites are indeed behind the times in their way of thinking - they think of China as an "expansionist empire" and see all China's expanded cooperation with whichever country or region as part of its "expansion strategy." In fact, they have really misread China, the times as well as the world.

The RCEP is an open, reciprocal and mutually beneficial cooperation system that will profit the 2.2 billion people in the whole region. The external economic environment which every enterprise and consumer group is connected with has been greatly broadened and they see more opportunities to unlock their development potential. When the businesses and consumers are getting better and better, how could the interests of the nations be harmed?

To sum up, the RCEP proves that the so-called Chinese ambitions and the so-called Chinese expansion in the eyes of some US and Western elites are mixed with too many of their subjective prejudices. In comparison, they also need to reflect on how they have distorted the China-proposed Belt and Road Initiative (BRI) and why the initiative they have been slandering is actually so popular in the vast majority of countries along the BRI route - those countries can't be the fools the US and Western elites have thought they are.

There is no need to overestimate the significance of the RCEP. But it will undoubtedly enhance Chinese people's confidence by showing us that multilateralism is still full of vitality and there is still broad room for us to participate in it. We have so far adhered to the path of mutual benefit and win-win development, and this has turned out to be successful. We will continue to follow the path, and no one can stop us.


***

La nota que sigue es de Wang Jiangyu:


Título: RCEP will end US hegemony in West Pacific

Texto: China and 14 other Asia-Pacific nations, including 10 ASEAN member countries and Japan, South Korea, Australia and New Zealand, are set to sign the Regional Comprehensive Economic Partnership (RCEP) agreement on Sunday. The signatories of the pact, however, do not include the US which has been traditionally regarded as a dominate player in the Asia-Pacific region. 

The conclusion of the RCEP indicates that the majority of Asian countries endorse an Asia-wide regional free trade framework that works to benefit all Asian economies and see it as a landmark step toward achieving closer economic integration in East and Southeast Asia. 
The RCEP sends out the message that Asian countries do not want to choose sides between the US and China. 

More significantly, they are not willing to blindly follow the US and exclude China, the biggest and most vibrant Asian economy, from the region's integration process.  A sound and healthy economic community in Asia cannot be achieved without China's participation. Of course, the concept of open regionalism embraced by China also welcomes America's participation in this cause.

RCEP's rise was initially an ASEAN response to the Trans-Pacific Partnership (TPP), a mega free trade agreement dominated by the US since it joined the negotiations in 2008. TPP membership included some Asian countries, but excluded many others. Most significantly, it excluded China, the world's second-largest economy and the largest trading partner of almost all Asian economies. 

The TPP was also an alarm to ASEAN because, before the TPP, Asian economic integration was driven and led by ASEAN, the largest regional organization in Asia. The TPP would divide Asia, slow down Asia's own economic integration process, and marginalize ASEAN. 

Against that backdrop, Asian economies launched RECP negotiations in 2012, under the leadership of ASEAN and with the enthusiastic support from China and other Asian economies. To some extent, RCEP reflects Asian countries' will to take the matter of regional economic integration in their own hands. Though they all welcome US input in the process, they are not inclined to see TPP-centric encirclement of China.

The RCEP and TPP do not necessarily compete with each other. Instead, they represent different levels of economic openness and liberalisation. The TPP, now effectively the CPTPP, represents "deep integration" and high-degree of liberalization. However, the RCEP takes into consideration the diverse stages of economic development of various Asian countries and aims to cater to countries' individual needs and concerns while still significantly promoting economic integration and liberalization. 

The Trump administration's withdrawal from the TPP in 2016 resulted in America's detachment from the process of Asia's economic integration. The move, representing a Donald Trump-style economic nationalism and isolationism, was quickly followed by the Indo-Pacific strategy, a pro-active geopolitical initiative aimed at establishing a "united front" in the form of an alliance or quasi-alliance to contain China's rise. 

During the same period, Asian economic integration moved steadfastly and will soon see the fruit in the form of the RCEP. In this sense, the RCEP represents the failure of the Trump administration's attempted encirclement of China in western Pacific.

The Trump administration's jettisoning of the TPP and promotion of "America First" unilateralism have raised doubts among Asian countries about US willingness to trade with the region on mutually beneficial basis.

It is, however, highly likely that the Biden administration will change the Trump course and be more engaging in dealing with Asia on the economic front. In this sense, the successful conclusion of the RCEP might raise the alarm to a new and different US government. One should not take it as a surprise if the new Joe Biden presidency uses the RCEP to hype "China threat" in order to build consensus in the US to join the TPP again. 

Asia, in the spirit of open regionalism, welcomes more countries to join its regional integration project. If the US wishes to restart its TPP accession, the barriers it will face will not be in Asia, and may not even come from China. 

Even if Biden himself strongly hopes to resume the TPP membership, it might still take a long time for the US to reopen the process. The sentiment of economic nationalism in American society runs noticeably deep, and many Democrats, the political base of Biden, certainly are not the best friends of free trade. Candidate Hillary Clinton, when campaigning against Trump in 2016, vociferously objected to the TPP. It will be a painful process for Biden to develop a new narrative.

In an ideal world, trade as an economic phenomenon should run its own course based on each trading nation's comparative advantage, without the interference of politics. In the real world, global trading is always tainted by domestic affairs and geopolitics. 

In this new round of China-US economic competition, the next key issue to watch is the global supply chain. Although former President Barack Obama and Trump are very different leaders, their trade policies share one common goal. That is, the US government, be it controlled by the Republicans or Democrats, is expected to alter the China-centred global supply chain and bring the gravity of the global production networks back to the US and its allies. 

At least, they probably both wish to move China out of the central position in the global supply chain networks. The difference is Obama implemented it through the alliance-building effort of TPP while Trump resorted to tariffs war. Further, Obama might have been willing to allow China to join, provided China could meet the high standards contained therein. Trump's aggressive unilateralism, in contrast, was perceived in China as overwhelmingly a geopolitical strategy to contain China and impair its "right of development".

The US-China rivalry has however reached the stage where neither country can supress the other's development. At least from a trade perspective, a containment strategy undermines global welfare as well as damages both countries' economic interest. Unfortunately, this common sense has not been taken seriously by American policy elites.

In this context, we should not have the delusion that pre-Trump globalization will be fully resumed. Insofar as the production networks are concerned, what is more likely to happen is the parallel existence of two global supply chains in Asia and North America, with China and the US as the respective leading players. Of course, most countries, including notably the European economies, will participate in both supply chains.


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De Cheng Hanping:


Título: RCEP redefines new era of globalization as US juggles its unilateral dilemmas

Texto: The Regional Comprehensive Economic Partnership (RCEP), a free trade agreement initiated by ASEAN in 2012, was signed virtually on Sunday. The RCEP was originally between 10 ASEAN members and six other countries, namely China, Japan, South Korea, India, Australia and New Zealand.

RCEP is huge in size and covers a wide range of issues from trade in goods, dispute settlement, and investment in intellectual property, digital trade, finance and telecommunications. Although India decided to withdraw from RCEP negotiations due to disputes over tariffs and trade deficits with other countries, the remaining 15 members have been working hard. They eventually signed the world's largest trade pact.

RCEP will create the world's largest free trade zone. The signing of the agreement also has many special meanings. Usana Berananda, Thailand's director-general of the Department of ASEAN Affairs, said on November 5 that this will be the first-ever virtual signing of an agreement that ASEAN has undertaken. RCEP has become even more important with the COVID-19 pandemic still raging. All countries need to seek more extensive cooperation in the context of the public safety crisis. The signing of RCEP is a major victory of multilateralism over unilateralism, and an inevitable choice for participating countries to deal with challenges in a fast-changing world.

Going forward, the Asia-Pacific region will be further integrated and reach in-depth cooperation like never before. RCEP will help China and ASEAN enhance strategic mutual trust and cooperation, promoting a community for a shared future for both sides.

It also shows that China and ASEAN have the responsibility to jointly fight against anti-globalization and trade protectionism, and strive to bring bright prospects to the region and the world. Despite the severe economic impacts of COVID-19, the trade volume between China and ASEAN has risen against the downward trend. In fact, ASEAN overtook the EU to become China's largest trading partner during the January-June period.

The signing of RCEP also echoes well with China-proposed Belt and Road Initiative (BRI) to promote regional integration and further strengthen policy communication with countries along the BRI. Based on the Joint Leaders' Statement on the RCEP issued in November 2019, they agreed to directly promote the connection of facilities with BRI construction. It is believed that the China-Laos railway and the China-built Jakarta-Bandung high-speed railway will soon bring benefits to people in the region.

Obviously, the BRI brings mutual benefits. In the critical period of fighting COVID-19, the BRI has shown its unique advantages between China and ASEAN.

However, the signing of RCEP will be a blow to the Trump administration, which has hyped up trade frictions at all costs. This explains why Marc Knapper, US deputy assistant secretary for Korea and Japan, said Japan and South Korea "should be able to stand up and speak out when we see bad behavior from China."

Faced with RCEP's signing, Washington has very few options left. One of the options is that once Joe Biden takes office, the US may return to the Trans-Pacific Partnership (TPP) which former president Barack Obama had promoted. But after the US' withdrawal, TPP has already been changed into the CPTPP - Comprehensive and Progressive Agreement for Trans-Pacific Partnership.

Being "comprehensive" and "progressive," CPTPP has become more feasible. Previously, the TPP was mainly focused on trade, but CPTPP also includes investment. The 11 members of CPTPP are all members of APEC, and they share a common will for further development. The US is only an outsider in the CPTPP. If it chooses to return to the partnership, will it be willing to accept the position as a newcomer? Or will it show its arrogance again?

The US is very likely to use all means, including confrontation, hostility and smear campaigns to interfere with RCEP's operations. Doesn't Knapper's move to incite South Korea and Japan explain it all?

If the US returns to CPTPP, Washington will try to turn it into a platform against RCEP. With growing populism and a paranoid Cold War mentality, the US is likely to continue its new economic and trade cold war with China. But the choice is not in the US' hands, but in the hands of CPTPP members. In a new era of globalization with win-win cooperation strategies, one must ask, will they abandon multilateralism and turn to unilateralism?


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Finalmente, esta nota de Qian Feng:


Título: Indo-Pacific strategy upholder India misses the bus of RCEP and long-term growth

Texto: The signing of the Regional Comprehensive Economic Partnership (RCEP), which covers 15 countries and 30 percent of the global economy, undoubtedly offers a driving force for the involved economies to regain growth momentum to struggle out of the COVID-19 mire and win advantages during the post-pandemic era. 

But India, which has long pursued a relatively conservative economic strategy, is not on the list. After seven years of negotiation, the populous South Asia country dropped out of RCEP-related talks at the end of 2019. 

With the world's second-largest number of novel coronavirus infections so far, India may miss a new round of regional industrial reconstruction and the fast lane of economic recovery.
Citing concerns over the competitiveness of Chinese products, India has been actively trying to cut economic ties with China, and once declared its intention to stay out of all international economic agreements involving China. However, the signing of the RCEP may have left India with less space to carry on with its plan of decoupling from China.

Alongside New Delhi's reckless efforts to provoke China on the borders, India intended to take the chance of the US-led "decoupling from China" campaign and take over industries that were relocating from China, which is just a wish now due to insufficient infrastructure, among India's other limitations.

The other path that India chose and bet on was getting closer to the Western world, as well as Japan and Australia, with an aim of reshaping the global industrial chain without (or with less of)  the involvement of China, Asia's largest and the world's second-largest economy.

Together with Japan and Australia, India has been pushing a so-called Supply Chain Resilience Initiative (SCRI), intending to reduce reliance on Chinese industrial chains. Without any practical progress on the SCRI, now Japan and Australia are on the RCEP list, joining China, South Korea, New Zealand and 10 members of the Association of Southeast Asian Nations (ASEAN), to foster a free trade zone that is regarded as one of the largest in the world.

Meanwhile, the Indo-Pacific strategy, which India has been actively upholding with the US and others, was essentially a political or security-related strategy, and it carries little economic meaning. Driven by New Delhi's political inertia of slumping within the framework of the Indo-Pacific strategy while cutting ties with China, it has been sliding further away from the development of regional economic integration, which is a more secure and stable economic path - especially in the post-pandemic era.

Most of the Asian economies that have experienced fast growth were initially boosted by exports, a path that cannot be sustained based on a closed economy. Isolating itself from a nearby huge free trade zone will mean a loss of opportunities for the Modi administration's ambitious Make-in-India plan.

As the deadly pandemic continuously swept the world, leaders of 15 countries signed the mega trade deal via a video conference. Chinese Premier Li Keqiang said that signing of the RCEP is not only an achievement of landmark significance in East Asian regional cooperation, but also a victory of multilateralism and free trade.

Under the comprehensive and high-level RCEP, the elimination of tariff and non-tariff barriers alone is estimated to boost the economic growth of the Asian-Pacific region by 2.1 percent, and the global economy by 1.4 percent, according to Chinese economic newspaper Economic Daily.

The Indian economy has been hit hard by COVID-19 and recorded a record contraction during the April-June quarter of 23.9 percent. According to an IMF estimate, it may shrink 10.3 percent in 2020. Though the RCEP may still leave a chance for India, it will be hard for the nation to reset its direction unless New Delhi clearly realizes that its core interest has been hindered by its skewed strategy.



domingo, 15 de noviembre de 2020

RCEP

 


Muy a propósito de nuestro post de ayer, nos acabamos de enterar que quince naciones asiáticas firmaron estos días el acuerdo comercial más importante del mundo. Lo llaman Regional Comprehensive Economic Partnership, (RCEP por sus siglas en inglés). China lidera los acuerdos, claro. Lo notable del caso es que son de la partida países que juegan usualmente en Occidente, como Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelandia. Según el autor de la nota que sigue (para el sitio web Moon of Alabama) el acuerdo consolida la hegemonía china en Asia, nada menos. Acá va: 


Título: The Huge New Trade Deal 'Western' Media Do Not Like To Talk About

Texto: Tomorrow a new trade agreement between 15 Asian states will be signed. It will soon be seen as a milestone in the global economic history. But only very few 'western' media have taken note of it or of the huge consequences the new agreement will have.

The agreement is also a huge victory for China over U.S. hegemony in Asia:

Fifteen Asia-Pacific nations including China and Japan plan to sign the world’s biggest free trade deal this weekend. The FTA will cut tariffs, strengthen supply chains with common rules of origin, and codify new e-commerce rules. The Regional Comprehensive Economic Partnership (RCEP) is expected to be announced at the Association of Southeast Asian Nations (ASEAN) Summit, which Vietnam is hosting virtually. It will involve the ten member states of the ASEAN bloc – Brunei, Cambodia, Indonesia, Laos, Malaysia, Myanmar, the Philippines, Singapore, Thailand and Vietnam – as well as their trade partners Australia, China, Japan, New Zealand, and South Korea.

The new economic bloc will thus represent around a third of the world’s gross domestic product and population.

It will become the first-ever free trade agreement to include China, Japan, and South Korea – Asia’s first, second and fourth-largest economies.

The economies of the RCEP members are growing faster than the rest of the world. The agreement is likely to accelerate their growth.

India is the only country that was invited but is missing in the deal. Its Hindu-fascist Modi regime had bet on the U.S. led anti-Chinese QUAD initiative pressed for by Trump and Pompeo and thereby lost out in trade terms:


Prime Minister Narendra Modi’s remarks at the 17th ASEAN-India Summit on November 12 makes sad reading. It comes in the specific context of the signing of the Regional Comprehensive Economic Partnership [RCEP] on Sunday — the mega free trade agreement centred on the ASEAN plus China, Japan and South Korea.

Modi avoided mentioning RCEP, although it signifies a joyful occasion in ASEAN’s life as much as Diwali is for an Indian. He instead took detours — ‘Make in India’, ‘Act East Policy’, ‘Indo-Pacific Oceans Initiative’, ‘ASEAN centrality’.
...

To be sure, RCEP heralds the dawn of a new post-Covid regional supply chain. As a new RCEP supply chain takes shape, India has not only excluded itself but is unwittingly facilitating its “arch enemy” China to become the principal driver of growth in the Asia-Pacific.

On the other hand, extra-regional economic ties cease to be a priority for the ASEAN, in relative importance. There isn’t going to be any takers in the Asia-Pacific region for even a partial US-China “decoupling”. The RCEP is in reality an ASEAN-led initiative, which is built on the foundation of the six ASEAN+1 FTAs and it secures ASEAN’s position at the heart of regional economic institutions.


The U.S. Pivot to Asia, launched under the Obama administration, as well as the anti-Chinese 'decoupling' initiatives by the Trump administration have thereby failed.

One would have expected that such a gigantic trade agreement with its extensive geopolitical consequences would find some echo in the U.S. media. But a search for 'RCEP' on the site of the New York Times finds only one mention from 2017. It is about a letter five U.S. ambassadors had sent to warn of the demise of the Transpacific Trade Agreement, an Obama initiative that excluded China:


The partnership, called the TPP, was a hallmark of the Obama administration. It would have been one of the largest trade agreements in history, covering about 40 percent of the world’s economy and setting new terms and standards for trade for the United States and 11 other Pacific Rim nations. China was not included but would have been able to join.

...
In their letter, the ambassadors warn that “walking away from TPP may be seen by future generations as the moment America chose to cede leadership to others in this part of the world and accept a diminished role.”

“Such an outcome would be cause for celebration among those who favor ‘Asia for the Asians’ and state capitalism,” it added.


The Ambassadors were right. But domestic U.S. policies (and resistance to 'liberalization' from Asian countries) did not allow for such an agreement to happen:


The 2016 presidential race was shaped by anti-globalization trends. Donald J. Trump promised to destroy the pact if he became president. Hillary Clinton also denounced it, even though she supported a form of it as secretary of state.

Senator Mitch McConnell, Republican of Kentucky and the majority leader, said after the election in November that Congress would not take it up. That meant it was dead.


The RCEP is less controversial in Asia than the U.S. centric TPP would have been:


Unlike the TPP, or Trans-Pacific Partnership, and other U.S.-led trade deals, the RCEP doesn’t require its members to take steps to liberalize their economies and protect labor rights, environmental standards and intellectual property. U.S. Commerce Secretary Wilbur Ross has called it a “very low-grade treaty” that lacks the scope of the TPP. But RCEP’s imminent implementation illustrates America’s diminished clout and could make it harder for U.S. businesses to compete in the vast region.


While it has less regulations and 'liberalization' requirements than the U.S. had wanted to sneak into the TTP deal the RCEP is still comprehensive enough to have huge effects:


Malaysian Trade Minister Azmin Ali, who told reporters the deal would be signed on Sunday, called it the culmination of “eight years of negotiating with blood, sweat and tears.”

First proposed in 2011, RCEP will eliminate as much as 90 percent of the tariffs on imports between its signatories within 20 years, and the deal will come into effect by early as next year. It will also establish common rules for e-commerce, trade, and intellectual property.

“China has pulled off a diplomatic coup in dragging RCEP over the line,” Shaun Roache, Asia-Pacific chief economist at S&P Global Ratings, told Bloomberg. “While RCEP is shallow, at least compared to TPP, it is broad, covering many economies and goods, and this is a rarity in these more protectionist times.”


Asian countries will now preferably trade with other Asian countries and every non-Asian country will have to trade with them on only secondary terms.

Yet a news search finds that the upcoming RCEP signing only got a short mention on CNBC, one Bloomberg explainer and a short Reuters piece.

It seems that U.S. media are unhappy to report on such an immense victory for China and the demise of the U.S. position in the world.


sábado, 14 de noviembre de 2020

Mientras

 


Mientras la Gran Democracia del Norte se transforma, paso a paso, en una farsa, en un vodevil dantesco y decadente a la vez; mientras Occidente y su periferia siguen enloqueciendo por una gripe fuerte mientras se destruyen, una a una, las bases de su economía; mientras estallan guerras comerciales entre potencias, guerritas calientes por doquier, guerras civiles latentes o manifiestas en cada rincón del planeta; mientras los chicos de Davos nos cuentan que se viene el Gran Reset y que mejor prepararse para el mundo feliz que nos están preparando; mientras pasa todo eso, China anuncia su próximo Plan Quinquenal. Al respecto, nos gustó esta nota de Alberto Cruz para Red Voltaire. Acá va:


Título: China pone fecha de caducidad a la ‎hegemonía de Estados Unidos

Epígrafe: Los medios de prensa occidentales que han mencionado el 19º Pleno del Comité Central del Partido Comunista Chino –que no han sido muchos– han presentado las ‎decisiones tomadas en ese encuentro como una especie de regreso a la “doxa” ‎económica comunista motivado por las “dificultades” que según ellos están afectando la ‎economía china. El periodista y politólogo Alberto Cruz señala que esas decisiones son la lógica ‎respuesta a la guerra económica que Estados Unidos ha emprendido ‎contra China y también el inicio de una nueva fase en el desarrollo económico ‎mismo del gigante asiático, hoy catalogado como “la fábrica del mundo”.‎

Texto: La última quincena de octubre ha sido crucial para el devenir del mundo. Dicho así parece ‎grandilocuente, sobre todo si se tiene en cuenta que, en apariencia, en esa quincena no ocurrió ‎nada anormal. Sólo en apariencia. Porque lo que ocurrió, sin ser anormal, fue significativo y ‎tuvo lugar en China con la aprobación de una ley muy significativa sobre el control de las ‎exportaciones y la celebración del Pleno del Comité Central del Partido Comunista. Lo que allí ‎se decidió tiene tal relieve que va a reconfigurar el mundo.‎

China está inmersa en una guerra comercial-tecnológica impuesta por Estados Unidos ‎desde 2018. Una forma astuta, y demoledora, de responder a todos y cada uno de los ‎movimientos agresivos de Estados Unidos ha sido adoptar un planteamiento que ha dejado estupefacto al mundo occidental: «la doble circulación». En contra de lo que han dicho algunos ‎en Occidente, no es una medida a corto/mediano plazo para hacer frente a “las dificultades” ‎‎(bonita neolengua) que le crea a China la agresión de Estados Unidos sino que es una nueva estrategia ‎económica que marca un giro casi total de lo que China ha sido hasta ahora y que afecta ‎de lleno a la economía mundial.‎

Sin cerrarse a las inversiones occidentales o renunciar a las exportaciones, China mira ‎decididamente hacia el interior del país (producción, distribución y consumo) con la ‎determinación de reducir su dependencia de la tecnología foránea ‎y de los mercados financieros. ‎En pocas palabras: China ya no seguirá siendo la “fábrica del mundo”.‎

Con esto no hace más que adoptar formalmente una política que ya venía aplicado desde hace ‎algún tiempo y que ha acentuado a raíz de la pandemia de Covid-19, con prácticamente la ‎totalidad de los países occidentales culpando a China de sus propios errores y carencias e ‎iniciando un incipiente proceso de traslado de sus industrias de China hacia otros países asiáticos ‎como Vietnam, Tailandia, Malasia o Camboya aunque, y es justo decirlo, algunos lo hacen a regañadientes ‎y para eludir las sanciones (ilegales según el derecho internacional) de Estados Unidos, seguir ‎comerciando con China y no perder su cuota de mercado en el único país que levanta la cabeza ‎tras la pandemia. ‎

No obstante, China viene a decir “lo queréis así, pues adelante”. Estamos a finales de año y va a ‎ser muy significativo conocer cuál es el porcentaje del comercio exterior chino en 2019. ‎Como dato, en 2018 representó el 32% de su Producto Interior Bruto (PIB). Cuánto haya ‎descendido ahora nos dará una idea de lo que supone esta medida para el mundo.‎
Al mismo tiempo, hay quien no sólo se está disparando en el pie sino también en la cabeza. ‎Es el caso de la Unión Europea, que en su suicida vasallaje a Estados Unidos (al cual supedita ‎su relación no sólo con China, sino también con Rusia) está perdiendo mercados a gran ‎velocidad. Debido a la pandemia, y a la paranoia occidental antichina, la Unión Europea ‎ha perdido el puesto de primer socio comercial de China, lugar que ahora ocupan los países de ‎la Asociación de Estados del Sudeste Asiático (ASEAN) y que en estos 10 meses de 2020 se ha ‎quedado muy cerca de los 500 000 millones de dólares en comercio.‎ ‎
 ‎ ‎

El gran golpe

‎La quincena crucial comenzó el 13 de octubre de 2020, día en que se aprobó una ley de control ‎de exportaciones que, al mismo tiempo, autoriza el gobierno chino a «tomar contramedidas» ‎contra cualquier país que «abuse de las medidas de control de las exportaciones» y represente ‎una amenaza para la seguridad nacional y los intereses de China. ‎

Dicho así, lo anterior parece una ley como tantas, pero lo que hay detrás es la prohibición de ‎vender sustancias estratégicas (especialmente las llamadas “tierras raras”) y tecnología a ‎empresas extranjeras que podrían representar una amenaza para la seguridad nacional de China.‎

Hasta este momento estábamos acostumbrados a oír esa cantinela viniendo de Estados Unidos. ‎Que ahora China la asuma también indica cómo están las cosas y cómo ha decidido China que ‎le da igual quién gane las elecciones estadounidenses. Los dos candidatos son antichinos y ‎sólo difieren en que uno prefiere ir solo (Trump) mientras que el otro (Biden) busca ‎rodearse de vasallos. ‎

En cualquier caso, los chinos saben que el tiempo juega a su favor. Si gana Biden le darán ‎unos meses para que revierta la política contra China impulsada abiertamente por Trump (aunque ‎Obama también dio pasos en esa línea de enfrentamiento que Trump ha acelerado). Eso ‎explica la utilización de la palabra “abuso” en la ley aprobada. Si gana Trump, el tiempo será muy ‎limitado puesto que en la primera sesión de la Asamblea Popular Nacional de 2021 (hay que tener ‎en cuenta cuándo comienza el año chino, que no es el nuestro) se dará la luz verde definitiva a la completa aplicación ‎de la nueva ley, que rompe de forma definitiva con la costumbre de ‎Estados Unidos de imponer sus leyes más allá de sus fronteras ‎ ‎
Si además se tiene en cuenta que China exporta el 70% de todas las tierras raras que ‎se comercializan en el mundo (y se supone que el 95% del total está en su territorio, aunque ‎constantemente se descubren nuevos yacimientos, por ejemplo, en Corea del Norte o ‎en Vietnam) se entenderá lo que esta medida implica ya que las llamadas tierras raras son ‎imprescindibles para todo, desde móviles hasta misiles. Es algo así como “sin tierras raras ‎no hay chips”.‎

La importancia de esta ley reside en que es la primera de ese tipo que China adopta desde que ‎ingresó en la Organización Mundial de Comercio (en 2001). Mientras que Estados Unidos ha ‎estado elaborando a su antojo este tipo de leyes, en contra del mantra liberal del «libre ‎comercio», China se ha mantenido siempre dentro de lo estricto y abogando por “el libre ‎comercio”. Así fue hasta ahora. Con esta ley China aplica el “ojo por ojo”, es decir devuelve a Estados Unidos sus golpes más duros; sólo que con este golpe Estados Unidos queda fuera de la ‎circulación directamente. China le dice a Estados Unidos que ya no puede seguir imponiendo ‎reglas de comercio internacional de forma unilateral y a su antojo y que ya no puede seguir ‎sustentando esa actitud en la capacidad militar, en sus bases militares, ni en sus alianzas.‎

‎Desde que Estados Unidos inició la guerra económica contra China con los aranceles, en 2018, ‎hemos venido asistiendo a un intercambio de represalias de unos y otros hasta dejar la cosa en ‎algo parecido a un empate, en el que los dos lados pueden presumir de victoria. De hecho, alguien ‎como Bloomberg ha tenido que reconocer (el 30 de octubre de 2020) que el cumplimiento ‎por parte de China del acuerdo llamado «Fase 1» está permitiendo a Estados Unidos enfrentar ‎la pandemia en cuanto a recursos y ventas, sobre todo agrícolas. Pero esta ley china, ‎si se aplica del todo –y eso va a depender de lo que haga Estados Unidos de aquí a febrero o ‎marzo de 2021– modificará toda la geopolítica tal como la conocemos de forma irreversible.‎

China ha esperado muy pacientemente su momento y este ha llegado de la mano del Covid-19. ‎Antes de la pandemia, Occidente ya estaba muy afectado y perdiendo hegemonía; ahora está ‎hundido y las perspectivas son de un hundimiento aún mayor. Sólo hay que echar un vistazo al ‎último informe del FMI (fechado el 16 de octubre de 2020) cuando habla de que la crisis ‎provocada por la pandemia va a durar mucho más de lo esperado y que sólo un país se salva: ‎China.‎ ‎ ‎ ‎


El XIV Plan Quinquenal

Es en este marco en el que hay que situar el otro gran movimiento: la aprobación en el ‎‎19º Pleno del Comité Central del Partido Comunista Chino (del 26 al 29 de octubre de 2020) del ‎‎14º Plan Quinquenal (2021-2025), que debe ser formalmente adoptado en marzo de 2021 por la ‎Asamblea Popular Nacional.‎

Si hay algo obvio en el mundo en que vivimos es que el estado de la economía mundial depende, ‎especialmente, de qué camino va a tomar China y a qué ritmo va a ir su economía. De ahí la ‎importancia del 14º Plan Quinquenal.‎

Aquí hay que hacer una breve reflexión porque los planes quinquenales chinos parten de los planes ‎quinquenales soviéticos, pero no funcionan exactamente como aquellos porque los chinos han ‎aprendido mucho tras la desaparición de la URSS, han estudiado mucho las causas de esa ‎desaparición y han emprendido muchas variables que han permitido a China llegar a donde está ‎llegando. Es decir, los chinos están siendo menos rígidos que los soviéticos. Por ejemplo, en este ‎‎14º Plan Quinquenal hay una «combinación flexible» de capital público y privado, aunque ‎destacando que «es el Estado el sujeto principal de la economía y quien establece ‎las condiciones económicas». O sea, el interés de las empresas privadas está subordinado al ‎Estado, como ha quedado palmariamente comprobado con la pandemia y cómo la enfrentó ‎China.‎

‎Estando las cosas como están, con una guerra económica abierta por Estados Unidos, con una ‎tendencia cada vez mayor a la desglobalización y con una recesión económica occidental ‎sin precedentes, China ha puesto sus cartas encima de la mesa (aunque aún no se conozcan ‎todas). Queda claro tras el anuncio de este plan que China opta abiertamente por convertirse ‎en la economía más grande del mundo (que ya lo es) y, sobre todo, en «una sociedad de altos ‎ingresos» en los próximos 5 años. Es decir, apunta a llegar, o a superar, la cifra de 10 700 euros ‎de renta per cápita que el Banco Mundial o el FMI (Fondo Monetario Internacional) sostienen que ‎supone la categoría de país de altos ingresos. En la actualidad, China está un poco por encima de ‎los 8 500 euros.‎

Pero no toda la población china dispone de tales ingresos, como es lógico (al igual que ‎en Occidente, esta media es bastante engañosa porque iguala a los muy ricos y los muy pobres). ‎Según los datos oficiales, la población total de China es de 1 400 millones de habitantes pero unos 600 millones de chinos –que representan más o menos el mismo porcentaje de población rural que hay en el país– ‎ganan sólo 120 euros al mes. Hacia ellos se vuelca este 14º Plan Quinquenal, que ‎debe aplicar una política expansiva, con aumento del gasto público para garantizar la salud, la ‎educación y las pensiones entre otras cosas. Esta es la razón por la que se va a relajar, hasta casi ‎desaparecer, el permiso de residencia que restringe el movimiento de los trabajadores que ‎emigran a las ciudades. Es hacia el aumento de la calidad de vida de este sector que se vuelca ‎todo el planteamiento porque implica, también, un incremento sustancial de los salarios.‎

Sin ello no se puede potenciar el consumo en los niveles que busca China con su estrategia de ‎‎«doble circulación». Pero China tiene en sus manos todas las cartas para lograrlo porque gracias ‎al Partido Comunista, gracias al control absoluto del Estado sobre todos los sectores estratégicos ‎‎(energía, telecomunicaciones, crédito, trasporte, etc.) y, sobre todo, gracias a su soberanía ‎monetaria, el triunfo está asegurado.‎

Y aquí está la otra cuestión relevante porque, al optar por la estrategia de «doble circulación», ‎China apuesta de lleno por el consumo interno frente a las exportaciones. Esto permitirá ‎a China impulsar el desarrollo socioeconómico de su población tanto a corto como a mediano ‎plazo y –lo más importante– libre de presiones externas.‎

‎Este Plan Quinquenal establece que la prioridad absoluta para China son la economía nacional y ‎el logro de objetivos tecnológicos que mejoren su desarrollo. En otras palabras, la inteligencia ‎artificial se convierte en elemento clave para lo anterior con su aplicación a gran escala, incluso ‎en las áreas rurales. Porque lo que implica es ni más ni menos que «reemplazar las tecnologías ‎estadounidenses en áreas centrales» de la economía y para ello se incrementa la inversión ‎en Investigación y Desarrollo del 2,2% actual a un 3% del presupuesto estatal. Un porcentaje que ‎Estados Unidos es incapaz de asumir.‎

Estados Unidos tal vez había previsto este movimiento y ha estado intentando impedirlo con ‎todas sus fuerzas. Pero ha llegado tarde, muy tarde. Pocos discuten hoy que todas las acciones ‎agresivas contra Huawei, TikTok, WeChat y similares no han logrado los resultados que ‎se pretendían y que hay “consecuencias colaterales” (Ver The Asia Times, edición del 30 de ‎octubre de 2020) que no se esperaban, como el hecho de que han afectado a muchas empresas ‎estadounidenses.‎

Este 14º Plan Quinquenal establece que lo anterior es la antesala del gran objetivo: un 2035 con ‎China como líder tecnológico mundial, aparte de su ya indiscutido estatus de principal potencia ‎económica, poniendo de manifiesto que el poder hegemónico de Estados Unidos está decayendo ‎muy rápidamente y tiene fecha de caducidad.‎ ‎ ‎ ‎


Recordando a Lenin

‎ Es evidente que el llamado «orden mundial» cambia en momentos de crisis, sólo hay que hacer ‎un repaso a la historia. Si hasta ahora estaba despedazándose el orden hegemónico ‎de Occidente, encabezado por Estados Unidos, la pandemia lo ha destrozado del todo. Vivimos ‎un momento histórico, viendo cómo el predominio de Estados Unidos decae exactamente igual ‎que cuando el imperio británico y el imperio francés se deshicieron tras la Segunda Guerra ‎Mundial, o el imperio español al final del siglo XIX.‎

‎ En 1916, en su libro Imperialismo, fase superior del capitalismo, Lenin hablaba de cómo la feroz ‎competencia entre los Estados capitalistas europeos por el control de los recursos y del comercio ‎llevó a la I Guerra Mundial. Y de cómo el imperialismo, directa o indirectamente, siempre impone ‎las reglas del comercio internacional para asegurar que el excedente económico fluya hacia ‎el poder imperialista. Supongo que no hace falta decir qué ha hecho Estados Unidos desde la ‎decadencia británica, tras la II Guerra Mundial, y en qué se ha basado su control sobre el mundo, ‎de forma especial tras la desaparición de la URSS.‎

Y Estados Unidos ha hecho lo que ha hecho avasallando y humillando incluso a sus “aliados”, ‎como por ejemplo en la llamada “crisis asiática” de la década de 1990, aunque ya antes había ‎hundido a Japón, país que había superado a Estados Unidos en exportaciones manufactureras. ‎Japón tuvo que tragar, los países asiáticos vieron aquello y también agacharon ‎la cabeza, pero China no. ‎

China acepta la guerra económica y la lleva al mismo terreno de Estados Unidos. El anuncio de ‎la ley de control de las exportaciones y la potestad de adoptar contramedidas, junto a la adopción ‎del 14º Plan Quinquenal, que marca un futuro cercano, indican que Estados Unidos no puede ‎intimidar a China, como hizo y hace con Japón y con otros países; indican que Estados Unidos ‎no puede establecer las reglas comerciales y prohibir las empresas tecnológicas que lo superan, ‎y que, por el contrario, China sí puede relegar a Estados Unidos al baúl de la historia, donde ‎no será más que otro imperio que ha caído.‎

Un apunte más para cerrar: 2035 no sólo será el año en que China se convierte en el líder ‎tecnológico mundial, también será el año en que China alcance el grado de «nación socialista ‎completamente modernizada».‎

‎Y en este punto volvemos al eterno debate sobre si China es socialista o capitalista. Pero si ‎nos atenemos a lo que se conoce del 14º Plan Quinquenal, vemos que hay algo que no es ‎ni una cosa ni la otra porque estamos ante la fusión de la economía monetaria, del ‎keynesianismo, en sentido estricto, y de la planificación inicialmente soviética aunque remozada.‎

Tal vez estamos ante algo parecido a la Nueva Política Económica (NEP) de Lenin. Tal vez. ‎La diferencia está en que Lenin concebía la NEP como un sistema transitorio, un «obligado ‎paso atrás» dentro del sistema socialista, y China lo considera un gran paso hacia adelante y ‎nada transitorio. La semejanza es que, en los dos casos, la economía permanece bajo ‎la dirección y planificación del Estado aunque secundada por el capital privado.‎

Porque lo cierto es que en los últimos años –sobre todo tras la primera gran crisis capitalista ‎de 2008 y, especialmente, tras la llegada de Xi Jinping al poder, en 2013– se ha duplicado la ‎dependencia de la economía del sector estatal, las empresas estatales se han beneficiado de ‎políticas gubernamentales cada vez más favorables para hacerlas «más fuertes, mejores y más ‎grandes», como dijo el propio Xi. ¿Es esto “socialismo de mercado” o “socialismo con ‎características chinas”? Quizá.‎